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La Sección Cultural cumple 25 años

10 febrero 2014 5:6 Última actualización 29 julio 2013 7:43

 


 
Redacción
 
Cuatro meses antes de que Carlos Salinas de Gortari tomara posesión de la República Mexicana, y de inmediato ordenara cancelar la publicidad gubernamental a EL FINANCIERO, esta sección cultural, a principios de agosto de 1988, se fundaba en estas páginas, que, desde entonces, han dado cabida a más, mucho más, de mil personas entre periodistas, escritores, poetas, académicos, dibujantes, fotógrafos, investigadores, ensayistas, improvisadores.
 
Esta sección ha sido testigo de dos visibles fraudes electorales presidenciales, de oficialistas corrupciones culturales, de modificaciones políticas históricas que no han constituido radicales transformaciones, del inicio de una guerra civil inútil que ha costado cientos de miles de vidas, de una exterminación informativa y contra los hacedores de la información.
 
Esta sección vio nacer las redes sociales y se ha ido aparejando, conforme a su situación económica, a la eclosión tecnológica. Esta sección nació antes que fuera bautizado el Conaculta y que el Canal 22 hiciera sus primeras transmisiones, cuando antes los creadores escribían sin la codicia de conseguir una beca gubernamental para completar sus gastos. Muchos de nuestros colaboradores estaban naciendo justo el año en que esta sección empezaba a diagramarse en los primeros ejercicios computacionales del país.
 
Poesía. Cees Nooteboom, escritor
 
Lo que una sociedad pierde al no tener periodismo cultural de calidad es mucho. Cada sábado, por ejemplo, yo compro el Financial Times, el cual es el mejor periódico financiero del mundo. Y, justamente, lo compro porque, aunque leo las demás cosas y me entero, los sábados publican una revista que se llama Life & Arts ("Vida y Artes"), como de 24 páginas, excelente. Ese es un periódico financiero que lee la gente influyente: banqueros y gente del mundo de las finanzas. Me parece que es muy importante que ellos tengan una visión de lo que está sucediendo en el mundo cultural, porque ambos mundos no pueden existir por separado.
 
Por otra parte, a los periódicos normales, que no son de finanzas, les ha dado por cortar la poesía y la cultura, con lo que los hacen más pobres. ¿Y qué es lo que sucede? El periódico decae, pero los directivos piensan que es por otras razones. En mi caso, yo trabajé en una revista donde editaba numerosas páginas sobre poesía. Y los dueños hicieron algo: encuestas al interior del país para preguntarle a la gente qué era lo que más les gustaba. Las preguntas se hicieron a distintos sectores de la población: profesores, dentistas, banqueros, etcétera. Y todo el mundo decía que lo único que no querían era que quitaran esas páginas de poesía.
 
Por razones como ésta, es que debemos seguir haciéndolas.
 
Crisis de identidad. Juan Villoro, escritor
 
En la medida en que representa la realidad, yo creo que todo buen periodismo es periodismo cultural. Estamos hablando que debe ser un periodismo bien escrito, lo que pasa por el estilo literario; porque a veces se nos olvida que la realidad del periodismo no está en el mundo de los hechos sino en el texto, ya que está hecho de palabras.
 
Ahora bien, hay un periodismo que se especializa en las artes y es el que normalmente se publica en la sección cultural. Pienso que su mayor mérito es el de establecer una intermediación entre los generadores de cultura y los lectores; y, a través de este trabajo, generar un tribunal del gusto. Muchas cosas que nosotros conocemos se deben a que hemos leído noticias sobre esas obras de arte o sus creadores. Y eso es muy importante.
 
Por otra parte, considero que estamos en un momento de confusión que tiene que ver con la pérdida de espacios por las nuevas plataformas digitales y, en cierta forma, podemos decir que el periodismo ha perdido confianza en sus recursos más básicos y tiene una crisis de identidad. En vez de pensar que justamente debe reforzar aquello que ha hecho bien, por el momento está tratando de imitar a otros medios. Vemos, por ejemplo, periódicos que se diseñan como páginas web, artículos cada vez más breves, donde se incluyen links pretendidos, como queriendo dar una dinámica que la página impresa no puede tener. Estamos en una situación parecida a la que ocurrió cuando se inventó la fotografía y la pintura dijo: "Si nosotros hacemos pintura realista, no vamos a poder competir con ella". Por lo que a través de su propio lenguaje se desataron una serie de variantes como el impresionismo, el cubismo, el hiperrealismo...
 
