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La sutil ciencia o el pleito entre supervivientes

Llega el día presupuestado para el debate de supervivencias entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao. La obsesión pública suele atribuir un carácter épico a este tipo de combates, esperados como si en ellos se debatieran no sólo un par de egos, sino el futuro mismo de la especie.
Mauricio Mejía
29 abril 2015 21:56 Última actualización 30 abril 2015 5:0
La cotización del atleta en la bolsa de valores del cuadrilátero está determinada por los ratos invertidos en el gimnasio. (AP)

La cotización del atleta en la bolsa de valores del cuadrilátero está determinada por los ratos invertidos en el gimnasio. (AP)

Joyce Carol Oates cuenta en Del boxeo que la pasión de un boxeador por el dinero -las prodigiosas sumas ganadas sólo por muy pocos campeones- no tiene nada que ver con el hecho de que el público no sólo está dispuesto, sino ansioso por pagarlas. “Las obsesiones públicas y las privadas -afirma- se imitan entre sí, pero no son idénticas”.

Llega el día presupuestado para el debate de supervivencias entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao. La obsesión pública suele atribuir un carácter épico a este tipo de combates, esperados como si en ellos se debatieran no sólo un par de egos, sino el futuro mismo de la especie. Para los millones de espectadores que seguirán el pleito en todo el mundo el acto es “de vital importancia”. El dinero -el valor monetario del sufrimiento en este caso- es perfectamente costeable por el sobrado morbo que acarrean los desplantes atléticos de dos hombres que, en la lucha, ponen al descubierto la grandeza y la vileza del género.

Si algo hace atractivo a las grandes funciones es que siempre son únicas: el público observa por primera vez el llamado a cuentas de dos psiques al límite. Y todo con una nitidez agobiante: ninguna de las obsesiones privadas de los contrincantes (la necesidad de dolor, el cansancio y la dosificación del coraje) queda oculta ante el respetable, siempre dispuesto al accidente, al error que provoque el golpe letal que simbolice deportivamente la muerte de uno de los enfrascados púgiles.
En efecto, lo público y lo privado asisten al mismo concierto, pero se sientan en butacas distintas. Norman Mailer calificó al glamour de la tribuna como “la estética del estadio”. Hay algo de artístico en este deporte, al que por su intensidad George Foreman definió como el alter ego de todos los demás.

Rocky Graziano, un humanista del trancazo, lo dejó en claro de manera contundente: “El boxeo es un deporte terrible, pero es un deporte; la lucha es por sobrevivir”. La poética machista que sucede en la “oquedad cuadrada” (como William Faulkner llamó al ring) tiene su encanto, además, en lo impredecible. Como nada ha sucedido, todo, de verdad, puede pasar durante el próximo duelo de piernas.

El gran valor mercantil de los combates no se mide, sin embargo, nada más por el “peso” de los agones en el libre mercado. En la estima financiera, lo que determina las sumas es el tiempo. Los 180 millones de dólares que cobrará Mayweather equivalen a su eventual futuro; siempre éste puede ser su último round, el letal, devastador y paralítico último round.

Jack Dempsey afirmaba: “Yo sólo peleo por una cosa: el dinero”. Todo peleador sabe que ningún deporte consume tanto tiempo del cuerpo como éste. La cotización del atleta en la bolsa de valores del cuadrilátero está determinada por los ratos invertidos en el gimnasio, en la sanación posterior a cada pleito, en la agotadora preparación de una estelar. Los boxeadores viven en otra dimensión de la temporalidad: enormes trozos de existencia repartidos en exhaustivas campañas de entrenamiento se enfrentan contra la apremiante carrera del reloj. Son lo que queda entre lo eterno y la prisa. Lo que cobran es, en fin, su inminente agonía.