AFTEROFFICE
culturas

López Tarso: sólo soy un actor

La resistencia de espíritu del artista no conoce el paso de los años; su vitalidad sigue campante. Su andar erguido no corresponde a un hombre que lleva 91 años a cuestas. El actor ha pasado 67 años sobre un escenario... y parece que lo disfruta.
Rosario Reyes
19 abril 2016 21:32 Última actualización 20 abril 2016 9:32
López Tarso guarda un afecto especial por el teatro en verso con el que inició su carrera. (Cortesía)

López Tarso guarda un afecto especial por el teatro en verso con el que inició su carrera. (Cortesía)

Su andar erguido no corresponde a un hombre que lleva 91 años a cuestas. Parece un muchacho que juega a ser mayor luciendo una boina y un andar con garbo. La dulzura de su sonrisa contrasta con su voz ronca.

Figura del teatro en verso, de la poesía en voz alta y el cine, Ignacio López Tarso ha pasado 67 años sobre un escenario y, a juzgar por la forma en que habla de su oficio, parece que lo disfruta como la primera vez.

En su camerino del Teatro San Jerónimo, donde alterna funciones de las obras Aeroplanos y Un Picasso, recuerda que en los inicios de su carrera trabajó con el director Álvaro Custodio, quien se formó en España viajando con “la carreta” de García Lorca, que llevaba teatro a los pueblos. Montaban obras del Siglo de Oro Español, repertorio al que regresará este año para unirse a la conmemoración del 400 aniversario luctuoso de Miguel de Cervantes Saavedra, con una lectura en atril de El de la triste figura, una adaptación de su hijo, Juan Ignacio Aranda.

“Yo he interpretado siempre al Quijote, pero me gustan sus dos grandes personajes. El tono popular de Sancho Panza, que tiene una gran filosofía, muy fácil de entender por cualquier gente, me parece genial. Es un tipo muy rudo, sin ninguna cultura, pero de un ingenio natural que a veces produce frases e ideas muy interesantes de estudiar y de entender”, dice el actor en entrevista.

Pese a la vigencia de la novela de Cervantes, reconoce que los valores plasmados en aquellas paginas están en el olvido. “Ya nadie quiere ser un héroe. Lo que permanece a lo largo de los años es la obra, con esos personajes extraordinarios que me siguen emocionando. Aunque yo nunca quise ser heroico, simplemente un actor que hace su trabajo”.

VERSADO EN EL VERSO
López Tarso
también ha dado vida a los personajes del esplendor de la dramaturgia mexicana en la década de 1950, como el protagónico de Moctezuma II, de Sergio Magaña.

A mediados del siglo pasado, actuó en obras de Arthur Miller, Luigi Pirandello o Eugene Ionesco. Sus interpretaciones de Shakespeare son también memorables.

Protagonista de clásicos del cine como Macario, de Roberto Gavaldón o Nazarín, de Luis Buñuel, López Tarso guarda un afecto especial por el teatro en verso con el que inició su carrera.

“Es una práctica estupenda para el actor, por el entendimiento poético. Hay que ordenar mentalmente las ideas. Por ejemplo, Calderón de la Barca no lleva un orden en la construcción de las frases; sujeto, verbo y predicado, todas estas cosas gramaticales se mezclan, el poeta las pone al servicio del verso; suena muy bonito, pero hay que entenderlo primero para poder decirlo con claridad para el espectador”.

ENTRENAR A LOS 91 AÑOS
En la década de 1970, López Tarso volvió a hacer teatro trashumante por todo el país, para inaugurar los foros del Instituto Mexicano del Seguro Social con tres montajes: Edipo rey, de Sófocles; El tío Vania, de Antón Chéjov; y Un tigre a las puertas, de Jean Giraudoux.

Entonces andaría por los 50 años. “Cuando inauguramos los teatros del Seguro Social hacíamos una obra cada día, con tres repartos, tres escenografías, vestuarios de época”, recuerda.

Cambiar de piel de una noche para otra es un entrenamiento que lo mantiene en forma más de cuatro décadas después. Una tarde interpreta a un anciano que decide vivir intensamente el ocaso de su existencia, y la siguiente, al máximo pintor de la vanguardia española, en plena persecución nazi.

Lo hace todos los días, de jueves a domingo. Entre semana, ambos montajes salen de gira. “De Aeroplanos a Un Picasso hay un cambio brusco de época y de estilo, la narración es totalmente diferente. Es difícil hacerlo, pero qué bueno que se da esta oportunidad porque para un actor es interesante y es una muy buena práctica para la carrera”, asegura como si se tratara de un principiante.

ENTRE POETAS, PINTORES Y LOCOS
Además de encarnar a Pablo Picasso en el montaje que recién comenzó temporada, y a Paco, en Aeroplanos, una puesta que suma más de 600 representaciones, uno de sus personajes más reconocidos de los últimos años ha sido el de Pablo Neruda, en El cartero, una puesta en escena que llegó a 800 funciones en 50 ciudades. En esta obra, que presenta con dos funciones al día, encarna a un exfutbolista que ante la eventualidad de padecer alguna complicación por una antigua lesión, y para evitar que su mejor amigo sea enviado a un asilo por su familia, decide mudarse de país.

Además, ocasionalmente monta sus espectáculos de teatro en atril con piezas como Macario o El de la triste figura. Un formato que le gusta, dice, porque le permite ejercitar el músculo de la actuación. “Aquí uno trasmite lo que la escenografía no te permite. Tienes que hacerlo a través de la voz y el movimiento”.

¿Cómo tiene energía para dar tantas funciones?, se le pregunta. “No son muchas”, responde, y argumenta que él empezó su carrera con dos funciones diarias, “toda la semana completa, sin ningún descanso”.
“Eran temporadas más largas, para otro tipo de público, menos enterado que el de ahora, con una ciudad con mucho menos habitantes. En este momento ni siquiera el uno por ciento de la población se puede considerar como espectadores posibles”.