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La 'noche caifán' medio siglo después

Contra viento y marea, hace 50 años se rodó la cinta emblemática de la vida nocturna capitalina de los años 60: 'Los caifanes', de Juan Ibáñez, uno de los filmes fundamentales de la historia del cine mexicano.
Eduardo Bautista
29 noviembre 2016 20:55 Última actualización 30 noviembre 2016 5:0
Los caifanes

Los caifanes

Un caifán, dice el personaje de El Azteca en Los caifanes, es el que todas puede cuando cae la noche. Pero un caifán también es Juan Ibáñez, el director que se atrevió a filmar esta película pese a los conflictos sindicales. Un caifán también es Ernesto Gómez Cruz, el actor que le puso sostén a la Diana Cazadora sin permiso. O Carlos Monsiváis, quien se sobrepuso a su vergüenza para interpretar a un Santaclós borracho. O Fernando Álvarez Colín, el fotógrafo que desafió la lluvia, el viento y el frío para realizar uno de los filmes más emblemáticos en la historia del cine mexicano.

En Los caifanes –cuyo rodaje cumple 50 años este mes– todo tiene un cierto aroma a libertad. Su complicado proceso de filmación y su historia impregnada de ambiente bohemio y desigualdad social demuestra que la actitud caifán trascendió las cámaras.

Las escenas de esta cinta –estrenada hasta el 17 de agosto de 1967– transcurren en una Ciudad de México de apenas siete millones de habitantes, sin cámaras de vigilancia y con el tufo autoritario de sus dos polémicos regentes: Ernesto P. Uruchurtu y Alfonso Corona del Rosal, quienes se dedicaron a reprimir todo intento de vida nocturna que oliera a disidencia. La Doctrina Truman había desatado en el gobierno mexicano la paranoia sobre una rebelión comunista.

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Los caifanes

Aquella capital, recuerda Jorge Volpi en La imaginación y el poder, saludaba a la modernidad con timidez. Bares, cafés, cantinas y cabarets conformaron la geografía de una urbe que vivía de noche, en los conciertos de Celia Cruz en el Teatro Blanquita, en los bailes sensuales de Olga Breeskin en Insurgentes, en los hoyos fonqui de la Zona Rosa o en el Hippie’s, el primer espectáculo teatral psicodélico de México.

“Esa vida nocturna ya no existe. Y aunque no era sencilla, era mucho menos peligrosa que ahora”, recuerda Óscar Chávez, quien interpretó a El Estilos, un joven pobre y bohemio que se enamora de Paloma, una chica acomodada interpretada por Julissa.

Los caifanes no tenían nombres, sino apodos: Capitán Gato, El Estilos, El Azteca y El Mazacote. Eran chicos de barrio sin mayores aspiraciones que emborracharse, robar alguna tienda o cantar al ritmo de una guitarra.

Óscar Chávez cuenta que, después de la película, se sumergió en la vida nocturna de la capital. Durante 10 años ofreció funciones de cabaret político en el Café Colón, al lado de otro miembro del elenco: Ernesto Gómez Cruz. Su escena favorita es la de la carroza fúnebre en el Zócalo capitalino, donde el humo de una prostituta cubre la Catedral Metropolitana.

En los 60, recuerda Paco Ignacio Taibo II en su libro 68 (1991), una novela impactó a la juventud mexicana: La región más transparente, de Carlos Fuentes, quien después escribiría el argumento de Los caifanes basado en ese libro. “Vivíamos en una ciudad pequeña dentro de una ciudad enorme. El cine era subversión. La literatura era realidad real. Oíamos a Joan Báez y a Bob Dylan”, dice Taibo II.

Los caifanes eran quienes mejor se movían en esa ciudad que, señala Volpi, aún no cobraba consciencia de sus dimensiones y apenas comenzaba a reconocer los desafíos de la modernidad; el cabello largo y las minifaldas se toleraban, pero detrás se escondía una secreta ansia de represión. Catorce meses después del estreno de la película sucedería Tlatelolco.

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Los caifanes

LA GRILLA
La filmación de Los caifanes fue muy accidentada, sobre todo por los problemas entre el Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica (STIC) y el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC). El primero fue el encargado de realizar la película, lo cual desató el enojo entre los miembros del segundo.

“El día en el que comenzó el rodaje llegó la gente del STPC para intentar detener la filmación”, recuerda Álvarez Colín. “A los que pertenecíamos al STIC nos decían que sólo servíamos para vender merengues. No confiaban en nuestras habilidades. Pero con Los caifanes demostramos que los egresados de los Estudios América éramos capaces de filmar películas grandes”.

La película, comenta Chávez, tuvo que grabarse en cinco episodios diferentes porque los Estudios América no tenían derecho a realizar largometrajes.

A HURTADILLAS 
“La escena de la Diana se filmó por la libre, en la madrugada, por nuestras pistolas”, recuerda el músico. Colín asegura que varios miembros del set tenían miedo de que Gómez Cruz se cayera, pues la secuencia se filmó sin las condiciones de seguridad necesarias.

Para filmar Los caifanes, los guionistas –Juan Ibáñez y Carlos Fuentes– tuvieron que renunciar al premio monetario del Primer Concurso Nacional de Argumentos y Guiones Cinematográficos, un certamen que organizó, entre otras instituciones, el STPC, dice Chávez.

Según el crítico de cine Emilio García Riera, el presupuesto de Los caifanes no llegó ni al millón de pesos, un costo mucho menor que el de las películas que se filmaban en la empresa rival: los Estudios Churubusco, el centro de operación del STPC.

“Pese a todo formamos un equipo espléndido. Ibáñez nos daba mucha libertad. Quería que todo saliera muy espontáneo. Las escenas de Tres Marías fueron complicadas. Además, nadie se esperaba que Carlos Monsiváis actuara tan bien”, recuerda Colín.

Aunque el rodaje no rebasó las cuatro semanas, aquellas escenas marcarían para siempre a miles de jóvenes que, quizás en algún momento de sus vidas, soñaron con ser el caifán que todas puede.