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Juan Villoro, el cronista sublime

01 febrero 2014 8:49 Última actualización 12 noviembre 2013 5:2

  [La Feria Internacional del Libro premia la labor periodística de uno de los contadores de historias más importantes de habla hispana. / Santaella / El Financiero] 


 
Mauricio Mejía
 
 
Año redondo para Juan Villoro. Después de conducir Piedras que Hablan, aventura televisiva sobre las ruinas que se ven sobre el mapa del tiempo, fue elegido como miembro de El Colegio Nacional, cuyo ingreso se formalizará en febrero entrante. Ayer, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara decidió reconocerlo con el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez de trayectoria periodística.
 
El diploma festeja una de las grandes obras del periodismo latinoamericano. Villoro (1956) inventó una forma distinta de contar los sucesos. Si el periodismo no es otra cosa que saber narrar un acontecimiento, en él (sin trasgredir las reglas básicas del oficio, bien establecidas por Karl Kraus, para quien el periodismo deja de serlo cuando el niño de los recados se convierte en noticia) el acontecimiento es, siempre, el lenguaje. La exactitud, la profundidad y el estilo son un sello característico de las entregas de este cronista de lo sublime. Villoro no sólo lleva la palabra al paisaje de las cosas, también logra poner en crisis al lector (valor irrenunciable del reportero) con una deslumbrante facilidad.
 
 
 
¿Qué lugar ha ocupado el periodismo en su enorme carrera literaria?
 
Empecé escribiendo ficción hasta que en 1981 Sergio Pitol me pidió que escribiera mis recuerdos en el taller de cuento de Augusto Monterroso. Pitol editaba entonces La Semana de Bellas Artes y le hizo un homenaje a Tito en el que le pareció interesante tener el testimonio de un alumno. Es curioso que mi primer texto formal de no ficción haya sido sobre mi maestro en la ficción. Pensé que sería un caso aislado pero poco a poco se me hizo más necesario abandonar la soledad del escritorio y mezclar mi trabajo con los estímulos de la vida exterior. Viví en Berlín de 1981 a 1984 y al regresar, entré a trabajar a Notimex. A partir de entonces el periodismo se convirtió en mi otra mano para tocar un mismo teclado. Cuando estudiaba Sociología tenía un profesor que nos decía: “Estudien, muchachos, o van a acabar de periodistas”. Ese oficio le parecía el peor en la escala social. Recuerdo la frase en momentos de tensión, pero el periodismo me ha llenado de satisfacciones y ya me parece irrenunciable.
 
 
 
Dice Borges que quien escribe para la prensa escribe para el olvido, ¿qué opina de esa sentencia tan categórica?
 
El poeta peruano Antonio Cisneros reunió sus crónicas periodísticas con el título irónico de El arte de envolver pescado. La vida de los periódicos es veloz y luego sirven para envolver otras cosas, pero eso no significa que todo lo que ahí se escriba sea efímero. Relato de un náufrago es uno de los mayores textos del idioma y fue publicado en episodios en el periódico bogotano El espectador, sin mencionar el nombre del autor, García Márquez. El buen periodismo regresa en los libros, como literatura sin ficción.
 
 
 
¿Cuál es la frontera entre periodismo y literatura?
 
Se trata de dos formas de buscar la verdad. La diferencia es que las verdades de la literatura no tienen que ser verificables y las verdades del periodismo deben serlo.
 
Los periodistas culturales, casi siempre, juegan a ventilar sus frustradas aspiraciones literarias en sus trabajos y críticas contra el ambiente cultural. ¿Qué tanto ha afectado ese vicio al periodismo cultural mexicano?
 
Lo que me parece más grave del periodismo cultural es que suele ir a remolque de la cartelera, siguiendo el paso de las novedades en vez de investigar por su cuenta zonas de la cultura, y que le hace demasiado caso a las declaraciones de los funcionarios, cuyas promesas pueden ser magníficas pero no siempre inciden en la realidad. El periodismo de “dimes y diretes” es llamativo pero casi siempre acaba siendo un mero intercambio de prejuicios (es raro que alguien conozca en verdad a su adversario) y aporta poco al conocimiento de la realidad. Tenemos muy buenos periodistas, pero rara vez se les da tiempo y espacio para expresar su creatividad de la mejor manera.
 
 
 
¿No cree que ese fuera de foco confirma la tesis de Karl Kraus?
 
Kraus se veía a sí mismo como un vendaval de lucidez que podía arrasar con todos los abusos de la prensa. Pocas veces la cultura ha tenido un árbitro tan severo e hiperactivo. Leía los periódicos con una atención que sólo puede tener alguien que los odia y desea encontrar ahí lo peor. Al mismo tiempo, hizo una gigantesca obra de teatro, Los últimos días de la humanidad, usando citas de periódicos y fue editor de una espléndida revista, La antorcha. Odiaba el periodismo que repite lugares comunes y destroza el idioma, pero se aprovechaba de los recursos periodísticos para redimirlos en otro contexto. Se consideraba un taumaturgo de la lengua, que renovaba la pureza de una criatura prostituida. Sin tener esa visión mesiánica, se puede decir que el buen periodista busca abrir un espacio para el lenguaje y la imaginación en medio de un horizonte que parece conspirar contra eso. Los nombres de Benítez, Novo, Ibargüengoitia, Pacheco, Poniatowska, Mejía Madrid, González Rodríguez, Monsiváis revelan que eso es posible.
 
 
 
En México las secciones culturales parecen especies en peligro de extinción, ¿en dónde se podrá desarrollar entonces el periodismo cultural?
 
Todo buen periodismo es cultural. No hay manera de ejercer bien el oficio sin ampliar las posibilidades del lenguaje. Representar el mundo, en cualquiera de sus aspectos, es un acto cultural. Lo vemos en las crónicas sobre la Revolución de Martín Luis Guzmán. Sin estar hablando de un tema “cultural” está haciendo cultura. Lo mismo se puede decir de excelentes novelas sin ficción como Los días y los años, de Luis González de Alba, Nos acompañan los muertos, de Rafael Pérez Gay o Canción de tumba de Julián Herbert.
 
 
 
¿Es cierto que la crónica escrita en el diario perecerá ante el avance de la era digital?
 
Estamos a la orilla de un océano que desconocemos. La crónica es la mejor forma de mezclar un acontecimiento con la repercusión que tuvo en la vida de una persona o de un grupo de personas. No podemos renunciar a indagar la forma en que lo público afecta en lo privado, o en que la información se convierte en emoción. Saber que diez mil personas murieron en un tifón en Filipinas es alucinante, pero sólo cobras auténtica consciencia de eso cuando lees acerca de los destinos individuales. No creo que este tipo de experiencia se desvanezca en la esfera digital. Es posible que nos acostumbremos a descargar textos muy extensos, colgados en la información en línea; no todos los leerán, pero hoy en día no todo mundo lee los textos largos que se imprimen.