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“Lo que hago, en mi novela, es un travestismo literario”

10 febrero 2014 4:35 Última actualización 10 septiembre 2013 5:2

 [Carlos Chimal publica Creaturas de fuego / Édgar López / El Financiero]


 
Silvina Espinosa de los Monteros
 
 
A manera de elogio hacia aquellos que viven en el límite de la indolencia y experimentan combustión interna de manera espontánea, Carlos Chimal publica su más reciente novela. Creaturas de fuego (FCE) es el título de esta historia que, a decir de su autor, pretende ser la primera novela pos-posmoderna, en la que haciendo alusión a clásicos como Cervantes o Rabelais, explora las relaciones sentimentales entre androides que no pueden morir, gemelos vampirescos, supermodelos zombis y japongleses surgidos de animés. Todo ello bajo la divisa de la gran broma.
 
 
—¿Por qué la elección de un título que justamente alude a la combustibilidad?
 
 
—Cuando fui becario, como escritor científico, del Consejo Británico, en Cambridge —rememora Chimal—, conocí a John Emsley, un tipo que escribió un libro muy interesante sobre el treceavo elemento, que es el fósforo. Su libro de divulgación me inspiró, ya que en él se menciona la novela de un tal Rave, que en 1861 fue un bestseller, donde habla de unos personajes de la Edad Media llamados Gerard y Denys, a los cuales relacionaba con estas leyendas de la combustión espontánea. Así que los retomé y, además, puse como protagonista a un androide que no puede morir.
 
 
—Estamos hablando de una historia un tanto alucinada. ¿Podría darles una idea del contenido a los potenciales lectores?
 
 
—Pues es una gran burla. “El inmenso reír”, como decía Rabelais. El personaje principal es un androide mitad humano mitad robot, el cual es una especie de doble de Jim Morrison, sólo que más joven y menos panzón. Es novio de Catarina Robinson [quien es la madre del personaje principal de la anterior novela de Chimal, Lengua de pájaros, que forma un díptico con Creaturas de fuego]. El problema con el androide es que, 30 años después de haber conocido a Morrison, va con sus amigos a la tumba del cantante, en el cementerio de Père-Lachaise, en París. Ahí, hay un asesinato, un homicidio, y uno de los personajes es enterrado profanando la tumba de quien cantara aquella línea de “come on baby light my fire”. Esa parte del libro es la primera y se llama “Que suceda”, porque el androide quiere morir, inmolarse, pero no puede. En tanto que, en el segundo apartado, “La Ley de Murphy”, el androide se convierte en guardaespaldas de Catarina Robinson: una suerte de ángel o, más bien, de diablo de la guarda.
 
 
—¿A qué debemos los apelativos “quijotesca” y “rabelesiana” para denominar a su obra en la cuarta de forros del libro?
 
 
—La obra es quijotesca porque me burlo de las novelas y de la literatura de moda. Es rabelesiana porque hay una purificación a través del fuego. Sin embargo, también está presente Heráclito. Esa frase de “actúa como si ya fueras un cadáver”, es de él. Por otro lado, existe un juego satírico con la mitología clásica, pero en California. Así que lo que hago es una historia “mitolocaliforniana”.
 
 
—Digamos que su modus operandi es la ironía…
 
 
—Sí. Lo que hago es todo un juego con el escarnio, el sarcasmo, la burla, la ridiculización, el desatino, el cinismo, la sátira, la caricatura; en fin, es un travestismo literario.
 
 
—¿A qué se refiere con la frase de que “el viaje posmoderno ha terminado”?
 
 
—Esta novela justamente intentaría ser la primera novela pos-posmoderna. Ya no hablemos de los trasnochados que creen que seguimos viviendo en el modernismo, el posmodernismo también ya terminó. Esta corriente lo único que hacía era ser cínica ante la idea de Dios y burlarse de las masas. El pos-posmodernismo no hace eso. Más bien, ironiza respecto a la pareja que cena por su cuenta, a las familias que supuestamente están muy unidas, pero donde cada integrante está absorto en su twitter. La idea era burlarse. Es algo tragicómico; pero en vez de llorar, mejor reír. En ese sentido, esta novela es una comedia de enredos cibernéticos y transgresión sexual.
 
 
—¿Su propósito era evidenciar el sinsentido?
 
 
—Sí, de alguna manera, pero también de jugar con el hecho de que vivimos en una realidad que parece coherente, aunque todo el tiempo nos demuestra de forma sardónica que no lo es. Quienes han leído la novela me dicen que les ha fascinado porque mantiene el suspenso del sinsentido; y, al mismo tiempo, apela al sentido profundo de las cosas. Algo que me interesaba mucho eran las relaciones íntimas, amorosas y sentimentales de los seres humanos. No crean que por parodiar a las novelas de vampiros, zombis y muertos vivientes se van a encontrar una alegoría tonta, no. La novela está escrita de manera sutil. Yo diría que es una broma sutil. No es un catálogo de gadgets, pero sí es una revisión del corazón humano enganchado a una cultura cibernética.
 
 
—Si bien su extenso trabajo como divulgador le permite aterrizar investigaciones con rigor científico, ¿qué es lo que encuentra en el género de la novela?
 
 
—Yo primero comencé a hacer literatura y luego incursioné en la divulgación de la ciencia porque encontré muchas ideas imaginativas. Sin embargo, lo que a mí me interesa son las relaciones humanas de esta vida sinuosa, que de pronto surgen como curvas de la realidad y te sacuden. Algo de lo que se puede dar cuenta a través de la literatura.
 
 
—Usted siempre ha estado un paso adelante. Si en Lengua de pájaros, concluida en 1996, puso a comunicarse a sus personajes a través de una red social mucho antes de que imagináramos la existencia de Facebook, ¿qué se propone con esta novela?
 
 
—Se ha dado por casualidad. No es que ambicione ser pionero de nada, sólo que a veces se ponen ante ti ciertas cosas y las ves o no las ves, las tomas o las dejas. A mí también me tocó ser el primer escritor cibernético en México. En 1990 yo navegaba por un Internet muy primitivo y eso me sirvió para hacer mi columna sobre ciencia en la revista Vuelta. Lo que me ha dado la oportunidad de ver cosas y ser simplemente testigo. Con Lengua de pájaros no me propuse ser el primero en hablar de redes sociales, pero me pregunté cómo los personajes de la novela se podrían comunicar teniendo yo el conocimiento de que existía Internet. Obviamente, el siguiente paso iba a ser la creación de redes sociales, cosa que luego sucedió.