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CULTURAS
  

El arte de los esquizofrénicos

La esquizofrenia y la pintura tienen un vínculo muy especial. Artistas como Vincent van Gogh han padecido este trastorno mental. Especialistas aseguran que “los esquizofrénicos se van mucho por los detalles, son muy obsesivos".
Sandra Aguilar
25 noviembre 2014 20:25 Última actualización 26 noviembre 2014 5:0
Vincent van Gogh padecía esquizofrenia. Aquí "La noche estrellada", una de sus obras más famosas. (Archivo)

Vincent van Gogh padecía esquizofrenia. Aquí "La noche estrellada", una de sus obras más famosas. (Archivo)

Se encaja una Gillette –una Wilkins, en realidad– en la yema del dedo medio y cuando la sangre escurre lo suficiente, dispara. La plata sobre gelatina revela la belleza dramática de ese instante estetizado por la impresión en blanco y negro. Encerrado en su casa durante más de 20 años, donde se somete a prolongados ayunos que lo mantienen en una delgadez extrema, el pintor español David Nebreda (1952) ha documentado su propio infierno en una serie de autorretratos fotográficos en los que la laceración del cuerpo y la fascinación escatológica, en una palabra, lo abyecto, se encuentra con lo sublime.
Decía Antonin Artaud –como él, artista extraordinario y esquizofrénico– que nadie ha creado arte sino para salir del infierno.

Hay mentes que desde la enfermedad han tocado lo genial al plasmar su particular peculiar visión del mundo en una obra de arte, creaciones que quizá no hubieran emergido sin la condición de sus creadores. Karl Jaspers, en su libro Genio artístico y locura, sostiene que los esquizofrénicos son personas extraordinariamente creativas con el don de realizar un trabajo artístico de peso, y cita el caso de pintor holandés Vincent Van Gogh (1853-1890) y de Friedrich Hölderlin, poeta alemán (1770–1843), cuyas obras, dice, “extraen la agitación del alma con apasionada espontaneidad”, al tiempo que pueden producir en quienes las aprecien, cierta conmoción, pues fueron creadas “a partir de un punto donde se resquebrajaba el alma hasta quedar destruida”.

La esquizofrenia es un trastorno neurodegenerativo que afecta al uno por ciento de la población mundial. Es uno de los padecimientos mentales crónicos más difíciles de tratar y de controlar. Su característica principal es la pérdida del contacto con la realidad, con alucinaciones y pérdida de la memoria, de la concentración y de la atención. Y aunque no hay un factor, desde el punto de vista médico, que permita pensar que los esquizofrénicos cuentan con “el gen de la creatividad”, su forma de experimentar el mundo influye tanto en el proceso creativo como en el contenido de sus piezas.

Y es que, al crear una obra de arte, cualquier persona establece una interpretación de la experiencia a partir de los sistemas sensoriales que el cerebro ejecuta, explica Hugo Sánchez Castillo, doctor en Neurociencias de la Conducta por la UNAM. “En el caso de los esquizofrénicos, esto se verá enmarcado dentro de su padecimiento y disociación cognitiva, lo que la gente ‘normal’ nos explicamos muchas veces como una genialidad artística. Pero esto también tiene que ver con la forma irreal y desconfigurada en que perciben el mundo”.

ESTÉTICA FUERA DE LOS LÍMITES

En la pintura, la expresión creada por enfermos mentales fue denominada “arte marginal” por el crítico de arte Roger Cardinal, en 1972, pero tiempo después, el artista francés Jean Dibuffet le dio el nombre de Art Brut para describir las manifestaciones artísticas de los pacientes de hospitales psiquiátricos y que consideraba como “un arte creado fuera de los límites de la cultura oficial”.

Artista emblemático de este movimiento es el mexicano Martín Ramírez (1895-19963), un paciente cuyas creaciones reiteran umbrales, arcos, túneles, columnas, rieles o trenes, obsesiones que, de acuerdo con los expertos, lo hacen uno de los artistas esquizofrénicos más originales y característicos de todos los tiempos.

“Es de llamar la atención la minuciosidad con la que estas personas pintan. Esto no quiere decir que ello sea un síntoma de la esquizofrenia, pero es gracias esa característica en su trabajo que logran plasmar cosas muy interesantes y con gran calidad estética, a pesar de ser producto de sus alucinaciones”, dice el siquiatra Pablo Cuevas Corona, especialista en el arte creado por personas que poseen esa condición.

Yayoi Kusama (1929) tiene también una obsesión por crear obras de arte hechas con “rayas y puntos”. La japonesa vive recluida en un hospital psiquiátrico por voluntad propia, desde 1977, ya que padece de alucinaciones que, dice, la sumen en un “mundo de puntos o en una especie de red”, un efecto que despliega en las piezas que conforman la muestra Obsesión infinita, la cual se exhibe hasta el 18 de enero en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo, en el DF.

“Los esquizofrénicos se van mucho por los detalles, son muy obsesivos y tienden a ocupar todo el espacio en el papel, en el lienzo, casi no dejan espacios vacíos. Muchos hacen uso de los colores, aunque también los hay quienes sólo plasman sus obras en colores blanco y negro”, explica Rodrigo Saltijeral, artista plástico que se dedica al trabajo de taller con pacientes esquizofrénicos. Ellos, afirma, mantienen la sensatez, la coordinación y el sentido de la orientación, gracias al trabajo artístico que, en el caso de México, se imparte en los talleres que se ofrecen en los hospitales siquiátricos y que resultan un medio para salir de la rutina, la pasividad y, en ocasiones, del infierno.

Strindberg, crueldad y absurdo que renovaron el teatro

Uno de los escritores esquizofrénicos de mayor peso en la literatura universal es el sueco Johan August Strindberg (1849–1912), considerado como el precursor del teatro de la crueldad y del teatro del absurdo, pues dotaba sus obras de una especial fuerza y dramatismo.

Según Karl Jaspers, Strindberg era capaz de ofrecer una idea extraordinariamente gráfica de su enfermedad, principalmente en textos autobiográficos como Alegato de un loco, Inferno y Leyendas. En ellas transparenta su necesidad de sentirse superior -siempre se sintió humillado-; aunque se retraía ante la gente importante, cuya personalidad le resultaba “demasiado fuerte”.

“Por su tendencia histérica, es propenso a sentirse insignificante, pero también a reforzar la autoestima a través de una existencia prestada, por así decirlo. Se siente en el escenario de las influencias y los movimientos contemporáneos”, escribe Jaspers.

A pesar de padecer un mal que en su época era considerado como “cosa del demonio”, Strindberg fue uno de los autores más prolíficos de su época y logró reconocimiento internacional gracias a obras teatrales como El padre, Deudores y La señorita Julia, con las que renovó el género en Suecia.