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La última carta: el amor ya no es fuente de trabajo para los escribanos

La era digital ha convertido a este oficio en una postal pretérita. La cuartilla escrita cuesta 40 pesos; pocas veces la cantidad llega a seis por día en la Plaza de Santo Domingo. El oficio les viene por herencia, como la rutina, que no se altera ni siquiera en los días cercanos al 14 de febrero, en el Día del Amor y la Amistad.
Ma. del Refugio Melchor S.
12 febrero 2015 19:37 Última actualización 13 febrero 2015 5:0
El aire de experiencia infunde en los clientes más tímidos la confianza para decir lo que no pueden, por 40 pesos la cuartilla. (Braulio Tenorio)

El aire de experiencia infunde en los clientes más tímidos la confianza para decir lo que no pueden, por 40 pesos la cuartilla. (Braulio Tenorio)

Los desvencijados escritorios y el silencio de las máquinas de escribir lo confirman: son huellas de un tiempo olvidado. De vez en vez un cliente, en un buen día, hasta seis. Hace muchos años, en efecto, el amor era una causa de trabajo. Ahora todos llevan el celular y se dictan las flores en 140 caracteres. Pero los escribanos se mantienen firmes en sus puestos. El oficio les viene por herencia, como la rutina, que no se altera ni siquiera en los días cercanos al 14 de febrero: se instalan desde las 11 de la mañana y esperan. Hay días que siguen esperando hasta regresar a casa sin un peso ganado. La Plaza de Santo Domingo es la postal de un México que se perdió en el espacio digital.

Angelina Salas Molina es la más joven de los 15 amanuenses que, asociados, trabajan en sus portales. Antes fue secretaria en Veracruz y cuando se jubiló un amigo la invitó a poner su propio negocio, y ahí se instaló desde hace seis años. Se esfuerza para recordar la última misiva romántica que realizó, hace seis meses, calcula. Un hombre de unos 50 años buscaba aliviar una congoja. Le pidió que redactara unas líneas para su esposa en su cumpleaños. “Era una especie de reconciliación”.

En realidad pocos le solicitan escribir una carta, admite. “Como ya se maneja Internet, es raro que vengan a buscar una carta de amor o una tarjeta. Ahorita ya no existe ese afecto, ese respeto, como era antes”.

Por el contrario, no faltan clientes que le pidan unas líneas de despecho. “Son un poquito fuertes, con una forma despectiva, aunque sin groserías. También piden uno que otro anónimo personas que quieren advertir sobre alguien que le pone los cuernos a su pareja”.

Pero redactar una carta de un amor fallido requiere cierta cautela, advierte Miguel Hernández Ordóñez, el secretario general de Mecanógrafos y Tipógrafos Públicos del Distrito Federal. “A quien la requiere le pedimos más su cooperación, porque vienen tan saturados de rencor, que ellos mismos dan la pauta. Más que nada plasmamos lo que quiere la persona, yo no me impregno de tanto amor ni de tanto desprecio”.

“Son sentimientos muy fuertes, palabras que uno no puede creer cuando las escribe”, dice Enrique Acevedo, con un dejo de picardía. Si un cliente llega a Santo Domingo por la calle de Belisario Domínguez, el primer escritorio que encontrará es el suyo. Aprendió mecanografía en una escuela de la calle Palma, que ya no existe, y tiene 30 años de teclear lo que le pidan.

Los clientes de este negocio suelen ser hombres, la mayoría en madurez, pero los más asiduos son extranjeros que guardan sus cartas como souvenirs, refiere Hernández Ordóñez. Es el tercer miembro de su generación que se dedica al oficio de escribano. Cuenta que su abuelo escribía sus misivas con tinta y pluma de ave, y su padre, en una máquina de escribir mecánica. Él prefiere la modernidad de una eléctrica. Como sus colegas, tiene algo de poeta, sicólogo y confidente.

El aire de experiencia infunde en los clientes más tímidos la confianza para decir lo que no pueden, por 40 pesos la cuartilla. La mecánica es simple: “Nos da los antecedentes: cómo conoció a la persona a la que le quiere dirigir su escrito, qué quiere expresarle, y hacemos un perfil. Le da el visto bueno a su carta. Generalmente la gente queda satisfecha con el primer escrito”, detalla Hernández Ordóñez.

“La inspiración viene tanto de nuestros clientes como de lo que vamos aprendiendo en la vida. Aquí es como la universidad del pueblo, donde todos comparten sus conocimientos y sentimientos”. Hace un mes, recuerda, tecleó para un joven de 30 años unas líneas amorosas. “Más que nada le expresaba a su esposa que estaba muy feliz, contento de su vida conyugal, de sus hijos”.

Presume que su cliente más famosa fue la escritora Elena Poniatowska, y dice también escribió guiones para Huarachín y Huarachón, así como canciones de un compositor de música popular del que ya no recuerda el nombre.

El veterano es José Edith González, 50 años de escribir. Viaja desde Tepalcates y diariamente transporta su vieja Galaxy Smith Corona que mantiene sus teclas perfectamente alineadas. La manipula con habilidad, con la espalda recta pues no le gusta encorvarse para escribir. Tiene 76 años y habla con pasión de sus letras. “Todas me calan. Y me da gusto que el cliente regrese, porque quiere decir que la primera ya prendió”. Tanto, que alguna terminó en boda. “Hasta me invitaron al mole”.