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Los 15 minutos de Warhol tras dos horas de espera bajo el sol

El Museo Jumex lanzó una bomba de miel sobre los hijos del consumo cuando anunció la llegada de 'Andy Warhol. Estrella Oscura', la más ambiciosa exposición del artesano en México. Habría gente, mucha gente.
Mauricio Mejía
12 junio 2017 22:24 Última actualización 13 junio 2017 5:0
Mao (Especial)

Mao (Especial)

La gente debía enamorarse con los ojos cerrados, algo parecido dijo Andy Warhol, el nuevo inquilino de la Ciudad, que, como era de esperarse, ha traído a cuento al espectador-masa del arte. Al fin y al cabo, lo pop.

El Museo Jumex lanzó una bomba de miel sobre los hijos del consumo cuando anunció la llegada de Andy Warhol. Estrella Oscura, la más ambiciosa exposición del artesano en México. Habría gente, mucha gente. El hijo de la cotidianidad ha calado profundo en varias generaciones de los sofistas del kitsch. Andy dijo, también, algo así como que el artista produce cosas que la gente no necesita. Estaría contento con ver a tantos capitalinos en las filas del recinto para ver sus obras de las que se enamoraron -el amor es una mercancía- con los ojos abiertos.

Será larga la espera. Al último de la fila le separan dos horas de paciencia de la entrada del Jumex. El calor primaveral ya parece de verano; son las dos de la tarde de un domingo gratuito. Jugará por la noche la Selección mexicana ante Estados Unidos. Lo recuerdan varios empeñados en la alegoría del relámpago verde de los loros. Agua, hace falta agua. Mucha.

ACUDA
¿Qué? Andy Warhol. Estrella Oscura
¿Dónde? Museo Jumex. C. Saavedra 303, Amp. Granada
¿Cuándo? Martes a sábado, 10:30 a 18:30 horas; domingo 11:00 a 19:00
Localidad: $50; domingo, libre

Los administradores del Jumex, sensibles al clima y al monedero de los visitantes, pasean una enorme tina que contiene una incalculable cantidad de jugos de la marca bañados por hielos. “¿Serán gratis?”, pregunta una chica veinteañera a su compañera de suplicio. “Pregunta”, ordena la otra. Claro: cortesía de la casa. Las bebidas se agotan en un tris. La larga fila en un crisol del nuevo cliente cultural de la capital: familias estándar (papá, mamá, hijos); madres con hijas; padres con hijos; novios hipsters, maduros, homosexuales y de facha asexual. La compañía tiene otro desplante de servicio poco visto en las empresas de entretenimiento: convida sombrillas, sí sombrillas. También se agotan en un tris. Los afortunados que llegan a la sombra -la antesala del mezanine- las comparten con los que transitan por el suplicio del sol de Géminis.

Ha llegado la hora. Dentro un elevador con capacidad para 60 personas sube al tercer piso a los ya inquietos fans que han guardado un ejemplar comportamiento a pesar del calor y la multitud. No hay licencia para selfies ni fotografías de las obras. Fuera celulares, salvo “las vacas”, advierte una amable joven vestida de negro.

El recorrido es un déjà vu: los hijos del consumo ya vieron esto tantas veces que el saludo parece recuerdo. No hay asombro. Uno debía enamorarse con los ojos cerrados, sin duda.