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La selfie, el triunfo del ego sobre la obra

El frenesí por tomarse la foto se extendió como plaga entre los capitalinos. Las recientes exposiciones de Da Vinci y Miguel Ángel en Bellas Artes dan cuenta de ello. Especialistas advierten que el museo deja de cumplir su función educativa y se convierte en un centro de entretenimiento.
“La selfie es la cara de un mundo volátil y líquido en el que lo más importante es el reconocimiento público".

“La selfie es la cara de un mundo volátil y líquido en el que lo más importante es el reconocimiento público", afirma Emilio Lezama. (ILUSTRACIÓN: Alejandro Gómez)

Tomarse una selfie al lado de una cerveza o una obra de arte es, en esencia, lo mismo. Lo importante de la imagen no es el objeto, sino el sujeto, explica el especialista en comunicación global, Emilio Lezama. De esta forma –asegura– la experiencia artística queda reducida a algo tan efímero como una borrachera: la pieza se convierte en material desechable, igual que la cerveza. Es entonces cuando el museo, entre muchas otras razones más, deja de cumplir su función educativa y se convierte en un centro de entretenimiento capaz de alimentar egos personales, coincide el antropólogo Bolfy Cottom.

Desde el año pasado, en México se han registrado grandes afluencias de espectadores a distintas exposiciones de carácter internacional. Yayoi Kusama. Obsesión Infinita, en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo, fue una de ellas. Atrajo a 330 mil personas. Las selfies entre los lunares de la artista japonesa anegaron Facebook, Instagram y Twitter. El frenesí por tomarse la foto se extendió como plaga entre los capitalinos. Lo realmente lamentable, dice Cottom, es que mucha gente no acudió para comprender la obra, sino para tomarse una fotografía. Algo similar –agrega– se observa ahora con las exposiciones de Leonardo y Miguel Ángel en el Palacio de Bellas Artes (la primera concluyó el domingo), que atrajeron a más de 300 mil visitantes.

No es que el interés cultural emergiera de pronto entre la población. Mucha gente acude a estos eventos porque, a decir de Cottom, se trata de exposiciones blockbuster que obedecen más a las leyes de la mercadotecnia que a un proceso educativo-cultural.

Ir al museo no se trata sólo de admirar piezas o tomarse selfies: en los países desarrollados, como Inglaterra o Japón, las exposiciones son los puntos culminantes de los programas educativos, apunta el antropólogo. Si un británico observa en la Galería Nacional de Londres El bautismo de Cristo (1450), de Piero della Francesca, comprenderá aún mejor lo que estudió en la preparatoria sobre el Imperio Bizantino. Pero eso no sucede en México, ni con las muestras nacionales ni con las internacionales, afirma. Es entonces cuando, dice, los mexicanos visitas museos como si fueran pasarelas de moda.

“Cuando los proyectos culturales no van acompañados de procesos educativos, las exposiciones se convierten en eventos eufóricos y fugaces. Contemplar el arte se torna así en algo banal y poco trascendente”, considera Cottom.

Lezama explica que el vicio principal de la selfie es que construye una narrativa de vida que no siempre corresponde con la realidad. Este tipo de imágenes –sostiene– representa la manifestación estética de la revolución digital; siempre determinada por un individualismo exacerbado.

“La selfie es la cara de un mundo volátil y líquido en el que lo más importante es el reconocimiento público. Da lo mismo tomarse una en el antro o el museo; lo que verdaderamente importa es el protagonista. Y en el caso de las exposiciones, la intención es demostrar que se es una persona culta, aunque esto muchas veces sea sólo artificio”, comenta el especialista.

Alejandro, estudiante de la Universidad del Valle de México, admite que sólo está en Bellas Artes por moda. Dice que quiere incrementar su bagaje cultural observando las obras de Leonardo y Miguel Ángel. En sus audífonos escucha en Spotify la aplicación del museo. Suena una canción de Radiohead. Cottom no puede creerlo. ¿Qué relación existe entre una banda de rock alternativo y el Renacimiento?, se pregunta.

“Si se siguen tomando este tipo de acciones, nos encaminamos a un despilfarro de recursos públicos. Con este tipo de iniciativas sólo nos damos cuenta de que no existe un proyecto cultural ni educativo de nación. Sólo hay esbozos y ocurrencias. Se necesita mayor voluntad política, tanto del gobierno como de la sociedad”, asegura.

De lo contrario, advierte, el museo seguirá siendo la tierra fértil de selfies y presunciones desmedidas. ¿Pero qué se debe hacer para que los museos no sean meros centros de entretenimiento? En primer lugar, advierte Cottom, se necesita una mayor coordinación entre las políticas culturales y los programas educativos. Para él, educación y cultura son una misma materia. Y en México, afirma, se tiende a separarlas.

Dice además que debe haber mayor comunicación entre la Secretaría de Educación Pública (SEP) y los organismos federales de la cultura, como el INBA, el INAH y el Conaculta. Los centros de investigación –continúa– deben permear las currículas de las universidades, preparatorias y escuelas del nivel básico. Sólo así, concluye, se podrá completar un proceso cultural de gran envergadura que derive en un buen aprovechamiento de las actividades que ofrecen los museos.

“Las exposiciones internacionales, como las de Miguel Ángel y Leonardo, son esenciales para formar un concepto de nación. Recordemos que las identidades no se fortalecen si no es a través de la confrontación con otras culturas”, enfatiza Cottom.