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culturas

La escena de la apertura

La Cebra Danza Gay festeja dos décadas de crear coreografías sobre la diversidad sexual en Bellas Artes. Su director y fundador José Rivera Moya concibe a la danza no sólo como una expresión estética, sino como una herramienta de transformación social.
Eduardo Bautista
27 junio 2016 20:49 Última actualización 28 junio 2016 5:0
Rivera Moya asegura que es imposible cerrar los ojos ante el surgimiento de una nueva ola homofobia. (Cortesía)

Rivera Moya asegura que es imposible cerrar los ojos ante el surgimiento de una nueva ola homofobia. (Cortesía)

Desde hace 20 años y sin un solo peso del gobierno, La Cebra Danza Gay lleva a escena las temáticas más importantes de la comunidad LGBT. Su director y fundador José Rivera Moya concibe a la danza no sólo como una expresión estética, sino como una herramienta de transformación social.

Han sido dos décadas de modificaciones profundas, sueños realizados y hasta censuras. Pero lo más importante, dice Rivera, es la apertura que ha conseguido la compañía en la cultura nacional.

“Más allá de logros artísticos, celebramos que la sociedad mexicana haya cambiado con la comunidad gay”, dice el coreógrafo, quien llegó a la Ciudad de México en los años 80, cuando la policía capitalina aún realizaba redadas en los bares frecuentados por homosexuales.

“A muchos se los llevaban al Torito sólo por estar ahí. Por eso creo que La Cebra ha puesto su granito de arena en la transformación social. Hoy La Cebra respira un ambiente distinto que hace 20 años”, señala.

Mañana, la agrupación se presentará por tercera ocasión en el Palacio de Bellas Artes. Lo hará con XX veces +... regreso averno cabalgando la cebra, un montaje que cuenta la historia de los 120 bailarines que han trabajado para este ensamble en las últimas dos décadas. Rivera aún recuerda cuando, en 1998, el grupo ofrecía “temporadas memorables” en la Sala Miguel Covarrubias de la UNAM. Fue cuestión de pocos meses para que les abrieran el Teatro de la Danza del Centro Cultural del Bosque. Lo que empezó como un proyecto casi marginal, se transformó en un órgano artístico de gran envergadura y aceptación.

Uno de los primeros espectáculos que se presentaron fue Yo no soy Pancho Villa ni me gusta el futbol. “Las temporadas se llenaban. A La Cebra siempre la han aceptado muy bien. Me da mucha alegría que hoy muchos jóvenes homosexuales caminen de la mano en cualquier calle de la ciudad”.

Pero también ha habido momentos incómodos que muestran la intolerancia de la sociedad mexicana. A principios de los 2000, los integrantes de La Cebra no fueron recibidos en un hotel de Guadalajara porque, según les dijo el personal, atentaban contra el ambiente familiar del negocio. “O sea que nosotros, los monstruos, no podemos pertenecer a una familia, no tenemos padres ni hermanos. Fue absurdo”. Esa misma ocasión, un canal de televisión local los invitó al programa, pero les prohibió decir la palabra “gay” al aire.

Algo similar sucedió en León, en 2011, cuando al interior de la Secretaría de Cultura de dicho estado se recabaron firmas para que La Cebra no se presentara en ningún foro local. “Argumentaban que no le podíamos hacer eso a la ciudad. Incluso lograron correr a la persona de la dependencia que nos extendió la invitación”, recuerda el bailarín.

Rivera Moya asegura que el nuevo objetivo de la compañía es presentarse con mayor frecuencia en los estados de la República, sobre todo en las zonas del Bajío, donde usualmente predominan los pensamientos conservadores y la ultraderecha.

“Después de tantos logros en la Ciudad de México, me gustaría trabajar en la provincia, aunque entiendo que hay entidades muy cerradas. Pero yo seguiré creyendo que todas las expresiones artísticas tienen la capacidad de transformar sociedades. No sólo hacia lo gay, sino hacia cualquier asunto. Los artistas somos voceros”, afirma.

El coreógrafo nunca ha dependido de los recursos públicos para realizar sus montajes, que con el tiempo han afianzado foros como el Teatro de las Artes del Cenart o la Sala Miguel Covarrubias de la UNAM. El Palacio de Bellas Artes ya le había abierto sus puertas en 2005 y 2011.

“La oferta de la Ciudad de México es muy variada. La cantidad de nuestro público varía y no sabemos por qué. A veces nos sorprendemos cuando vamos a Mérida y agotamos funciones”, comparte.

Rivera Moya asegura que es imposible cerrar los ojos ante el surgimiento de una nueva ola homofobia, protagonizada principalmente por grupos extremistas como el Estado Islámico. El pasado 12 de junio murieron 50 personas – en un club gay de Orlando a manos de un joven de origen afgano.

“Creo que estos ataques tienen que ver con lo que hemos logrado como comunidad en los últimos años. Es evidente que cada vez tenemos más derechos civiles, como la adopción o el matrimonio. Esto ha desatado la homofobia entre los movimientos más radicales”, considera.

Por eso seguirá defendiendo la celebración de marchas del orgullo gay en todo el mundo. “Que cada quien se manifieste como quiera. Que no les prohíban desnudarse, gritar o vestirse como mejor les parezca. En eso consiste la diversidad. Pedirles que actúen de cierta manera es censurar y limitar. Hoy, más que nunca, debemos estar unidos”, sostiene.

A CONTRACORRIENTE
La compañía nació en 1996, en el Museo Universitario del Chopo que dirigía José María Covarrubias. Desde entonces ha realizado decenas de montajes en los que aborda temas como la lucha contra el VIH o la discriminación social. Con un financiamiento independiente, ha conquistado foros institucionales; entre sus títulos más emblemáticos destacan Ave María Purísima (de prostitución y lentejuelas) y Las simples cosas.