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“La vida es un fracaso que vale la pena repetir”

10 febrero 2014 4:13 Última actualización 19 septiembre 2013 5:2

[Carlos Herrera de la Fuente  publica ‘Presencia en fuga’, un poemario que él mismo define como oscuro e íntimo / El Financiero]


 
 
Viridiana Villegas Hernández
 
Presencia en fuga es el título del decimosexto volumen de la colección La Furia del Pez (Ediciones del Ermitaño / Centro Cultural El Juglar), el cual ha sido escrito por Carlos Herrera de la Fuente (Ciudad de México, 1978). En éste, su segundo poemario, va en busca de una identidad, así como de la realización tanto personal como amorosa en un tono que él mismo define como oscuro e íntimo.
 
 
La poesía de Carlos Herrera de la Fuente aborda la constante inquietud por encontrar un origen, como él mismo nos lo explica durante una conversación:
 
En mi trabajo es constante la pregunta de quién es uno y hacia dónde va de forma individual, y también quién es uno junto a otra persona en el plano amoroso. Ésta no es una búsqueda para la que la respuesta sea absoluta, sino que se intenta hallarla una y otra vez en distintos momentos.”
 
 
Al ahondar en el contenido del volumen que nos ocupa, por ejemplo, podemos darnos cuenta de que el tono del poema “Presencia en Fuga” es un tanto escéptico ante ciertas realidades, como encontrar la plenitud a través de otra persona y la concreción, al fin, de una identidad propia, posibilidades que se escapan de forma incesante. Al respecto, el también filósofo comenta que, además de ser un primer intento por lograr una escritura de largo aliento y recuperar una idea que plasmara ya en su poemario anterior, Vislumbres de un sueño (Poesía eres tú, 2011), en cierto punto Presencia en fuga expresa que “la vida es un fracaso que vale la pena vivir y repetir, entendiendo este fallo como la intención de alcanzar una realización plena, la cual nunca se logra por completo”. Y agrega:
 
 
“Es precisamente la incapacidad de cumplir esos deseos lo que nos anima a querer seguir viviendo. Por otra parte, esa especie de suspicacia no es plena en el poema, sino que al final se convierte en aceptación y reconocimiento del desacierto; más que el resultado, se trata de aprender a amar el movimiento mismo. Esto habla al final, como lo escribo, del amor inútil por las ruinas, esa grandeza, esa entrega hacia lo que sabemos va a malograrse pero que, en ese intento de buscarlo, se conforma lo que es la vida en general.”
 
 
-En el poema intitulado “El primer muerto” nos remite al capítulo bíblico de Caín y Abel. ¿Por qué su interés por reconstruirlo?
 
 
-Quizás este sea el texto que se diferencia más del libro en su conjunto, pues si bien el matiz del resto de los poemas es un tanto oscuro e íntimo, en este caso traté de encontrar una manera más clara de expresión. Tras haber leído David, del poeta peruano Antonio Cisneros [Lima, 1942-2012], se me ocurrió experimentar con un pasaje bíblico diferente, empleando también un lenguaje distinto al que suelo utilizar para manifestarme en términos poéticos. La reinterpretación crítica que realicé consiste en declarar que más que sentir compasión por Abel, y por ello convertirse en partícipe de la recriminación al acto cometido por Caín, primero habría que entender que en el primero existe un amor hacia lo invisible, mientras que en el segundo hay un amor por lo terrenal, una especie de solidaridad con el prójimo, la cual es castigada por Dios. En este ejercicio intenté mostrar que de dicha contradicción original  surgimos nosotros y que, de ella, deviene la penitencia que recibimos por amar la vida.
 
 
Los rasgos de su formación tanto literaria y poética, como filosófica y teórica, empapan la escritura de Herrera de la Fuente, para quien es una preocupación persistente el conjugar reflexiones intelectuales con expresiones líricas a través de la construcción de imágenes.
 
 
 
-¿Por qué define su poesía como oscura e íntima?
 
 
-Mi trabajo poético es una voz muy distinta a la que utilizo al abordar temas filosóficos, en los que trato de conseguir una claridad conceptual que pueda hacer inteligible a un lector lo que se está diciendo. En la poesía, uno se puede dar la oportunidad de quebrar ese lenguaje cotidiano e incluso criticarlo; es probar con una expresión que va a dar salida a una serie de emociones y sensaciones que no precisamente son racionales. La oscuridad es necesaria en la poética, pues desde el momento en el que uno se atreve a crear, por ejemplo, una metáfora o una analogía, rompe el flujo normal del pensamiento y del lenguaje. Aquello que más me obsesiona es generar un diálogo entre ambas fuerzas.
 
 
-Justo en “A un posible lector”, creo que se logra ese flujo de que habla, entre el pensar y el escribir.
 
 
-Es curioso; sobre este poema he recibido comentarios precisamente acerca de una cierta confluencia de voces que ha parecido interesante. Este texto es el resultado de mi reflexión constante de la poesía, en la cual uno no logra plasmarse, alcanzar el todo, al igual que ocurre, como dijimos al principio, con la búsqueda de la identidad, del momento amoroso o de la realización personal. Para este fin me valí de un juego de palabras que insiste “pienso y escribió, pero no escribo nada”, articulación en la que uno mismo quedara atrapado expresándose sin, a la vez, poder llevarlo a cabo.
 
 
 
-La introspección es otro de los trazos manifiestos en este poemario.
 
 
-Así es; por ejemplo, en “Descripción de un reflejo” vuelvo a la búsqueda de la identidad frente al espejo, en el otro, como si se tratara de un desdoblamiento. En este punto (ya bastante problemático) nos encontramos a nosotros mismos persiguiendo una ilusión. En el libro, a manera de epígrafe, recupero un pequeño verso del poeta francés contemporáneo Lionel Ray, el cual reza que “la primera metáfora es un espejo extraviado”; esto quiere decir que ya no hay forma de tener esa confianza antigua de que nuestro yo se encuentra definido, de que nuestra identidad es clara. Nos hallamos extraviados, y esa búsqueda en el espejo no será posible completarla nunca