Ahora que tenemos periodismo en línea, chats, redes sociales y tantas plataformas visuales como YouTube, el periodismo escrito debería recuperar la confianza en lo que sólo él puede hacer: periodismo de investigación, el empleo de la crónica como género, la escritura de textos más extensos y, por supuesto, el periodismo cultural que une la información con el criterio. Tú lees, por ejemplo, a un crítico de cine como Jorge Ayala Blanco que está poniendo en juego sus conocimientos objetivos con su subjetividad analítica. Al tiempo que da la información la esta razonando de manera apasionada y generando un tipo de gusto, lo cual es una educación.
 
Yo comencé a leer a Ayala Blanco en el "Diorama de la Cultura" de Excélsior y me formé como espectador de cine ahí y casi puedo decir que aprendí otro lenguaje, que no era sólo el de ir al cine sino de verlo y descifrarlo; incluso, una vez asistí a la UAM Iztapalapa a uno de sus seminarios, el cual verdaderamente era como un seminario de traducción, porque te dabas cuenta de que no estabas apreciando el cine como podías haberlo hecho. Esa formación del gusto es algo que sólo puede hacer el periodismo cultural. Confío en que los próximos años, el periodismo recupere la confianza en sí mismo.
 
Renacimiento y vitalidad. Huemanzin Rodríguez reportero de Canal 22, conductor del programa Ángulo Crítico, en la misma televisora
 
Hace unos días estuve frente a un político, lo escuchaba libremente leer su discurso. Como cada vez que estoy en una situación así, observé su mirada, sus manos, las posturas que su cuerpo usa mientras se desenvuelve en su zona de confort. Y, como siempre, me pregunté: ¿a quién le hablan los políticos? A la gente, no; eso sólo ocurre en tiempos electorales: cuando le hablan a votantes potenciales.
 
Al pensar esto llego a otra abominación: el uso que hacen de los medios de comunicación para sus objetivos. Hay un juego de reglas tácitas: los políticos juegan a ser gentiles, cultos e infalibles; quienes están en su entorno juegan a creerle y celebran sus supuestas cualidades; los reporteros juegan a hacer sus notas como más les parezca a unos, o como más les convenga a otros; y los directivos y los dueños de los medios ponen en sus encabezados las frases con las que se van a comunicar con los políticos o la gente del poder. Esa es la zona de confort, pero en ese paraíso no está la gente. Entonces, me pregunto: ¿a quién le hablo cuando escribo? ¿Para quiénes escribimos los reporteros y periodistas? ¿Con qué fin lo hacemos? ¿Por qué insistir en un trabajo que todos los días pelea por sus espacios?
 
Al ver que los espacios que ocupa el llamado periodismo cultural son cada vez más acotados por las necesidades y compromisos económicos de sus dueños, la opinión de la gente vale poco y el amarillismo, los contenidos superficiales y la publicidad ganan, pero en esta ecuación se ha perdido de vista el talento de las personas que trabajan en cada medio; ése es el verdadero recurso de un medio de comunicación: su personalidad.
 
En la historia ha habido honrosos ejemplos construidos con el espíritu de Ignacio Manuel Altamirano o Alfonso Reyes -por citar dos nombres-, que vivieron tiempos históricos adversos y confiaron en la pluma, la educación, el intelecto y, de manera especial, en el público: aquél que puede y debe leer lo mismo sobre política que de arte, lo mismo del mundo que de su propio país. El periodismo, de manera más específica el cultural, seguirá existiendo porque, al igual que la democracia y el arte, cada día lucha por sus espacios de expresión propios. Nunca serán iniciativas que vengan desde los puestos de poder, no; vienen desde adentro de las personas, las mismas a las que los medios de comunicación parecen haber decidido darles la espalda. ¿Cómo saber quiénes somos y en qué país estamos parados? A esa pregunta infinita, cada día podemos comenzar por formularle respuestas a partir de un reportaje, de una entrevista o de una crítica cinematográfica o literaria.
 
