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culturas

Las flores insondables
de Baudelaire

Francia festeja a Charles Baudelaire, el poeta maldito elegido para escuchar el regreso del dios Pan en el frenesí de la Revolución Revolución de 1848.
Mauricio Mejía 
01 septiembre 2017 0:36 Última actualización 01 septiembre 2017 5:0
Charles Baudelaire

(Especial)

En El Ruido del Tiempo, Julian Barnes le deja ver al retratado Dmitri Shostakóvich que nadie escapa de su destino. Menos los héroes, como bien se sabe. Reafirma Barnes: tampoco a su mente, nadie escapa de su mente.

La tragedia del pianista ruso fue una ópera, un desplante antirrevolucionario que el Tío José no perdonó por escucharla poco soviética. Con Charles Baudelaire se produjo un embrollo del cual aún quedan síntomas. Claudio Magris hace decir a uno de sus personajes: “Soy el lío que queda después”. Aquí hay un después; el poeta es eso que pasó, ese que pasó.

Roberto Calasso, en La literatura y los dioses, recuerda aquella mañana invernal de 1851 en la que a Baudelaire se le anuncian los olímpicos; no todos, ni siquiera los “grandes”. Se trata de Pan, el regenerador. Francia era un frenesí aún de la Revolución de 1848. Cuenta Calasso que un joven intelectual pidió un brindis por Pan.

¿Qué tiene que ver Pan con la Revolución?, preguntó la máxima referencia de la poética francesa. El muchacho le respondió que era el dios el que hacía la Revolución. Baudelaire lo sabía muerto a lo largo de todo el Mediterráneo. “No es más que un rumor, habladurías infundadas, Pan vive todavía”, corrigió el interlocutor. Ante la noticia, Baudelaire (nacido en la primavera de 1821) quedó atrapado en el bosque de los siglos, como antes, en el camino a Burdeos, el romántico Hölderlin, el dueño de la esencia de la poesía, como lo defiende Martin Heidegger.

El autor de Las flores del mal, la voz lírica suprema de la Francia que (como dice Vila-Matas, exalta a sus prosistas y desdeña a sus poetas; Octavio Paz añadirá a la lista a Mallarmé y a Apollinaire) apuesta por la provocación. Como todos los poetas ha sido elegido por decisión divina.

Y, por ello, también ha sido golpeado, flechado por Apolo, el que hiere desde lejos. “Todo niño cuyo espíritu poético sea sobreexcitado, que no fije inmediatamente la mirada en el espectáculo excitante de las costumbres activas y laboriosas, que oiga hablar continuamente de gloria y de deleites, cuyos sentidos serán diariamente acariciados, irritados, asustados, encendidos y satisfechos por los ojos del arte, se convertirá en el más infeliz de los hombres y volverá infelices a los demás”, exclama a un mundo que dejará de escucharlo no mucho tiempo después.

Nadie escapa a su destino; menos los héroes. Y nadie se escapa de su mente; de su muerte. Carlos Pujol, en la introducción a la bella edición de Las flores, de Austral, escribe:

“El poeta, herido de muerte por la hemiplejía, sin poder leer (Borges y Milton quedaron ciegos; Abebe Bikila, el renovador africano de la Marathon, cojo; Beethoven, sordo. Los dioses cobran caro la predestinación) ni hablar, vegetando durante un año entero en el sanatorio del doctor Duval, en Passy, con un ojo ciego y la lengua trabada, sólo para tararear unas palabras malditas (él, sí él, el que presintió que el mal encuentra el callejón de seguridad en el bien): Cé nom! Una barba gris le desfigura el rostro, y su cráneo está bronceado por el sol”.

¿Fue aquella mañana de febrero de 1851 cuando comenzó a desmoronarse todo, para edificarse en otro sentido -en una flor poética- para Baudelaire? No se sabe. Calasso intuye que sí. Barnes afirma que nada comienza así, en una fecha o en un lugar, que todo comienza en muchos sitios en muchas fechas. El comienzo, en todo caso, no es
un domicilio.

