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CULTURAS

La aguda mirada de Paul Valéry

La obra del poeta francés ha ganado una frescura única en la poshistoria al entender como nadie la plasticidad del tiempo y de la condición humana.
Mauricio Mejía
29 agosto 2017 22:54 Última actualización 30 agosto 2017 5:0
Paul Valery

(Oscar Castro)

En octubre de 1931, el texto fue redactado semanas antes, Walter Benjamin dedicó un espléndido artículo a Paul Valéry con motivo de su sexagésimo aniversario. El último párrafo de la última cuartilla raya en lo luminoso:

“La aguda mirada que Valéry va arrojando a este mundo venidero ya no es la mirada del oficial de marina (Benjamin aclara al comienzo del apunte que el francés soñó con ser oficial de marina) que sabe que se acerca una tormenta y que conoce demasiado bien el cambio que se ha dado en las condiciones de la historia para no darse cuenta de que ahora, hasta los profundos pensamientos propios de Maquiavelo o Richelieu ya sólo tienen la consistencia y el valor de un consejo bursátil”.

Cierra el autor con una cita de Valéry, de El señor Teste: “Así está ese hombre, siempre en pie en el cabo del pensamiento, abriendo bien los ojos sobre las fronteras de las cosas o de la vida misma, como tal”.
Julio Cortázar sostuvo, en su bella biografía de John Keats, que el poeta es, nada más, el medidor del tiempo. Valéry entendió, como nadie, la plasticidad del tiempo y de la condición humana.

Y su vigencia es asombrosa en este movimiento telúrico de las cosas, como tales. Insiste Benjamin: En él, en lugar de esa vana voluntad de distinguirse, está la voluntad de perdurar, de que lo escrito perdure para siempre. Y sin embargo, esa perduración de lo escrito es algo completamente diferente de la inmortalidad del escritor, y en muchos casos se puede dar sin ella.

Estamos obsesionados con la velocidad y la cantidad. Los barcos nunca son suficientemente grandes, los autos y los aviones no son lo suficientemente rápidos... Hemos renunciado a nuestro tiempo libre, al descanso interior,
a ser libres de todas las cosas


“La perduración –subraya- es aquello que viene a distinguir la clasicidad en la escritura, y Valéry nunca se ha cansado de analizar sus condiciones”. No mucho antes el mismo poeta francés había declarado jubiloso: “Un escritor clásico es uno que disimula o reabsorbe las asociaciones de ideas”.

Nietzsche había asegurado, mediante Sócrates y Diotima, que el hombre está enamorado de inmortalidad, por eso se muestra receptivo a los sucedáneos de Dios. Para Neruda, el poeta es el ritual de sus pies. Exclama el Fausto de Valéry: “Soy lo que soy. Estoy en la culminación de mi arte, en el periodo clásico del arte de vivir. ¿No es eso todo? Pero hay que saberlo... No se trata de encontrarse en esa alta meseta de existencia, sin saberlo. ¡Cuántas aventuras, razones, sueños y faltas para ganar la libertad de ser lo que se es, nada más aquello que lo que se es. Lo que falta está siempre de más”.

En 1919, cuando fue reconocido como doctor honoris causa por la Universidad de Bonn, Thomas Mann se autoafirma: “No soy un erudito ni tampoco un maestro; soy más bien un soñador y un indeciso que, pensando necesariamente en la salvación y la justificación de su propia vida, no cree poder enseñar nada que mejore o modifique la actitud vital de la gente”.

Valéry le corrige sin quererlo, en El Señor Teste: “Lo difícil es agregarse a aquello que se encuentra... el difícil arte de la duración”. Vuelve Benjamin: las ideas de sus poemas se alzan como islas en el mar vocal. Islas que no chocan nunca contra el mar de la realidad o el océano de la vida. Sólo –agrega- tienen que ver con la voz, tal es la quintaesencia de la poesía pura. 


La liturgia del desastre y del progreso vuelve vigente la obra de Valéry ahora que la expresión de un sentimiento es siempre absurda, como bien lo dijo. Rilke, en un poema inolvidable, sostiene que lo hermoso no es otra cosa que el comienzo de lo terrible en un grado que todavía podemos soportar (Elegías del Duino).

Ha tenido que ser un holandés, Rob Riemen, el que encuentre, entre las hojas del tiempo, el valor profético del marinero en tierra (nunca tan bien puesta la aspiración albertiana). Antes de arribar a la esquina donde se encuentra Valéry leyendo el diario, Riemen hace una escala en el quiosco donde proclama el austriaco Karl Kraus, para quien la prensa es un depositario de lugares comunes, lemas publicitarios y propaganda.

Diluvio de trivialidad, sensacionalismo y tontería. Saludo, ahora sí, al imperecedero poeta francés. Es preciso aclarar que estas palabras no fueron pronunciadas hace semanas, como aquel texto del festejo de Benjamin. Fueron redactadas hace casi un siglo, en los 20 del siglo XX:

“El hombre moderno necesita ruido, excitación constante, sólo quiere satisfacer sus necesidades. Dado que nos hemos vuelto insensibles, necesitamos medios más burdos para complacer nuestro deseo de estímulo. Nos hemos vuelto adictos a los eventos. Si un día nada ocurre nos sentimos vacíos. ‘No hay nada en el periódico’, comentamos decepcionados. Nos ha envenenado la idea de que algo debe ocurrir.

Estamos obsesionados con la velocidad y la cantidad. Los barcos nunca son suficientemente grandes, los autos y los aviones no son lo suficientemente rápidos… Hemos renunciado a nuestro tiempo libre, al descanso interior, a ser libres de todas las cosas... nos dejamos llevar por la velocidad, la inercia –todo debe ocurrir ahora- y los impulsos. Ya nada es duradero... Nos volcamos a los teléfonos, a nuestro trabajo, a la moda. La vida se vuelve cada vez más uniforme... Una de las características más notables del mundo contemporáneo es su superficialidad: vacilamos entre la superficialidad y el desasosiego”.

Benjamin encontró la grandeza del Señor Teste como reflejo de Valéry: marca el rumbo de su propia vida interior como se marca el rumbo de los navíos de acuerdo a las imágenes de las estrellas. “La soledad es la noche desde la que esas imágenes relucen.