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La distancia que marcó el inicio y el fin de la era Michael Jordan

El año 1984 marcó el inicio de una era en el deporte: el debut (26 de octubre) del considerado mejor jugador en la historia de la NBA con los Bulls de Chicago ante los Bullets de Washington. Aun cuando nació en Brooklyn, Nueva York, y su pasión por el deporte se dio en un diamante de beisbol, su vocación por ser basquetbolista fue más fuerte.
Axel Beissner
23 octubre 2014 22:14 Última actualización 24 octubre 2014 5:0
Jordan fue elegido hace 30 años en la tercera ronda del Draft por los Bulls de Chicago. (Internet)

Jordan fue elegido hace 30 años en la tercera ronda del Draft por los Bulls de Chicago, sin imaginar que se convertiría en la máxima figura del deporte ráfaga. (Internet)

No se parecen prácticamente en nada, ni en población, ni en superficie. Pero hay algo que hace que Illinois y Maryland, dos estados de Estados Unidos, separados por 959 kilómetros en línea recta, estén más cercanos de lo que parece, gracias a Michael Jordan.

El año 1984 marcó el inicio de una era en el deporte. No por los Juegos Olímpicos de Invierno de Sarajevo, ni por Martina Navratilova o John McEnroe en el tenis, ni por Michel Platini en el futbol, ni por los Juegos Olímpicos de verano de Los Ángeles, sino por el debut (26 de octubre) del considerado mejor jugador en la historia de la NBA con los Bulls de Chicago ante los Bullets de Washington.

Y es que, irónica o coincidentemente, 19 años después de pisar por primera ocasión la duela de forma profesional (15 temporadas en total por su retiro en dos ocasiones), His Airness disputó su último encuentro en la liga de basquetbol estadounidense con el conjunto de la capital del país del norte.

Michael Jeffrey Jordan, medallista olímpico por primera vez aún como jugador colegial de la Universidad de Carolina del Norte, fue elegido hace 30 años en la tercera ronda del Draft por los Bulls de Chicago, sin imaginar que se convertiría en la máxima figura del deporte ráfaga.

Aunque muchos de sus récords son asombrosos, sin que necesariamente figuren entre los primeros, fue su estilo, carisma e historia dentro y fuera de las canchas lo que maravilló a los seguidores del basquetbol.

Aun cuando nació en Brooklyn, Nueva York, y su pasión por el deporte se dio en un diamante de beisbol en Carolina del Norte donde creció, su vocación por ser basquetbolista fue más fuerte. Obtuvo 16 puntos en su primer encuentro en la NBA, casi el mismo número de tantos (15) con los que se despidió de forma definitiva, y sus números totales de las campañas 1984-85 y 2002-03 también son bastantes cercanos, una muestra de su gran nivel de competencia en todo momento.

Un año antes de su segundo adiós, Air Jordan enfrentó a Washington por única vez en playoffs en la primera ronda de la campaña 1996-97. Nada significativo, al barrer a los Bullets (último año que jugaron con ese nombre para cambiar a Wizards) en tres juegos, de no ser porque Michael Jordan se apareció en el vestidor de su rival con un puro encendido en la boca antes de uno de los juegos para preguntar: “¿Quién me va a marcar esta noche?”. Desparpajado, intimidante y retador como acostumbraba, sin pensar que un lustro después estaría nuevamente en ese vestidor, defendiendo la otra casaca.

Con 38 años, en 2001, apareció con el uniforme de los Wizards, equipo del que había sido presidente operativo y al que llevó a Doug Collins, su ex entrenador con los Bulls de 1986 a 1989, y a Charles Oakley, su compañero en Chicago de 1985 a 1988; tal vez por amistad o simplemente por nostalgia.

La mayoría de sus números con Washington fueron contrastantes. Por un lado se permitió actuaciones memorables como en la que anotó 51 puntos el 29 de diciembre ante los Hornets de Nueva Orleans (aunque su récord histórico fue de 69, ante los Cavaliers de Cleveland el 28 de marzo de 1990). Sin embargo, también empobreció sus números en muchas categorías, como pérdidas de balón, al registrar su marca más alta (9) el 19 de enero de 2002, ante los Bulls de Chicago.

Así acabó su historia en las duelas, pero sin separarse del deporte que lo hizo, por lo que este año se convirtió en accionista mayoritario de los Hornets de Charlotte y, quizá, pensando en reencontrarse a sí mismo botando el balón o tirando al aro, a sus 51 años.