Karl Marx, el poeta de la mercancía
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Karl Marx, el poeta de la mercancía

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Karl Marx, el poeta de la mercancía

El padre del socialismo científico interrumpió su vocación en el romanticismo para pensar el almacén capitalista. Hace 150 años el mundo se despertó por el ruido de la Locomotora de 'El Capital'.

Mauricio Mejía
27/09/2017

No París. Marx no se acaba nunca. El apellido pesa. El hombre más. Y su peso en la Historia, todavía más, mucho más. Hace 150 años el mundo se despertó por el ruido de la Locomotora. De la Locomotora de El Capital. La filosofía, la economía, la política y el pensamiento en todas sus caretas no volverían a ser iguales. No lo ha sido. Todavía el sismológico reporta sus efectos, mayores o menores, en la escala Richter. Siempre quedará Marx, el reportero de la Causa. El poeta de la mercancía.

El joven hacedor judío conoce a Jenny von Wesphalen en junio de 1843. Algo sabe del romanticismo alemán. Y de religión. En el Liceo Friederich Wilhelm de Tréveris escribe sobre el Apocalipsis de San Juan, sobre Augusto y sobre las Reflexiones de un joven ante la elección de profesión. Después le llamarán a eso Orientación Vocacional. Jenny era hija de Ludwig von Westphalen, un amante de la cultura. Hablaba griego y latín. Jacobo Muñoz, en el estudio a los Textos de Filosofía, de editorial Gredos, sostiene que él, Ludwig, le descubre a Homero y a los trágicos griegos, a los que lee en original. También, sospecha Muñoz, a Dante, a Shakespeare (El Capital fue escrito en Londres) y a Cervantes. Carlos quería ser poeta. Y, como diría Gil de Biedma, en el fondo sólo quería ser poema.

Al futuro suegro le dedica la tesis doctoral, en la que –subraya el estudioso- Marx se empapa de Epicuro, de las corrientes estoica y escéptica. Antes, de muy joven, escribió sobre la fuerza de unión de los creyentes con el Kristos, vocablo griego con significado hebreo para la atribución de Mesías. Asiste a las clases de Schlegel (Hegel vendrá después) y se ocupa principalmente de la poesía. Muñoz atribuye a su padre el rompimiento con la más noble de las tareas, como califica a ese género Hölderlin. Lo manda a Berlín. Pero insistió en su modo romántico. Se suman a sus pasiones Goethe, Schiller y Heine. Algo se rompe en la capital prusiana. Entre los versos de la alta poética alemana se interponen la jurisprudencia y la filosofía. El poeta menor –que preocupaba al padre- se convertirá en el pensador más influyente del siglo XX, que todavía no lo intuye. Marx, El Moro de sus hijas, tiene pendientes con el destino. No dejará, sin embargo, de ser un joven o algo peor.

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Cuenta Roberto Calasso en un bellísimo artículo (La tienda del mago Röckle) que muchos testigos agudos, comenzando por Jenny, veían en Marx algo salvajemente infantil. “Las fábulas que sabía contar a sus hijas, fascinándolas, se las contaba en primer lugar a sí mismo. Así levantaba la mesa polvorienta y llena de objetos estropeados como encima de una voladora... y la transportaba a la tienda del mago Hans Rökle, cuyas historias se transmitían interminablemente a la hijita Eleonor”, escribe Calasso. Y recupera la impresión de ella, de Eleonor:

En lo que a mí se refiere, de las innumerables historias maravillosas que me contaba El Moro, prefería por encima de todas la de Hans Röckle. Duraba meses y meses; era una historia larguísima, que no acababa nunca. Hans Röckle era un mago, del tipo de los que le gustaban a Hoffman, y tenía una tienda de juguetes y muchas deudas. En su tienda había las cosas más maravillosas: hombres y mujeres de madera, gigantes y enanos, reyes y reinas, maestros y aprendices, cuadrúpedos y pájaros tan numerosos como en el Arca de Noé, mesas y sillas, carrozas y cajas grandes y pequeñas, Pero, ¡pobrecillo!, aunque fuera un mago, Hans siempre tenía problemas de dinero, y así, de mala gana, tenía que vender al diablo todas sus bonitas cosas, pieza por pieza, pero después de muchas peripecias, esas cosas volvían a la tienda de Hans Röckle.

Joseph Roth, en La leyenda del santo bebedor, jugaría con el mismo discurso narrativo. Una novela interminable. Y repetible. Opina Calasso: “La fábula y el libro (El Capital) siguen el mismo movimiento: la alineación y la reintegración de las cosas y de los seres, siempre acompañados de una sombra inasible y serpenteante como el Mercurio alquímico: la moneda.

En el Tercer manuscrito de París, Carlos Marx, El Moro, cita a Shakespeare (Timón, el ateniense):

¿Oro? ¿Brillante, precioso, amarillo oro?
¿No, dioses! No era súplica fatua la mía
Tanto, puede hacer lo negro blanco, lo feo bello;
Lo malo será bueno, como lo bajo noble,
El viejo será joven y el cobarde valiente


Marx, el alquimista, juega a la metáfora: “El dinero es el alcahuete entre la necesidad y el objeto, entre la vida humana y sus medios de vida. Pero lo que media mi vida, me media también la existencia de otros hombres en forma de consciente. En eso se convierte para mí el otro”.
Siempre (nos) quedará Carlitos Marx... Y París, claro.

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