Pienso que la única forma en que el periodismo cultural podrá sobrevivir será humanizándolo, pues las dinámicas de trabajo impuestas por las estructuras de producción -y ahora las tecnologías digitales- están determinadas por lo inmediato. Menuda tarea tenemos los periodistas para buscar los espacios interiores donde el aprendizaje no cese, donde conozcamos mejor a quienes miramos a los ojos en cada entrevista, donde reflexionemos sobre lo que hemos escrito, donde leamos a otros periodistas y escritores en un ejercicio constante de actualización y crítica.
 
Y, así, poder sentarnos y observar cómo se mueven las cosas en su propio tiempo, consumirnos cada noche y al despertar, renacer. Dicho esto, sólo puedo agregar que la existencia de las secciones culturales no es algo importante para una sociedad, es vital. Y la salud de una sociedad mejora con la mayor variedad posible de espacios sólidos donde las ideas se escriban, sean debatidas y criticadas.
 
¿Y la imaginación? Eduardo Deschamps, decano de los reporteros culturales de México
 
La cultura forma parte de las acciones más relevantes del hombre. Por eso el periodismo cultural cumple un papel fundamental al informarnos sobre lo que hacen pintores, pensadores, bailarines, músicos, escritores o arquitectos, ya que los creadores tienen diversos mecanismos para enterarse de lo que ocurre entre ellos, pero los medios de comunicación permiten a cualquier persona sumergirse en ese mundo.
 
Debemos recordar que el periodismo cultural que solía realizarse en México solamente funcionaba en los círculos de los productores de cultura. Se divulgaba muy poco entre la ciudadanía en general. Fue hasta mediados del siglo XX que Fernando Benítez, en El Nacional, creó secciones dedicadas a la cultura los fines de semana. Y, cuando trabajó en Novedades, su esfuerzo fructificó al hacer el muy famoso suplemento "México en la Cultura".
 
El periodismo cultural que se elabora actualmente en nuestro país no se encuentra a sí mismo. Me parece que se estancó a principios de los años ochenta y se convirtió en un cliché que no ha cambiado su actitud frente a las nuevas instituciones culturales, a pesar de que en 1990 tuvimos un Nobel de Literatura en la figura de Octavio Paz. Además, muchos periodistas únicamente repiten a ciegas lo que dicen los protagonistas de la cultura, no buscan aquello que más desearían conocer los lectores.
 
Por eso creo que uno de sus principales retos es la falta de imaginación, carencia que impide abrir nuevos caminos durante los encuentros con los creadores que, a su vez, permitan generar un diálogo más interesante frente a los lectores, televidentes y radioescuchas. Asimismo, ha faltado imaginación para utilizar las nuevas tecnologías y, de esta forma, atraer una mayor cantidad de público.
 
Otro de sus desafíos es no ser tomado en cuenta en los medios de comunicación. Sólo basta recordemos que Emilio Azcárraga solía decir: "¿A quién le interesa la cultura?" Así se ponen los dueños de los medios, porque como ellos no saben de esta área piensan que a nadie más debe importarle.
 
Bajo esta óptica, los directores de los periódicos son muy duros porque creen que la cultura tiene pocos lectores y, por lo tanto, no les deja dividendos: "¿Para qué vamos a desperdiciar parte de nuestra paginación si podemos dedicarla a publicidad?", se preguntan. Y esta idea se alimenta aún más al difundir el dato de que los mexicanos leen un libro y medio al año, lo cual es totalmente falso. Por eso deciden dedicar un mayor espacio a aquello que consideran rentable: el futbol y los chismes del espectáculo.
 
Para intentar cambiar este panorama los periodistas debemos golpear diariamente con noticias y declaraciones trepidantes de los productores de cultura. Esto quizá permita a los dueños de los medios darse cuenta de que este tipo de periodismo sí es muy importante.
 
Grandeza y miseria. Jorge Ayala Blanco, crítico de cine
 
En la coyuntura histórica de nuestro periodismo cultural, ¿qué pesa más aquí y ahora: su grandeza o su miseria?
 
Coyuntura. Luego de más de ocho décadas de arrastrar taras congénitas en su práctica, tras el desastre y el desmantelamiento de la cultura nacional durante la Docena Trágica panista, y ante la reinstalación de la omnívora culturita onanística priista, con sus mismas subvenciones e iguales vicios, pero decrépitos.
 