Dice Pujol que Baudelaire, en el sanatorio, reconoce a los visitantes y les indica por señas que comprende lo que dicen. La señora Manet se sienta al piano a tocar música de Wagner, el poeta expresa su júbilo con sordos gruñidos, lo que queda, el lío que queda después. Bauldelaire: “Podría decir que soy aquello que pasó”. Su destino, su mente, el lío:

la borrachera de lo fúnebre,
¡beber sin sed, comer sin hambre!
-Pronto apaguemos nuestra lámpara 
para escondernos de las sombras

El Examen de medianoche, evoca al viernes 13. Entrelaza: “La verdad es que aun sabiendo tantas cosas hemos vivido como herejes”. ¿Todo comenzó con Pan? Buena hipótesis. Calasso: El motivo era evidente: algo altamente engañoso empezaba a suceder; mejor dicho, había sucedido ya: la evasión de los dioses paganos de los nichos de la retórica, a los que muchos pretendían haberlos confinado para siempre”.

Afirma Magris que carne y sangre van juntos a menudo. Baudelaire lo supo mejor que nadie, provocador y provocación, champú y acondicionador al mismo tiempo. Calasso habla sobre la ambigüedad en él: quisiera eslabonar, en una larga cadena, sus convicciones más profundas con los argumentos de sus enemigos más enconados. “La impresión dominante es que escuchamos a un adversario teológico de Baudelaire que dispusiera de su elocuencia penetrante y de su pathos. También su irreprimible inclinación a lo grotesco...”.

Luego –narra Pujol- la sordera lo aislará del mundo exterior, ya no oye lo que dicen, sólo cruza melancólicas miradas con los que van a verle. Su madre, todo el día a su lado, se esfuerza por hacerle repetir las palabras que ella silabea, como volviendo a un aprendizaje de niño que tiene que descubrir el habla.

Como el niño sobreexcitado de poesía, ya lejana, casi muerta dentro del florero. Muerte sin fin, el vaso que da forma. Estampa sepulcral a la gloria francesa: “Hay un silencio de muerte entre los dos”, dice su madre. Nunca pudo darle antes lo que el muchacho quería: “un poco de aliento y unas caricias”. Supo en vida que uno de los dos mataría al otro. Treinta y uno de agosto de 1867: Baudelaire ha muerto a los 46 años. Aquel entierro entre crisantemos, París está de vacaciones.
Describe Pujol:

“Al llegar al cementerio de Montparnasse, un aparatoso trueno clarea las filas del cortejo. Quedan unas sesenta personas, empapadas de sudor, mirando hacia arriba con inquietud. Ningún representante de la Sociedad Francesa de Escritores, cuyo presidente era el folletinista Paul Féval, y también se echa de menos a Théphile Gautier, al que Baudelaire había dedicado Las flores del mal, con el más espléndido y quizá inmerecido de los elogios”.

Julian Barnes dibuja a Shostakóvich un ataúd entre el abismo. Los clavos le vendrán después al antirrevolucionario, al que no supo entender a los forjadores del alma humana. La Revolución de Octubre está por cumplir cien años. Stalin escuchó bulla en lugar de música (soviética) en la Lady Macbeth de Mtsensk.

El pianista perdió, para el buró, los rumbos de lo que quería oír el pueblo. Baudelaire también perdió el rumbo cuando Pan le brindó los ruidos vertiginosos de la Revolución de Febrero del 48: “Cuando veo que oculta tu presente esa nube espantosa de tu pasado”, escribió en el Madrigal Triste.

Paul Verlaine, el admirador inquebrantable del provocador y único de los grandes en asistir al sepelio de Montparnasse, también sintió el paso de los dioses, como Pólux ante Apolo:

Vencidos pero no domados,
exiliados pero vivos,
A pesar de los edificios del Hombre
y de las amenzas
No han abdicado, y cerrando
sus tenaces manos
Sobre muñones de cetro, ruedan
en el viento

En La muerte de Empédocles, de Hölderlin, había dejado un testamento de defensa a Baudelaire: “¡Oh, respeta lo que no entiendes!”
Las flores son insondables.