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culturas

Juan, Gabriel o mejor ninguno

Juan Gabriel pone a prueba la libertad sexual ante la avalancha irresponsable de la Iglesia católica contra el matrimonio igualitario. Fue el gran homosexual sin sexo. Y México y él vivieron cómodos con esa intimidad dada por hecho. 
Mauricio Mejía
30 agosto 2016 23:31 Última actualización 30 agosto 2016 23:47
Juan Gabriel pone a prueba la libertad sexual ante la avalancha irresponsable de la Iglesia católica. (AP)

Juan Gabriel es el último gran compositor de un país hegemónico, sin lucha de partidos, sin respeto al elector y sin contrapesos políticos. (AP)

El ídolo desaparecido ventila un cuerpo social que él mismo ayudó a tapar con su sarape. Juan Gabriel, el gran sentimiento de millones de mexicanos, pervivió, aunque para muchos suene paradójico, en el conservadurismo más rancio del priismo. No tuvo necesidad de hacer públicas sus preferencias sexuales (que a nadie importan, por demás) porque, de la ayuda de la figura femenina (Lola Beltrán, Lucha Villa y María Félix, por citar algunas) pudo habitar en el confort del, por llamarlo de alguna manera, “no sexo”.

Juan Gabriel era un artesano genial que se impuso a las normas de conducta (hoy caducas) dictadas por el catolicismo, cuando éste aseguraba (no es broma) que la mejor mujer era la que se quedaba en casa al cuidado de los niños. Juan Gabriel es el primer pop star asexuado de la posguerra mexicana. La “buena mujer”, que tejía y destejía a la espera del Ulises ido por veinte años, y sus hijas, las que después harían la transformación más drástica del México de final del siglo, fueron las primeras en ver “con buenos ojos” las letras (ver el canto) del muchacho que superaba, no sin desgracia, el desprecio materno. Edipo y la liberación femenina se mezclaban con asombrosa empatía. Las mamás, hoy señoras de la “tercera edad”, como las llaman, gritaban al lado masculino de Juan Gabriel, el hombre que, después de todo, llegaba y hería al corazón del desamparo de una sociedad cerrada (Popper, dixit), en la que la mujer “debía” soportarlo todo, hasta la muerte. No se olviden la Epístola de Melchor Ocampo y las campañas públicas a la madre abnegada tipo Sara García en Cuando los hijos se van.

En los setenta México era un pueblo de dos millones de kilómetros cuadrados. Sin comercio, sin aduanas libres y sin variado intercambio de productos extranjeros. El país se movía en la gran inercia cultural del cine, de la música y del arte de los años posteriores a la Revolución. Juan Gabriel es el último gran compositor de un país hegemónico, sin lucha de partidos, sin respeto al elector y sin contrapesos políticos. El homosexualismo era algo sobreentendido, “uno no se juzga lo que ve”, su lema de campaña soterrada y efectiva. Tampoco se juzgaba la corrupción de los gobernantes, ni de los charros sindicales. México era, todo, un dado por hecho. Sufragio efectivo, no reelección.

Sucedieron los años, el 88, la apertura comercial, la alternancia y Juan Gabriel estaba allí. Cuando pudo usar abiertamente la palabra gay, tan chic durante algunos años, él prefirió seguir en el mundo no sexual, aunque muchos se dieran cuenta de ciertos escándalos de la nueva era del juicio público. Cuando Estados Unidos no pudo con la grandeza de OJ Simpson, allá el reportaje de Sports Illustrated, le llamó el primer negro sin color. Así sucedió con Juan Gabriel: fue el gran homosexual sin sexo. Y México y él vivieron cómodos con esa intimidad dada por hecho. Ninguno se revisó las cartas ni las correspondencias.

Hoy, en la era de las minorías, con el Santo Tribunal en las redes sociales, con lo políticamente correcto llevado a la Inquisición, Juan Gabriel pone a prueba la libertad sexual ante la avalancha irresponsable de la Iglesia católica contra el matrimonio igualitario. Y peor aún, examina la idea de cultura de la alta y rancia mirada de los que siguen creyendo que los pobres, la clase obrera y la chusma no merecen el lujo de los grandes edificios para llorar a sus muertos. Creen, en verdad, que el homenaje en Bellas Artes es un permiso al velorio de Cleto, el de Chava Flores, en el máximo espacio del arte mexicano. “Ni que fuera para tanto, dijo a la viuda el doctor (honoris causa)”.

Y así.