Grandeza. Lo que vuelve apasionante al periodismo cultural como especialidad son su generosa apertura, su altiva amplitud de miras, la libertad conceptual de su saber, su relativa autonomía respecto a otros apartados en diarios y revistas y TVprogramas, la infinitud de sus temas, sus obras y autores a tratar, y sobre todo, como género, la hibridez de su lenguaje, pues puede tener la ligereza y la amenidad, tanto como la agudeza y la oportunidad, de cualquier buen ejercicio periodístico, y a la vez la profundidad y la inventiva de toda búsqueda y cualquier construcción verbal creadora, así sea en las dominadas por la síntesis, el rigor, la precisión o la sequedad.
 
Miseria. La ignorancia y la desinformación, así como sus correlatos la mezquinad y la envidia, siempre han sido buenos parásitos compartidos y muy útiles compañeritas de la sumisión y los intereses creados. A eso habría que añadir los temores del periodismo cultural, su confusión entre crítica y censura o vil golpeteo ("Te lo advierto, aquí no le pegamos a nadie"), y entre obra y autor ("Yo no soy lo que hago, simplemente lo hago", sería una saludable divisa contra la vanidad, el arribismo y la paranoia postulantes). Además de que, en un país de caciques como México (no importa qué podercillo deviene aquí de inmediato cacicazgo), lleno de círculos y grupos de poder y mafias aún y siempre dominantes ("¿Quién es tu Padrino?"), lo primero que alguien debe preguntarse no es quién manda aquí sino a quién debo lamerle las patas, y quiénes están en la lista negra de la publicación, suplemento o sección.
 
Grandeza y miseria. Por eso el periodismo cultural ya sólo parece contar entre sus cultivadores, en términos generales, a participantes y usufructuarios que lo desvirtúan, oficializan, arrinconan, banalizan, y lo tornan irrecuperablemente mercenario, o lo denuncian tan superficial cuan rencorosamente o de modo moralino, en todas sus manifestaciones y en su dinámica misma, volviendo heroicas, marginales o inexistentes sus manifestaciones cabales y atropellada y nebulosa su dinámica, olvidando que ese tipo de periodismo nació como un servicio difusor de la cultura y pronto fue cultivado como un acto de humildad y fe en ella, que serían las únicas formas de cobrar y recobrar, entre nosotros hoy, su íntimo valor intrínseco, y el más noble, ¿para quién?, para el destinatario sensible capaz de hacer esfuerzos específicos y particulares en cada caso.
 
Godardianamente, lo único que nos mantiene en pie es la Pasión y cierto posible Humor distanciado.
 
Muro de contención. José Felipe Coria, Director del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos
 
¿Por qué, para qué, para quiénes?
 
El por qué del periodismo cultural debería definirse como la necesidad de que siempre exista la más amplia difusión de la cultura, sin etiquetas, sin pertenencias a grupos, capillas o mafias.
 
El periodista cultural debe asumir la misma función que un faro.
 
Para una sociedad cada día más desinformada a pesar de los avances tecnológicos y de la rapidez de las comunicaciones, mucho de cierto periodismo cultural se mueve sólo por corazonadas, por imposiciones del mercado y, pero por supuesto, por esnobismo. El impacto de esto es alarmante y por ello el periodismo cultural genuino siempre se erige como muro de contención donde lo auténtico sobrevive. Esta es una buena intención, que habla de lo plural que puede ser el periodismo cultural.
 
Lo que ahora se conoce como estudios culturales, donde la cultura se revisa desde una óptica multidisciplinaria, novedosa, exige el ejercicio de un periodismo altamente participativo. El periodismo de hecho es el primer estadio para entender qué hay de fondo en los estudios culturales. Esto de repente es desplazado por las imposiciones un tanto perversas del mercado y por la mercadotecnia de los "prestigios", sean o no merecidos, que importan más que el contenido de la obra, precisamente lo único que debería valer. Es así que el periodismo cultural existe como opción clara para el análisis, la crítica y la actualización constante de todo lo referente a la cultura contemporánea. Tarea titánica, sin duda, que pocas veces logra ir más allá de la simple recomendación. Afortunadamente, lo poco que antes se consideraba al periodismo cultural, ahora es ineludible, de ahí su abrumadora constancia. Incluso ya existe una especialización de este tipo de periodismo en algunas facultades. Lo que no es poca cosa, porque al menos confirma que el periodismo cultural existe y tiene un lector y que este lector está atento a todos los elementos que conforman el fenómeno cultural. De ahí que de la simple recepción de una noticia exija ahora la explicación de la misma y de lo que esté o no en auge.
 
