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La noche, propicia para convivir con difuntos en Día de Muertos

01 febrero 2014 10:8 Última actualización 02 noviembre 2013 10:49

 [Los cementerios de San Andrés Mixquic y de San José se muestran llenos de vida nocturna por el Día de Muertos. / Cuartoscuro]  


Notimex
En México, el Día de Muertos es ocasión para visitar los panteones y ahí las tumbas de los seres queridos y, aunque menos común, la noche también se presta para hacerlo.
 
Así ocurre en algunos camposantos en la ciudad de México, igual en el conocido Mixquic, en la periferia de Tláhuac, que en el menos conocido pero más céntrico Panteón San José, en San Pedro Iztacalco.
Los cementerios de San Andrés Mixquic y de San José se muestran llenos de vida nocturna por Día de Muertos: velas, incienso, comida y adornos dan el toque mágico a una convivencia en la que lo mismo abundan las bromas, que se recuerdan los gustos y, por qué no, los disgustos que la muerte dejó en meras anécdotas.
La noche del 1 al 2 de noviembre, la transición de la visita de los Santos Inocentes y los Fieles Difuntos, con una velada los vivos rinden culto a sus muertos, cuyas almas "con más fe que certeza" aseguran vienen del más allá a disfrutar de la esencia de los alimentos y bebidas que se les ofrendan.
Son costumbres y tradiciones que se heredan de generación en generación y que en Iztacalco se retomó hace una década.
Al panteón de San José las familias llegan desde la tarde del día 1, limpian los sepulcros, los adornan y preparan la ofrenda que compartirán para "alegrar" la estancia de sus muertos a la luz de veladoras, cirios y unas cuantas lámparas, relata el topil de la capilla de La Asunción, Jesús Aguilar.
Hasta el camposanto llegan los vecinos de los ocho barrios que conforman Iztacalco: igual de San Pedro, que de San Pablo, la Santa Cruz, Santiago, San Miguel, La Asunción, San Sebastián, comenta el topil -ayudante del mayordomo-, quien antes ya encabezó la mayordomía de la Virgen de Guadalupe.
Es una tradición que tenían sus ancestros, que se perdió por un tiempo pero lograron retomar con apoyo de las autoridades delegacionales, aunque asegura que es más por la voluntad y el tiempo que topiles y mayordomos dedican a la organización.
La delegación otorga respaldo para cerrar las vialidades cercanas como Plutarco Elías Calles y Santiago, entre otras, y presta un tablón y sillas, dona ceras y parte de la fruta.
Pero es con la voluntad de los vecinos que logra integrarse una gran ofrenda para todos los moradores habituales del camposanto, y preparar los espacios para recibir por la noche a miles de visitantes.
Es una tradición donde el sincretismo religioso, las muestras de afecto y los ritos ancestrales no se comparan con las sensaciones que despiertan los recorridos nocturnos por panteones, para poner a prueba el valor y los nervios de los asistentes con relatos y leyendas de terror o sólo historias de los moradores eternos.
Una visita nocturna puede ser propicia para lucir los disfraces con que la gente suele emular a la muerte, desde la famosa Catrina, el Diablo o fantasmas y personajes de películas de terror, y pasearse entre tumbas de desconocidos envueltos por la oscuridad y el silencio sepulcral.
Pero para Jesús tiene otro significado pasar la noche en el panteón. Apenas durmió unas horas la mañana del viernes, porque pasó la noche previa en el cementerio. Él no escuchó leyendas ni historias, ya las conoce desde niño.
Su velación de dos noches no fue para activar la adrenalina. Sí para revisar junto con otros topiles y organizadores los últimos detalles que este domingo le permitirán retirarse a descansar con el orgullo de haber contribuido a preservar en Iztacalco la tradición del Día de Muertos.