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Luz y tiempo: Arturo Talavera recupera lo natural en la fotografía

Una estantería medio despintada despliega un festín de botellitas de vidrio con etiquetas escritas a mano: potasio ferricianuro, de color rojizo; fórmula tricromía, de polvos azules, rojos y amarillos. Estos químicos sirven al profesional para practicar técnicas en desuso de fijación de la luz.
María Eugenia Sevilla
16 junio 2014 22:59 Última actualización 17 junio 2014 5:0
En su afán artesanal por recuperar el sabor del tiempo, también han rescatado la fotografía estenopeica.

En su afán artesanal por recuperar el sabor del tiempo, también han rescatado la fotografía estenopeica.

El número 45 del Callejón de San Ignacio, en el Centro Histórico, es un pasaje al hacer fotográfico, casi olvidado, del siglo XIX. Al cruzar la puerta enclavada en una accesoria del Antiguo Colegio de las Vizcaínas, el olor avinagrado del cuartoscuro dispara el viaje. Una estantería medio despintada despliega un festín de botellitas de vidrio con etiquetas escritas a mano: potasio ferricianuro, de color rojizo; fórmula tricromía, de polvos azules, rojos y amarillos... Estos químicos, algunos de ellos casi imposibles de conseguir, sirven a los fotógrafos Arturo Talavera y Patricia García para practicar técnicas en desuso de fijación de la luz.

En pleno auge de la tecnología digital, que permite manipular la imagen de manera inmediata, ambos artistas van a contracorriente de lo inmediato, en una búsqueda experimental -vía prueba y error-, para rescatar procedimientos tan antiguos y laboriosos como el daguerrotipo, el colodión húmedo o seco, el Van Dycke o la goma bicromatada, entre muchos otros.

En su afán artesanal por recuperar el sabor del tiempo, también han rescatado la fotografía estenopeica, que es aquella que se toma sin lente. Ellos enseñan -a interesados de todo el orbe- a capturar imágenes a través de una cámara fabricada por uno mismo, con una caja de cartón o una lata cualquiera a la que se le hace un orificio con un alfiler, por donde entra la luz (estenopo), que se impacta sobre un papel fotosensible en el interior.

“Empecé a dar clases de foto en Veracruz y los alumnos traían sus cámaras digitales, pero vi que no entendían de qué se trataba el proceso, así que los aterricé con las cámaras estenopeicas”, explica Talavera en su Taller Panóptico.

Las imágenes estenopeicas tienen una definición suave y nunca fuera de foco, también adquieren particularidades de acuerdo al tamaño de la cámara y a la distancia del papel fotosensible con respecto al estenopo: mientras más cerca, son más angulares y requieren menos tiempo de exposición a la luz.

“Se dice que esta técnica es azarosa, pero no: una vez que conoces bien tu cámara, desarrollas otro sentido en el cerebro y empiezas a ver por dimensión y volumen”.

Recién, Talavera ha experimentado con el cine estenopeico en su taller, donde le quita la lente a las cámaras antiguas y lo sustituye con un estenopo para crear imágenes que poseen una textura particular.

“La gente se interesa por este tipo de procesos porque encuentra en ellos una estética perdida”. Los cursos del Taller Panóptico, que se pueden consultar en la página tallerpanoptico.blogspot.com tienen precios accesibles con el objeto de difundir estas disciplinas.
Hace más de 15 años que Talavera comenzó a indagar sobre técnicas de revelado e impresión en desuso, rescate en el que fue pionero el fotógrafo Carlos Jurado, en la Universidad Veracruzana.

Practicarlas demanda paciencia y oficio. Por ejemplo, la daguerrotipia requiere de tres días para obtener el resultado, que luce como un holograma.

“Es un proceso muy bello”, afirma. Una forma de hacerlo es a partir de una placa de cobre que se platea por electrólisis, se sensibiliza con yodo y se revela con vapores de mercurio. Ésta, que fue la primera técnica fotográfica, data de 1825 y vivió un cuarto de siglo, al ser superada por el colodión húmedo; una fórmula que, si se secaba, ya no se podía revelar. “Es muy riguroso. Por eso en aquel tiempo los fotógrafos llevaban su carpa consigo, para revelar de inmediato”. A su vez, fue sustituido por el colodión seco y por otras técnicas que parecieron de manera sucesiva.

Aplicar estos procedimientos es además venenoso y caro, en algunos casos: el daguerrotipo debe protegerse con una capa de cloruro de oro, que en México vale 3 mil 800 pesos el gramo, y rinde para medio litro, dice el experto. Otros son baratos, como la impresión al carbón.

“Es muy elegante, por su riqueza de gama tonal. Se puede hacer sobre metal, papel de algodón, vidrio o porcelana, incluso en color”. Una de las mayores dificultades para rescatar estas prácticas ha sido la obtención de químicos como el cianuro, que por ser venenoso es controlado; o el colodión húmedo, que es explosivo.

“Había que pedirle a alguien que lo pasara desde Estados Unidos, era muy estresante”, confiesa el artista. “Así que nos pusimos a investigar en libros, pero fue difícil porque venían medidas en desuso; y nos pusimos a experimentar. Claro que es peligroso y no lo recomiendo, pero ahora ya fabricamos nuestro propio colodión”.