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culturas

Juan Gabriel: timidez, el sello de su grandeza

Parecía no saber lo que provocaba entre la gente. Parecía que tuviera pena de ser grande; le incomodaban los gestos de admiración que producía desde el rumor.
Mauricio Mejía
06 septiembre 2016 22:49 Última actualización 06 septiembre 2016 22:51
Juan Gabriel fue un aliado de millones de mexicanos. Un poeta que padecía de lo mismo que el resto: la carga de existir. (AP)

Juan Gabriel fue un aliado de millones de mexicanos. Un poeta que padecía de lo mismo que el resto: la carga de existir. (AP)

El ídolo era de una timidez extraordinaria. Parecía no saber lo que provocaba entre la gente. Parecía que tuviera pena de ser grande; le incomodaban los gestos de admiración que producía desde el rumor. ¿Venía, de verdad Juan Gabriel a Radio Centro?, preguntaban las jóvenes recepecionistas, los hombres del aseo y los reporteros. ¿De verdad?, insistían, como si se cumpliera un sueño nunca pensado, nunca diseñado.

Tenía un tip al hablar, un tono aniñado, una música nasal muy cursi, casi fea. Movía la manos al hablar como si en verdad se hablara a sí mismo, no a sus interlocutores. Su mirada, en aquella mañana, no miraba al micrófono ni a los sinodales. No. Juan Gabriel hablaba para él. Encontraba la palabra que él quería proclamar, los paisajes que le hacían sentirse cómodo, los gestos que reafirmaban su empecinada intimidad.

En aquel estudio de Stereo Joya el astro fabricó una fórmula casi mágica, casi imposible. Transformó la radio, la voz, en una pantalla de televisión, lo visual (ganas entonces de los celulares). El señor se dirigía, desde su árbol adentro, a sus fieles seguidores, por los que, dijo, sentía un gran respeto y agradecimiento. Sí. Cómo decirlo. No había un mundo físico entre él y lo que le rodeaban. Era algo esotérico. Había un invisible vaso comunicante entre su corazón, sus entrañas y las entrañas y el corazón a los que cantaba y componía. Allí radica su grandeza.

Juan Gabriel no miraba a su fans como entes físicos que trabajaban, daban de comer a los niños y cumplían una agotadora e injusta jornada laboral. No. Eso era una aparente realidad. Al verlo no verse. Al mirarlo no mirar. Pero al oírlo, de cerca, el reportero sabía que hacía referencia a lo que habita de igual manera entre el emisario y el destinatario: la incapacidad de vivir y sin aliados.

Juan Gabriel fue un aliado de millones de mexicanos. Un poeta que padecía de lo mismo que el resto: la carga de existir. Y él, altruista, reconoció en la prensa una aduana innecesaria para transmitir lo que a la recepcionista y al hombre de la limpieza les imponía escuchar: pese a todo vive porque vivir es un campo de batalla en el que los desamparados, sin saberlo, se enfrentan a sí mismos.

Y ahora que se ha ido, está, como los buenos poetas, más cerca que nunca. Esa mañana, esa foto, es una lección de vida: la muerte es el testimonio de una existencia, de una burla al doblaje del sentimiento, Juan Gabriel nunca necesitó a la prensa para ser grandioso y unánime.No. La prensa, que hoy manifiesta su mea culpa, fue un tercer partido de su encuentro de deportivo amor por su pueblo. Y él fue el primer pueblo de su frontera.

Y así.

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