El periodismo cultural surgió como una necesidad. Se ha mantenido con ese mismo espíritu. Durante cuánto tiempo, cómo, por qué y para quién, es imposible saberlo. Pero su existencia habla de que pase lo que pase y ante el colapso al que puede la mercadotecnia llevar a la cultura, el periodismo cultural seguirá conservando intacta su pertinencia como un género vital y trascendente por su capacidad de presentar lo auténtico como novedad.
 
Una pálida sombra. Emmanuel Carballo, crítico literario
 
El periodismo cultural es la antesala de las revistas especializadas y de los libros. Si no hay buen periodismo cultural no habrá buenas revistas literarias, ni tampoco los escritores tendrán acceso a las editoriales y el gran público. Si no hay buen periodismo, no hay buena literatura. En el pasado no existía editorial que no hubiese tenido entre sus grandes firmas a gente salida de los periódicos, pero ahora eso no puede pasar... porque no hay buen periodismo.
 
¿A quién debe estar dirigido el esfuerzo de las páginas culturales? Al que le llegue, a las personas que proceden de la universidad o a los que tienen el talento suficiente para expresarse. Además, el público quiere que lleguen caras y plumas nuevas. Algo que se logrará el día en que volvamos a tener el gran periodismo cultural que tuvimos a fines del siglo XX y los primeros años del XXI. Los suplementos y las secciones culturales diarias han bajado de nivel y son francamente malas. La educación de los periodistas, igual.
 
El punto débil es que las personas que dirigen los suplementos no tienen la calidad intelectual suficiente, ni la formación cultural adecuada para dirigirlos; les falta emoción, amor por las letras y olfato para sacar a gente joven de ser nadie a convertirse en los grandes escritores mexicanos que estamos esperando. En este momento yo no veo que nadie ayude a los jóvenes de 20 años; puede más la televisión y otras cosas, pero si sólo tienes la cultura de la televisión, no tienes cultura. Eres un pobre señor defraudado por un medio que no da lo que debía de dar.
 
Casi ya no existen los suplementos culturales y los que hay podrían mejorarse mucho. Los suplementos que hicimos en Novedades o Excélsior ya no existen; lo que hay ahora son pálidos sombras. Ya no hay cosas que valgan la pena. En mi caso, lo que hago es leer periódicos extranjeros, porque los mexicanos son muy malos. Han pensado que la gente no necesita cultura, sino deportes.
 
Lo que se debería hacer es organizar un congreso para realizar una radiografía del estado en que se encuentra el periodismo y rediseñar las páginas de los diarios, desde la primera hasta la última.
 
Los sueños de la tribu. José Gordon, divulgador de la ciencia
 
El periodismo cultural es importante, porque no hay otra forma de comunicar como noticia los sueños de la tribu. El arte en general y la literatura, el cine y el teatro, en particular, tienen la capacidad de penetrar los problemas más profundos de una sociedad.
 
Decía mi maestro Francisco Prieto que había tres formas de conocer a una sociedad: a través de la economía, por medio de la sociología y -tal vez la más importante- mediante la literatura, pues al sumergirte en los problemas que están planteados dentro de una novela lo que estás atrapando son los sueños y pesadillas de una cultura, sus texturas, su sentido del gusto y del asombro; los ritmos del lenguaje o la forma en que respira un conjunto de personajes.
 
Me parece que deberíamos tener un periodismo cultural de mucho mayor nivel. Con más posibilidades de cubrir los acontecimientos, no tanto en términos de cantidad sino de calidad. La responsabilidad, en ese sentido, está relacionada con la visión de cómo los medios marcan la agenda de lo que es posible o no, en una cultura. Así como tenemos páginas de deportes y opinión política, deberíamos tener mejores páginas de cultura. Los dueños de los medios a veces creen que esto es poco rentable, pero a mí me parece que es poco rentable si está mal hecho. Ése es uno de los problemas más serios. Cuando haces un esfuerzo mediocre, los resultados son mediocres.
 
