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CULTURAS

Leñero, el reportero que se sentía cómodo con las derrotas

Siempre prefirió el lado de los débiles, los vencidos, los excluidos. El gran valor de Vicente es su integridad, su alta ética y su espíritu. Su obra fue tan vasta como su talento mismo. 
Mauricio Mejía
03 diciembre 2014 22:26 Última actualización 04 diciembre 2014 5:0
Vicente Leñero siempre se sintió mejor del lado de los vencidos. (Cuartoscuro)

Vicente Leñero siempre se sintió mejor del lado de los vencidos. (Cuartoscuro)

El periodismo no debe ser verdad, sí verosímil. Lo dijo en una tarde en la que departía con Julio Scherer, su entrañable hermano. Ambos sostenían que la tarea del reportero era la revelación. En efecto, Vicente Leñero fue todo, casi todo. Escritor, dramaturgo, guionista, pero si algo le da sustancia a su enorme obra es el olfato periodístico, que no perdió, asombrosamente, nunca.

Católico empedernido, tuvo en cuenta que la objetividad es un asunto impropio de los hombres. Y la verdad, una tarea teológica. El trabajo del reportero, decía, estaba en la intuición, en las vísceras. Sostuvo que las vidas felices no eran tema del diarismo. En los dramas podía encontrarse la “carne” de una buena historia. La imaginación, la búsqueda, la constante pregunta alimentaría el reportaje hasta su último aliento. Preguntar es el verbo de este trabajo.

Una postura lo refleja de cuerpo completo. Cuando le preguntaban por qué odiaba a los Yanquis de Nueva York, Leñero respondía que su incomodidad con aquel equipo era que ganaba siempre. “No hay nota en el triunfo; está en la derrota”, afirmaba el que siempre se sentía bien con los caídos.

Asesinato, ese largo reportaje, se mantiene como un libro de texto de cómo llevar a cabo una pieza periodística. Leñero fue amo de un vasto lenguaje. Las palabras son las únicas herramientas con las que cuenta el cronista de sucesos para transformar lo que vio, escuchó o vivió en un asunto de intereses para el lector.

Si Leñero fue un gran narrador se debió a dos cosas fundamentales: tuvo una asombrosa capacidad para observar los pequeños detalles de los personajes y de los hechos y tuvo, para fortuna de quien lo leía, una sagacidad única para elegir la palabra justa en el ritmo del relato. Sus trabajos tienen vida propia.

Pero el gran valor de la obra de Vicente es su integridad, su alta ética y su espíritu. Cuando sus nuevos lectores lo encuentren (y los otros lo relean) se darán cuenta que Leñero fue siempre leal a sí mismo.