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culturas

La crisis de occidente no sale del laberinto

Con autorización de editorial Crítica publicamos el prefacio del libro del ex ministro de economía griego Yanis Varoufakis "El minotauro global".
Yanis Varoufakis
20 agosto 2015 21:24 Última actualización 21 agosto 2015 5:0
"La metáfora del Minotauro global tomó forma para mí en 2002, tras un sinfín de conversaciones con mi amigo, colega y coautor Joseph Halevi", dice el autor.

"La metáfora del Minotauro global tomó forma para mí en 2002, tras un sinfín de conversaciones con mi amigo, colega y coautor Joseph Halevi", dice el autor. (Reuters)

Originalmente, este libro surgió con el propósito de poner a funcionar una metáfora útil que pudiera arrojar luz sobre un mundo en apuros. Un mundo que podría no volver a ser comprendido adecuadamente mediante los paradigmas que dominaron nuestro pensamiento antes del Crash del 2008. Su intención era la de convocar al lector no especialista, en cuyo beneficio mi metáfora servía para desvelar un simple —aunque nunca simplista— informe de una tragedia global muy complicada. La idea no era tanto descartar el resto de explicaciones como proporcionar una plataforma donde poder combinar diferentes de ellas, cada cual válida a su manera, en un análisis general de los planes globales que quebraron y se convirtieron en humo en 2008, dejando nuestro mundo en un estado de aturdido desencanto.

La metáfora del Minotauro global tomó forma para mí en 2002, tras un sinfín de conversaciones con mi amigo, colega y coautor Joseph Halevi. Nuestras discusiones sobre la razón que hizo que el mundo se moviera tras las crisis económicas de los años setenta dieron lugar a una visión coherente, aunque compleja, del sistema económico global, en el que el déficit estadounidense —Wall Street— y el siempre en decadencia verdadero valor de los salarios estadounidenses, jugaron un concreto y, paradójico, papel hegemónico.

Lo esencial de nuestra argumentación era que la característica fundamental de las era pos 1971 fue un cambio de rumbo del comercio y del flujo de excedente de capital entre los Estados Unidos y el resto del mundo. El hegemón, por primera vez en la historia mundial, consolidó su hegemonía aumentando su déficit adrede.

La clave estaba en entender cómo los Estados Unidos llevaron ello a cabo, en entender el trágico modo en que su éxito hizo ascender la financiarización que reforzaba el dominio de EEUU a la vez que plantaba las semillas de su potencial ruina. Parte de la clave estaba en el despliegue de la narrativa del Minotauro global, nacido como un intento de simplificar la complejidad del argumento. (2)

Cuando, cinco años después, en 2008, el sistema financiero implosionaba, Danaë Stratou, mi compañera en todo, me incitó a escribir este libro bajo la fuerza que poseía la metáfora principal para poner en contacto mi compleja historia con un lector profano. Fue su confianza en mi capacidad para hacerlo la que me dio la idea y me inoculó el ímpetu para intentarlo. Comencé a escribir el libro en mi casa de Atenas, en un tiempo en que las oscuras nubes que circundaban nuestro país eran todavía delgadas y muchas de nuestras amigas y familiares no daban crédito ante la posibilidad de que Grecia estuviera a punto de entrar en una perpetua barrena. Contra ese sustrato de resistencia a los malos augurios, y mientras escribía un primer borrador del libro, comencé a tener un grado de notoriedad en Grecia y en los medios internacionales como un agorero que creía no solo que la bancarrota griega era inevitable sino que era precursora asimismo del desmembramiento de la eurozona.

Sin embargo, inmerso en mi escritura, me resistía a darle a Grecia tan prominente papel en ello. Pronto surgió una dicotomía en mi rutina diaria: mientras se pasaban hora tras hora en las radios y estudios de televisión hablando del ininterrumpido deterioro de Grecia, yo volvía al guión de mi Minotauro determinado más que nunca a pasar por alto a Grecia en sus páginas. Pero si mi diagnóstico de Grecía estaba desafortunadamente en lo cierto (i.e. que no hay nada similar a una crisis griega, sino que más bien Grecia es un síntoma de un cambio más amplio en la historia de la economía global) era imperativo que mi libro lo reflejara. De ese modo, los Estados Unidos fueron —y siguen siendo en esta edición...— el punto central del análisis.