En el pasado hemos tenido suplementos y revistas literarias que verdaderamente han impactado en nuestra sociedad y marcado la agenda de lo posible. Una vez, por ejemplo, la revista Nexos realizó el ejercicio de identificar qué coincidencias existían entre los distintos partidos políticos. Y, a la hora de llevarlo a la práctica, uno se da cuenta de que existe un consenso en la mayoría de las acciones. Algo que tiene que ver con lo que posteriormente se llamó Pacto por México. Como lo han planteado algunos novelistas, el problema es que cuando hablamos de la palabra compromiso, no estamos hablando de una palabra "macho". Si tú te quieres montar en tu "macho" no hables de "compromiso" o de "diálogo", porque dialogar con el que supuestamente es tu enemigo está prohibido. Curiosamente, la labor de una revista cultural y del ejercicio del intelecto sería el de decir: "Pongamos las cosas sobre la mesa y démonos cuenta en todo lo que coincidimos, que es una barbaridad, en comparación con lo que no".
 
El peso del asunto en todo esto se lo pondría a los comunicadores y a los medios, que tendrían que ser más inteligentes e imaginativos para contar historias que conmuevan, resuenen y nos abran al asombro, sin dejar de lado la mirada crítica, que es tal vez lo único que pueda transformar las cosas. Porque, cuando no tienes la capacidad de ahondar en la condición humana y los conflictos que tenemos en frente, debido a que tu perspectiva es reducida, no vas a poder transformar nada, ya que simplemente tus mapas son muy limitados. Entonces, yo diría que de lo que se trata es de abrir la mirada.
 
Antídoto. Ignacio Solares, Director de la Revista de la Universidad de México y editor de "Cultura en México" de la revista Siempre!
 
Yo tengo una fórmula que no me falla: la violencia es el veneno y la cultura su antídoto. De ahí la importancia de difundir las actividades culturales. En ese sentido, el periodismo cultural se hace para todas las personas interesadas en el espíritu de lo intelectual, lo literario, lo pictórico y lo musical, porque nos pueden ayudar a contrarrestar lo negativo.
 
Sin embargo, en las publicaciones ha bajado el espacio destinado a la cultura debido a cuestiones económicas y políticas. Por eso uno de los retos es sobrevivir. A pesar de este panorama, el periodismo cultural que tenemos en nuestro país es de los más destacados del mundo.
 
Nuevos escenarios. Omar Raúl Martínez, director de Revista Mexicana de Comunicación
 
Sombríos han sido los últimos años para el periodismo cultural en México. Pareciera que los asuntos políticos o de inseguridad pública o las coyunturas sociales han ido relegándolo en los medios de comunicación. Lo cierto es que aun en medio de la complejidad de los contextos, no cesan las expresiones culturales. Si bien resulta loable la contribución de Canal 22, TV UNAM -ahora vía señal digital- y, en menor medida, Once TV, lo cierto es que en la mayor parte de los medios electrónicos este tipo de contenidos se los aísla en la programación o, bien, se les regatean los recursos de producción, o se les imponen horarios inaccesibles al gran público. Terminan convirtiéndose en espacios ornamentales.
 
En la prensa cada vez son menos los periódicos y revistas que dedican sus páginas a realizar auténtico periodismo informativo -investigar, reportear, entrevistar y cronicar- en torno a la vida cultural, privilegiando el análisis y la opinión. Ambos ejercicios serían deseables en cualquier segmento mediático. En el último cuarto de siglo hemos visto cómo no pocos medios de comunicación han decidido amalgamar en un mismo bloque la frivolidad de los espectáculos -animados por la TV- con las actividades artísticas, lo cual ha tendido a diluir los genuinos espacios de periodismo cultural.
 
También seguimos observando, par- ticularmente en medios convencionales, la prevalencia de grupos o "editores-caudillos" que pretenden dictar agendas, o silenciar o minimizar voces y actividades. Los medios digitales todavía no representan un sólido escaparate para la difusión, escrutinio, debate y análisis del quehacer cultural en nuestro país, pero es posible que -de la mano de la prensa tradicional- paulatinamente tiendan a marcar algunos de los desafíos para el periodismo en general y el periodismo cultural, en particular, habida cuenta el creciente uso de estos recursos tecnológicos y la omisión o soslayo de tales temas en los medios convencionales. Es decir, si los importantes temas y actores de la cultura en México siguen siendo desdeñados por los medios convencionales, no será extraño que los públicos tiendan a buscarla en medios digitales. Tendríamos que estar preparados para nuevos escenarios.
 
