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Literatura, un paréntesis para mirar hacia dentro: Khadra

De acuerdo con el escritor argelino, la literatura permite al ser humano volverse más inteligente, más atento y más responsable en el cuidado de sus decisiones.
Rosario Reyes
27 noviembre 2017 22:18 Última actualización 28 noviembre 2017 5:0
Yasmin Khadra

(Especial)

De La Habana en ruinas a una escuela miserable en Sirte, Libia, en sus dos novelas editadas recientemente en México Yasmina Khadra se adentra en las contradicciones entre el desencanto y la esperanza.

“Es en esos lugares donde tiene que intervenir el escritor. En mis libros trato de abrir las puertas hacia nosotros mismos. El entorno puede ser oscuro, pero si logramos quitar todo lo malo en nosotros, podremos vencer en sociedad y la literatura puede ser un vehículo para limpiarnos”, dice el escritor en entrevista.

Dios no vive en La Habana, una historia de amor entre un viejo músico y una joven recién llegada de la provincia a la capital de Cuba, y La última noche del Rais (Alianza, 2017), una ficción sobre las horas finales del dictador Muamar Gadafi, son los dos títulos que el autor argelino afincado en Francia trajo a México.

El autor asegura que Argelia y Cuba son repúblicas idénticas. “Prácticamente tienen el mismo proyecto de gobierno y de sociedad, que no tiene ninguna razón de ser porque prohíben las verdaderas vocaciones de una nación. Las aspiraciones de todo un pueblo no pueden concentrarse en una sola persona o en un grupo. Hay mucho talento en los dos países, el problema es que requiere autorización y así la gente no puede ejercer su libertad”.

Por su historia personal, dice, tiene una percepción precisa de los engranajes del gobierno de su país. “Todos los factores de la descomposición social de Argelia tienen que ver con el gobierno”. Por eso, afirma, puede entender otros regímenes autoritarios, como el cubano.


Yasmina Khadra (Jazmín Verde) es el seudónimo de Mohammed Moulessehoul, quien decidió tomar un nombre de mujer para librarse de la censura de las fuerzas armadas de Argelia, a las que perteneció desde los 9, hasta los 45 años. Llegó a obtener el grado de mayor.

A los 46 decidió exiliarse en Francia, donde una década después recibió el Grand Prix de Littérature Henri Gal por el conjunto de su obra, que aún firma con su seudónimo, pese a que reveló su identidad literaria en 2001. “Cuando trabajaba en la clandestinidad, escribía libros que molestaban mucho al régimen y tuve que dejar Argelia para no correr el riesgo de que me asesinaran. Firmar con un nombre femenino no era el problema porque las mujeres siempre han escrito en mi país; un escritor es lo que escribe”.

La última noche del Rais es una ficción que se basa en anécdotas reales sobre Gadafi, a las que dota de humor.

“Reducir a un hombre sólo a una palabra, tirano, es algo injusto. En mi libro trato de desarrollar esta palabra y darle su dimensión humana. Este tirano no cayó de un árbol, no nació así, por las circunstancias de la vida llegó a eso y es lo que trato de explicar”, puntualiza.

“Creo que es tiempo de expandir nuestra visión y no encerrarnos más en las interpretaciones de los otros. La literatura permite eso: nos vuelve más inteligentes, más atentos y más responsables en el cuidado de nuestras decisiones”.

Reducir a un hombre sólo a una palabra, tirano, es algo injusto. En mi libro trato de desarrollar esta palabra y darle su dimensión humana


Y es que, asegura, la primera dificultad que enfrenta el ser humano es contra sí mismo. “Por eso creo que sin el arte, sin la posibilidad de expresarnos, estamos atrapados. ¿Será que los seres humanos tienen el tiempo de reconstruirse? La respuesta es no, porque la vida nos impone desviaciones que nos alejan de nosotros mismos. Pero el hombre razonable es el que logra regresar a su puerto de anclaje: él mismo. Y le corresponde a él elegir la voz que quiere seguir, ser único, o un grano de arena en la tormenta”.

Reconoce que, ante un mundo imperfecto, la resistencia está en el interior de cada persona. “No hay que creer que cuando estamos vencidos, estamos muertos. Siempre que haya vida, otras victorias nos esperan, pero nos toca a nosotros decidir, nadie puede decidir nuestro destino, incluso si somos parte de un engranaje, si estamos completamente diluidos en la sociedad, basta con verse en un espejo y decirse ‘tú no eres un cualquiera’”.

Aunque ahora viaja libremente a Argelia, donde tiene un creciente número de lectores, estar consigo mismo es su segunda nación. El único lugar donde se siente exiliado es en sus libros, que recorren distintas geografías, como en su próximo proyecto: una trilogía ambientada en México, de la cual ya terminó el primer tomo.

“Esta primera parte es la historia de un amor de infancia que fue destruido de manera brutal por la agresión de un adulto; la joven no sobrevive a esto, es decir, sicológicamente no supera esta agresión y cuando cumple 18 años, se escapa y deja su pueblo, para encontrarse en el engranaje de Ciudad Juárez”.

No es casual que ubique esta primera entrega en un enclave fronterizo asolado por los feminicidios y que su protagonista sea una mujer.

“Sé perfectamente lo que sucede en Juárez, parte de mi trabajo ha sido tratar de cambiar las mentalidades respecto a las mujeres. Así lo hice con el nombre que elegí, para decir al mundo árabe musulmán que la mujer merece todo su lugar en la sociedad, y que si estamos en un rezago es porque la mujer ha sido descalificada; no aprovechar la generosidad y la sabiduría de las mujeres es no permitirle a la mitad de país emanciparse. Creo que no hay peor ingratitud que desearle el mal a la mujer porque todo reposa en ella: la familia, el amor, el sueño y la ambición; privarse de todo esto es estar destinados a ser infelices”.