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DEPORTES

La Juve desquicia al Madrid

El equipo de Turín jugó a anotar un solo gol. Sabía que la mínima diferencia lo colocaría en la final de la Liga de Campeones. Los merengues simplemente acabaron desquiciados, desesperados.
Mauricio Mejía
13 mayo 2015 16:52 Última actualización 13 mayo 2015 16:57
La Juventus jugó con Maquiavelo bajo el brazo. (Reuters)

La Juventus jugó con Maquiavelo bajo el brazo. (Reuters)

Cuando el futbol es interpretado como ciencia política, los italianos llevan cierta ventaja. Dueños de una doctrina que evoluciona sin cambiar del todo, convierten el deporte más lindo en una escuela de pensamiento que mide escenarios y sale a flote, casi siempre, con buenos resultados. La de hoy ha sido una lección entera de cómo se mide el timing de un desafío en cancha contraria. Los desplantes de la Juve fueron una campaña perfectamente orquestada para obtener el triunfo sobre un rival desquiciado, desesperado y sumamente nervioso. Saltó al campo con soltura, con la certeza de que un gol, uno solo, pondría en crisis al vestuario local. Sin perder el estilo (Italia siempre es un estilo), la Vieja Señora participó del debate aprovechando los puntos débiles del discurso merengue, ya a estas alturas, sobreleído, pastoso y predecible.

Cuando parecía que el candado se convertía en una reiteración, en una costumbre, algo cabalístico, el Madrid se aprovechó de la benevolencia del árbitro central para anotar un penalti en el límite de lo punible. Cristiano acertó y dio impulso a un plantel sobrecargado de presión, ya sin la Copa del Rey, a punto de perder la liga y jugándose el ejercicio fiscal en un torneo continental al que llegó con más suerte que talento. Así, el Madrid se hizo del protagónico hasta el silbatazo del primer acto. Un altanero Benzema, con más ímpetu que compañía; un James desproporcionado y, a veces, despabilado y un Cristiano perdido y mustio, al que le faltó valor para rematar directo al arco de Buffon en una jugada que pasó al olvido como el resto, fueron los destellos blancos ante un Bernabéu tenso hasta el cuello.

La Juve jugaba al libro. Un gol. Sí. Un gol. Regresó al campo para imprimir ocurrencias que dieran con la idea. En la lluvia de ideas, con Pogba y Evra por el lado izquierdo, Vidal por el centro y Tevez a lo horizontal, el equipo terminó por encontrar lo que necesitaba. De eso se trata este deporte, de encontrar; los que buscan terminan en el segundo lugar de las preferencias. Allegri jugó a tener el poder sobre el rival. Y Morata se lo dio en el segundo tiempo, cuando tiempo quiere decir aliado. Ante el escenario impredecible, el club blanco encontró en sus propias debilidades sus más implacables enemigos. Desarticulado, soso e inmaduro fue presa del ansia. Cada minuto que sucedía le alejaba del marcador. Benzema cedió el paso a Javier Hernández, quien no tardó mucho en contagiarse del pánico.

La Juve al juego que mejor juega y más le gusta: la trama. Envolvió al rival, al que le cedió tres cuartos de cancha sólo para dejarle ver su ineficacia en situaciones críticas. Con la defensa como emblema, a veces torpe, es verdad, la Vieja Señora llevó la riña al desenfreno.

El Madrid era un remedo de sí mismo. Tampoco entonces apareció Cristiano. Y Bale volvió a ser la misma errata del primer tiempo. Dueña de una esperanza, la vuelta a la final desde el 2003, la Juve hizo que el envejecimiento cayera en el otro lado del campo. Con el descaro de poner a punto el segundo y letal. Berlín espera a dos antagónicos, el desparpajado y juvenil Barcelona y a la desconfiada y experimentada Juve; siempre una amante de lujo.

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