Un espíritu festivo. José Reveles, periodista
 
Sin una cultura que impregne todos sus contenidos, los medios de comunicación pueden ser inocuos, intrascendentes, navegar en la vacuidad. El buen periodismo es intencional y entiendo por esto no una profesión militante que enarbola banderas, sino el soplo de un espíritu festivo y provocador de las mejores respuestas de cada persona cuando puede leer páginas dignas, escuchar una radio con voces inteligentes o mirar una pantalla que no busque idiotizarla.
 
Si además se cuenta con una sección especializada en temas culturales, entonces hay ganancia anticipada. Un medio que opta por darle su lugar a la cultura ya hizo la mitad de su camino para acercarse de la manera más sensible y solidaria hacia la sociedad. Primero están la vocación y la decisión por la cultura; lo demás vendrá por añadidura, a condición de que el compromiso sea verdadero, de que se ejerza congruencia y pluralismo.
 
Quienes desean hacer un periodismo que alimente el espíritu, por la vía de la cultura, no son multitud. Y ni siquiera mayoría, por desgracia. Pero considero que al periodismo cultural le falta independencia de criterio, visiones alternativas a la difusión oficial de la cultura (no hay boletín que no arrastre su dosis de propaganda), capacidad de autocrítica, generación de análisis e investigaciones que se alejen de las verdades únicas e inapelables que los diversos poderes quieren imponer. Faltan muchas respuestas congruentes, porque no se plantean preguntas inteligentes. Afiliarse cómoda y acríticamente a capillas, dogmas o mafias -por amistad, dinero, defensa de intereses espurios, por ignorancia o por inercia- termina por abortar toda posible imaginación y por cercenar alas a la libertad.
 
Criterios y éticas, Sergio Ramírez, escritor y ex vicepresidente de Nicaragua
 
En una sociedad como la actual es necesario luchar por los espacios de la cultura con base en un principio ético fundamental, ya que el mundo no se divide entre lo que se vende y lo que no. Algo está sucediendo en todos los ámbitos: las páginas de los periódicos, las editoriales, la televisión... Eso de hundir las secciones culturales en las páginas de espectáculos de los diarios es una equivocación rotunda y fatal. La sociedad respira por la cultura, es un espejo y su mano más brillante; por lo tanto, querer apartarla es como querer cortarle la lengua. Lo que sucede en el mundo cultural es muy importante. ¿Qué quedaría de una sociedad sin teatro, sin literatura, sin pintura?
 
Hoy en día parecería que la información importante en los diarios es la política, la corrupción, las luchas de poder, los ejecutados. Sin embargo, la gente los recuerda por las obras de arte. Pasado el tiempo, los gobernantes quedan enterrados y se convierten en notas a pie de página en la vida de escritores y grandes pintores que retrataron aquel momento histórico.
 
Por otra parte, sería demagógico pensar que las páginas culturales de los diarios las va a leer todo el mundo. La gente siempre leerá más las dedicadas a los deportes. Eso es un hecho. El esfuerzo que se habría de hacer, en todo caso, es procurar que cada vez más la gente se interese por la cultura. Se debe ampliar el interés por ésta, pero el hecho de que no sea mucho tampoco debe significar que no quede registro de lo que ella está produciendo.
 
Soy consciente de que los periódicos no están hechos para perder, pero en el balance del debe y el haber es preciso que se contemplen partes rentables y otras no tan tanto. Esto también lo digo por las editoriales. Cuando una editorial reduce su catálogo a best sellers es una editorial mediocre, ya que no todos los best sellers son grandes libros. Es decir, Faulkner, en su momento, no se vendía mucho, pero no se podía conseguir un catálogo sin él. Si nos guiáramos por ese criterio, nada más nos quedaríamos con novelas de vampiros. Lo que vende tiene que sostener a lo que vende menos, y eso también debe aplicarse a las páginas de los periódicos.
 
Otro factor que entra en juego aquí son los criterios que tienen el Estado y los gobiernos respecto a la cultura. Cuando se trata de reducciones financieras, lo primero que cortan es la cultura, porque parecería que el país puede vivir sin ella. Pero no hay nada más equivocado que eso. ¿Cómo puede vivir un país sin museos, sin galerías y sin el apoyo del Estado al desarrollo cultural? El Estado no debe evadir su responsabilidad para que la cultura llegue a la gente. Algo que, a final de cuen- tas, tiene mucho que ver con la defensa ética de la que hablé al principio de estas líneas.