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culturas

La avalancha del libro

La máxima fiesta de las letras en español da comienzo a su edición 29 en la Expo Guadalajara. Todo aquí es vértigo: lectores voraces que buscan instintivamente esa obra que, como dijera Italo Calvino, les busca aún sin que ojo y letra se conozcan.
Mauricio Mejía
29 noviembre 2015 21:21 Última actualización 30 noviembre 2015 5:0
La vorágine comienza, la palabra escrita atropella las avenidas desconocidas de la hoja en blanco. (Cuartoscuro)

La vorágine comienza, la palabra escrita atropella las avenidas desconocidas de la hoja en blanco. (Cuartoscuro)

Una montaña rusa de la letra impresa, eso es la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Todo aquí es vértigo: lectores voraces que buscan instintivamente esa obra que, como dijera Italo Calvino, les busca aún sin que ojo y letra se conozcan; editores empeñosos en que los autores sean gozados por sus seguidores; autores que deambulan por los pasillos como estrellas pop que se asoman de vez en vez, al gentío, al vitoreo; vendedores que ofertan anhelos; reporteros tras la entrevista única, el apunte, las grabadoras, las cámaras, el trajín del oficio más lindo; voluntarios que indican en dónde se encuentran los stands de Planeta, Fondo de Cultura Económica, Anagrama, Penguin Random House, Pre Textos u Océano, la clásica Porrúa o la no tan joven Sexto Piso; la sala internacional, la FIL Niños; el gran tobogán consume tiempo a carretadas, como si aquí adentro de la Expo Guadalajara la vida fluyera en otro sentido, en otro tiempo.

La congregación incluye al Reino Unido, a patrocinadores, vendedores de separadores, edecanes, funcionarios, políticos, representantes de escritores; todo es mucho en este espacio: niños, jóvenes, familias, parejas de todas las preferencias sexuales; jeans, camisas, corbatas, sacos, vestidos, minifaldas, cabellos largos, cortos, rubios, rizados; un desfile de moda, de posturas en el vestido, también eso es la FIL, el parque de diversiones más sólido de las letras en español. Uff.

El programa es imposible, el termómetro carcome, Salman Rushdie recibe la Medalla Carlos Fuentes y ofrece conferencia de prensa; Antonio Muñoz Molina, que estrena trabajo, platica con sus bien asumidos devotos; José Woldenberg insiste en la transición democrática mexicana; Francisco José Paoli Bolio se pierde en los rincones de los salones y pregunta a dónde debe llegar para presentar La guerra de castas en Yucatán; las editoriales extranjeras introducen tomos que nunca llegarán a México fuera de este banquete literario: no hay manera de estar en paz, de tomarse el espresso doble con el debido respeto; pasan Guadalupe Loaeza, Julio Trujillo, Joaquín Díez-Canedo y Rodolfo Neri Vela; calzada de prisas, eso es, ademas, la FIL de Guadalajara.

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FIL de Guadalajara

Los danzantes no miran las obras de arte montadas en el pabellón del Reino Unido, aquí la serenidad es un improperio, un disgusto, aquí el ocio lleva prisa; entre las ofertas secretas en los anaqueles, La teoría de la clase ociosa es un manual de instrucciones para entender lo que pasa.

Hay que imaginarlo más sencillo, quizá más práctico: se mira lo macro, lo absoluto; la mirada minuciosa pasa desapercibida porque hay una abundancia por delante, cuando mucho cede terreno a lo demasiado. Una infinita oferta de dulces para el goloso, eso es, por otra parte la FIL de Guadalajara.

Por un rato, tampoco mucho, los visitantes se olvidan de las tabletas y los celulares, hay una distracción, un ruido, el libro mismo. Millones de ofertas, títulos, autores, temas, perfiles, biografías, recetas, reglamentos, leyes, ensayos, cómics, clásicos, novelas, cuentos, reportajes, panfletos, diarios, correspondencias, obituarios, remedios, falsosprofetas del bienestar y malditos de amores rotos, extraviados en la sospecha de que estar aquí, en la capital del libro, otorga una purificación al resto del año en ayudo de lecturas porque, cabe decirlo, un acto esnob es, no obstante, la FIL de Guadalajara.

La vorágine comienza, la palabra escrita atropella las avenidas desconocidas de la hoja en blanco. La Semana Mayor del libro consumió con ansias su Domingo de Ramos.