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CULTURAS

Leonard Cohen, el monje que volvió a fumar

El compositor e intérprete canadiense está listo para lanzar su nuevo álbum, "Can’t Forget: A Souvenir of the Grand Tour". Los expertos dicen que, en los últimos años, Cohen ha inclinado su lírica hacia las sombras de la muerte. 
Myrna Martínez
14 abril 2015 21:34 Última actualización 15 abril 2015 5:0
Leonard Cohen

Leonard Cohen

Leonard Cohen, el poeta oscuro de la voz ronca y el sombrero Fedora, el año pasado llegó a los 80 años, volvió a fumar y su lírica se volvió más melancólica y espiritual.

Tánatos y Eros siempre se han tocado en su poética sensual y apocalíptica, en escenarios que evocan rancios cabarets berlineses de la Segunda Guerra, o encuentros sexuales fortuitos, como el que sostuvo con Janis Joplin en Nueva York y que inspiró la canción Chelsea Hotel #2.

En sus últimas producciones, el cantante se ha acercado más a la nostalgia, al fin de los tiempos, de su tiempo, como sentencia vagamente en Darkness, del álbum Old Ideas, de 2012: “No tengo futuro, sé que mis días son pocos”.

El 12 de mayo saldrá a la venta su nuevo disco Can’t Forget: A Souvenir of the Grand Tour, compuesto por 10 temas grabados en vivo durante presentaciones y pruebas de sonido de su última gira, realizada de 2008 a 2013; su regreso a los escenarios después de 15 años.

Leonard Cohen, de origen judío, fue poeta antes que músico. Nacido en 1934 en Montreal, a finales de los años 50 estudió literatura inglesa en la Universidad McGill.

Una década después viajó a Europa para encontrar su propia voz, y lo logró gracias a su encuentro literario con Federico García Lorca, y a su larga estadía en la isla de Hidra, Grecia, donde escribió sus primeras novelas y libros de poesía, entre ellos Flores para Hitler y Parásitos en el paraíso, que luego influirían en su música.

“Es portador de una sensibilidad muy especial. Vive intensamente y capta todo aquello que ha vivido. Pareciera que Cohen lleva una trayectoria al margen de todo lo que ha sucedido en el mundo, que está cantando desde la orilla del tiempo”, considera el músico y periodista Fernando Rivera Calderón

Su poesía fue galardonada con el Príncipe de Asturias de las Letras en 2011. En su discurso, Cohen platicaba que llegó a la música a principios de los 60, durante una visita a su madre en Montreal. Cerca de su casa había un parque donde vio a un músico español tocando flamenco. Le pidió que le diera clases y durante dos días el joven gitano le enseñó una serie de seis acordes, base del flamenco. Al tercer día ya no apareció. Se había suicidado.

LA CONVERSIÓN MUSICAL

Tras publicar sus primeros libros, Leonard Cohen dejó Grecia y viajó a Estados Unidos en busca de reconocimiento. Ahí empezó a musicalizar algunos de sus poemas, como Suzzane y So Long, Marianne, que después formaron parte de su primer disco, Songs of Leonard Cohen, de 1967.

“En una serie de lecturas en voz alta empezó a jugar con el ritmo de la lectura y se dio cuenta de que, si bien no era la gran voz, tenía una musicalidad sonora, y eso lo llevó a construirse accidentalmente como cantante”, explica el escritor Nicolás Alvarado. “Es de alguna manera heredero de la poesía popular que a principios del siglo XX no estaba divorciada de la música. Es un poeta culto, complejo, que habla de temas que van mucho más allá de la poesía moderna”.

Con los años, su música empezó a ser más sofisticada, de ser un folk accidentado, se convirtió en una especie de chanson contemporánea. En los 70 ya era reconocido por la oscuridad de sus letras, que lo llevaron a ser catalogado como un poeta maldito o un post-beat.

“Tiene una sensualidad masculina muy poco explorada en la música. Explora su masculinidad con una sensibilidad enorme, con una melancolía y una tristeza enraizada, y por otro lado con un erotismo que lo conecta con la vida”, percibe Rivera Calderón.

Leonard Cohen lanzó en 1992 uno de sus discos más emblemáticos: The Future. En la devastadora canción que da nombre al disco, dice: “Dame crack y sexo anal… he visto el futuro, es muerte”. Tras lanzar este álbum tuvo una revelación, según dijo en entrevistas; se acercó a las filosofías orientales y en 1994 se recluyó en el monasterio budista Mount Baldy Zen Center de California, donde fue ordenado sacerdote en 1996, con el nombre de “El silencioso”.

Mientras él guardaba silencio, sus canciones se volvieron de culto y fueron utilizadas por muchos cineastas como Atom Egoyan y Oliver Stone. ¿Qué hubiera sido del baile erótico de Mia Kirshner en Exótica, sin Everybody Knows? ¿O del viaje alucinógeno de Mickey y Mallory Knox en Asesinos por naturaleza, sin Waiting for the miracle?

“Cohen ha podido dialogar con las tradiciones de oriente de una manera divertida, espiritual pero sin ser solemne, con una visión dinámica e inteligente”, opina Nicolás Alvarado. “En El libro del anhelo explora esta convicción”.

Tras enterarse que su publicista le había robado todos sus ahorros, unos cinco millones de dólares, Cohen dejó el monasterio en 1999, lanzó dos discos de estudio, y en 2008 regresó a escena en esa emblemática gira mundial de la que se desprende su próximo álbum.

Su voz cada vez es más áspera. Él ha dicho que se lo debe al cigarro y al alcohol, y en su lírica, Tánatos le ha ganado por fin la guerra a Eros.
“La idea de la muerte está cada vez más cerca. Conforme avanza en la vida se va haciendo más presente, hay una mayor fragilidad en el Cohen tardío, una mayor complejidad intelectual. Se ve un hombre más reflexivo y preocupado por la inminencia de la muerte”, concluye Nicolás Alvarado.