AFTEROFFICE
CULTURAS

Los bienaventurados en el reino de la gloria eterna

Carlos Gacía Gual, en 'La muerte de los héroes' e 'Historia mínima de la mitología', se enfoca en los dioses, atletas y héroes griegos, así como en la mitología que permitió que sus historias prevalecieran.
Mauricio Mejía
04 septiembre 2017 23:11 Última actualización 05 septiembre 2017 5:0
libros

(Especial)

Los dioses cautivaron a los románticos alemanes. Antes a Goethe, al que llamaron El Olímpico. El siglo XIX fue el del regreso; su presencia se dejó sentir en todos los ámbitos: la poética, el teatro y el deporte, como puntas de lanza. Alemania, también, recuperó el escenario de Olimpia, el valle sagrado bajo el monte Cronos.

Algo olía a divino, la fuerza del relato era imperecedera. Los héroes vivían en los frontones. Heracles, el dador del atletismo; Pólux y Cástor, del boxeo. Mitad divinos, mitad mortales, los héroes eran guías del plan de vuelo de los tiempos, los habidos, los presentes y los futuros. Cuando se terminó el antaño, era de dioses, llegó el pretérito divulgador de hazañas. En 776 a.C. nacieron los atletas. El mundo se volvió ordinario sin liturgia.

Carlos Gacía Gual, en La muerte de los héroes y en Historia mínima de la mitología, recurre a la perturbadora fascinación por la caída de esos formadores de encantos que tanto sedujeron a Nietzsche. El autor forma una especie de resto del mundo de los héroes griegos, de Edipo a Asclepio y a Sísifo; de Agamenón a Aquiles a Héctor. No es un almanaque deportivo; que bien podría serlo si el lenguaje tuviera la riqueza del mundo homérico.

“La muerte llega al héroe solitario de manera inesperada, en una emboscada o en un lance fatídico, y atrás quedan para la memoria de sus triunfos”


En todos los citados por García Gual hay un nota a pie de página de los hechos que acontecieron en Olimpia. Teseo, el fundador de Atenas, fomentó la gimnasia en Creta, lugar de toros y de los clavados. Héctor, el bello hijo de Príamo, ejecutó la equitación, domador de caballos. Fue una flecha histórica la que dio en el blanco débil del enorme Aquiles, el de pies ligeros.

La mitología, herramienta de juego para García Gual, es un deporte de alto riesgo para el conteo de las tareas semihumanas. “El hombre es el sueño de una sombra; pero cuando le llega un rayo de luz enviado por Zeus, un resplandor brillante le distingue entre las gentes y su existencia es gozosa”, cita el autor a Píndaro y sus maravillosas Píticas.

Como en el ámbito del deporte, piénsese por ejemplo en Usain Bolt y ese flechazo en los Mundiales de Atletismo que le impidió el oro en el 4x100, es en las tragedias donde la muerte de los héroes suele mostrarse, ya que en ellas es el pathos, el sufrimiento, y no el kléos, la gloria, lo que dramaturgo quiere mostrar para reflexionar sobre la grandeza y la fragilidad de la condición humana. Bien resumido el ojo de García Gual, quien incurre en probrar el veneno de la admiración por lo contado.

Y, algo muy importante, el autor tiene un profundo respeto y agradecimiento por sus antecesores en el conteo de las epopeyas.