En lo relativo al desarrollo analítico e intelectual, fue mi compromiso con el marco más amplio de la eurocrisis el que me dio la oportunidad de examinar la capacidad del Minotauro global para arrojar una útil luz sobre nuestras circunstancias tras el 2008 y apuntar discretas sugerencias. De hecho, mientras trabajaba en la primera edición de este libro, invertí una gran cantidad de energía escribiendo y reescribiendo, junto con Stuart Holland, nuestro «Una humilde propuesta para superar la eurocrisis». La campaña que Stuart y yo mismo llevamos a cabo a lo largo de Europa para presentar nuestra “Modesta proposición” (que nos llevó incluso a Norteamérica y Australia) fue clarificadora, una fuente de perspectivas, un banco de pruebas para las subhipótesis del libro.

Como siempre ocurre con las metáforas poderosas, el peligro que acecha es que mi análisis y predicciones se hayan visto encubiertamente influenciadas por el poder alegórico del Minotauro global. Especialmente mientras acababa el libro (hacia enero de 2011), a la vez que sentía la obligación de expresar mi prognosis para el futuro de la economía mundial, la sensación de ansiedad que me provocaba que mis conclusiones pudieran haber sido apropiadas por un impulso irresistible de permanecer fiel a la metáfora elegida se intensificó. ¿Me había dejado llevar por un falso sentido de seguridad analítica en el confortable seno de un alegoría de mi propia creación? El hecho de que la crisis estuviera mutando y que su color cambiara a temible paso, reforzó la angustia y me hizo sentir extraordinariamente expuesto al capricho de la historia turboalimentada de nuestra generación.

En los meses que mediaron entre el final del último borrador y el momento de tener en mis manos una copia de la edición publicada, mis nervios se estabilizaron considerablemente: el mundo no parecía haber hecho nada con que la metáfora del libro no se encontrara cómoda. De hecho, la cálida recepción del libro en diferentes partes del mundo me sugirió que había explotado un rico filón. Aun así, cuando un año después mi editor me propuso que revisara el texto con vistas a una segunda edición, tomé la oportunidad para llevar a cabo una nueva investigación con el propósito de descubrir, principalmente para mí mismo, si mi “Hipótesis del Minotauro global” había resistido la prueba del tiempo a escala global. El resultado es un nuevo capítulo (ver capítulo 9) que comienza exponiendo los hechos que podían haber falsificado mi narrativa, antes de estudiar los datos actuales ocultos en las estadísticas oficiales publicadas. Afortunadamente, ahora se puede afirmar con seguridad que la “Hipótesis del Minotauro global” pasó el test empírico sobradamente.

Finalmente, añado como nota personal, la segunda edición se completó en los Estados Unidos, donde Danaë y yo vivimos actualmente. Por ello, guiados por una especie de sentimiento de culpa, analicé pormenorizadamente el erial que es mi país cada vez que concedía aquí y allá alguna que otra entrevista a los diversos medios que planteaban una vez tras otra la misma pregunta: ¿Qué debería de hacer Grecia para rescatarse a sí misma de su Gran Depresión? ¿Cómo deberían reaccionar España o Italia a las exigencias que la lógica nos dice que harán que las cosas empeoren? La respuesta que daba con creciente monotonía es que no hay nada que nuestros orgullosos países puedan hacer más que decir “no” a las necias políticas cuyo real objetivo es profundizar la depresión por unas razones apócrifas que solo un estudio minucioso del legado del Minotauro global puede revelar.

(2) Véase nuestro artículo colectivo bajo el título de El Minotauro Global en Montly Review, volumen 55, número de julio-agosto, pp. 56-74, 2003.