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libreta de apuntes

La aventura rusa

Un plantel de buenos principios con la pelota ha ganado, de sobra, la Copa Confederaciones 2017 y levanta la mano para asumir el peculiar cargo de bicampeón del mundo. Al final, la 'Roja' era pálido fuego.
Mauricio Mejía
02 julio 2017 15:45 Última actualización 02 julio 2017 16:30
No hay punto débil en este conjunto. (Reuters)

No hay punto débil en este conjunto que levanta la mano para 2018. (Reuters)

Alemania comienza su camino a Moscú con una aventura juvenil y esplendorosa. Un plantel de buenos principios con la pelota ha ganado, de sobra, la Copa Confederaciones 2017 y levanta la mano para asumir el peculiar cargo de bicampeón del mundo. El cuadro de Löw obedece, con creces, a la tradición del Sistema: contundente en la marca, en la conquista del césped y en la apertura de la cancha. No hay punto débil en este conjunto al que debe agregarse los nombres del prestigio y la experiencia, los Kroos, los Ozil, los Hummels. Vaya portento el que preparan los alemanes en su camino a la Gran Rusia.

Dice Juan Villoro que la realidad suele llamarse Alemania. No por real, podría charlarse con el gran escritor mexicano, sino porque ubica a los rivales en su circunstancia, en su estar aquí. El Imperativo Categórico ha puesto en su lugar a un grupo chileno que asistía a la cita como amplio favorito sobre un puñado de muchachos vestidos de blanco.

Chile sacó su peor futbol, sus peores costumbres y sus peores arranques en el segundo tiempo, en el que se olvidó que era, que era una promesa. La Maquinaria es letal cuando se lo propone. A México le despedazaron en 10 minutos; a los andinos, con más cancha, en 45. No salió del vestuario la selección sensación del subcontinente americano. Volvió un baldío de garra, de impericia, de falso coraje.

Al final la Roja era pálido fuego. Arrabalera se dio el lujo de las patadas y los codazos, uno de ellos descaradamente aprobado por un central torpe y tramposo. En el esquema, el once de Pizzi, era una caricatura, una grosería de sí mismo. Del toque, del desborde, del estilo hizo un rosario de pedradas, pelotazos y sandías. Desquiciado, Chile quiso cambiar las ideas con palabrotas. No halló el modo de volver a conocerse y despabilar a un perfectamente ordenado cuadro blanco en el centro de la zaga. Fue una segunda parte llena de olvido. Y, por el otro lado, repleta de futuro. Los jóvenes apelaron a Milagro de Berna y a Río de Janeiro, hechos inolvidables en la ensoñación alemana.

Humana, demasiado humana, la escuadra de Chile sucumbió ante la belleza, la verdad y la contundencia de lo que Nietzsche llamaba la plenitud de la gracia.