José Luis Martínez: un hombre que fue libros
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José Luis Martínez: un hombre que fue libros

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José Luis Martínez: un hombre que fue libros

José Luis Martínez, el humanista que dio orden a las letras mexicanas de los siglos XIX y XX, cumpliría mañana un centenario de vida.

Eduardo Bautista
17/01/2018

Su madre, Julia, murió pocos meses después de que él naciera en Atoyac, Jalisco, el 19 de enero de 1918. Si algo dejó la Revolución Mexicana —dijo en alguna ocasión Carlos Monsiváis— fueron huérfanos. La abuela materna quedó a su cargo. “Mi nieto, el poeta”, le decía doña Isabel con cierto entusiasmo, como vislumbrando el futuro prometedor de un niño que había nacido en un México todavía infestado por el cacicazgo y el olor a sangre. Su predicción fue imprecisa. José Luis Martínez no fue poeta. Sí el hombre que, desde la discreción propia de los eruditos, puso su vida al servicio de la cultura mexicana, siempre desde su biblioteca, que también fue su guarida, su hogar y su vida.

La bibliofilia de José Luis Martínez no fue una pasión ciega con un afán de acumulación. Fue una tarea premeditada, basada en la disciplina; casi obsesiva. Los libros dieron diseño interior a la casa de tres niveles de la colonia Anzures (Rousseau 53) en la que vivió por décadas. Había miles por doquier: en la sala, en el baño, en el comedor, en todos los muros y habitaciones, recuerda el crítico literario Fernando García Ramírez, quien lo conoció en sus últimos años de vida. “Sabía exactamente dónde se encontraba cada libro y en qué página estaba la cita que buscaba. Su casa fue construida y remodelada en función de sus libros. Leía y escribía día y noche”, refiere.

Borges imaginó que el Paraíso era una especie de biblioteca y los antiguos egipcios creían que las bibliotecas eran tesoros que remediaban el alma. Martínez vivió su amor por los libros como ellos: desde la entraña. En una entrevista para la revista Letras Libres, en 2004, declaró: “no hay retribución ni moral ni mental ni material para este esfuerzo que sirve como un recurso contra la soledad y el desamparo”.

Su acervo —que hoy puede ser consultado en la Biblioteca de México— rebasa los 75 mil volúmenes y es “el más grande sobre temas mexicanos”, de acuerdo con García Ramírez.

Entre libros, apuntes, fichas de trabajo y material periodístico, José Luis Martínez vivió una soledad acompañada. Además del regazo de sus dos mujeres —Amalia Hernández, fundadora del Ballet Folklórico de México, y Lydia Baracs, mujer proveniente de la convulsa Hungría— fue cobijado por las irrepetibles colecciones literarias, arqueológicas e históricas que muchas veces armó con precisión de bisturí. No por nada su padre quería que fuera médico. Cursó la carrera en la Facultad de Medicina de la UNAM, pero su verdadera pasión moraba a pocos metros de ahí, en la Facultad de Filosofía y Letras, donde estudió y dio clases, aun sin título profesional. Sorteaba el aburrimiento de los cursos de anatomía asistiendo a conciertos de Carlos Chávez con la Orquesta Sinfónica Nacional. Desde entonces, el joven José Luis ya se daba a la tarea de confeccionar una biblioteca que reuniera el pensamiento y la literatura nacional de dos siglos.

“Se sintió responsable de cuidar, catalogar, estudiar e historiar la literatura mexicana de los siglos XIX y XX como ningún otro mexicano lo ha hecho. A él se debe que el tesoro literario de México, desde la provincia hasta la capital, esté vivo entre nosotros, en su obra, sus ediciones, sus compilaciones y, por supuesto, su biblioteca”, considera el historiador Enrique Krauze. Gabriel Zaid lo llamó “el curador de las letras mexicanas”.

La literatura nacional —escribió en 2013 Adolfo Castañón en un artículo para La Jornada Semanal— sólo podía fascinar a un joven y luego a un hombre como José Luis Martínez quien, no contento con haber nacido en México, de padres mexicanos, quiso apropiarse desde muy joven la cultura del barrio donde había nacido para transformarse en un mexicano electivo, militante, dueño y señor de su propia ciudadanía y de sus raíces nacionales y continentales.

“Luego de que mi madre muriera y después de que sus hijos nos independizáramos, la única relación afectuosa que le quedó fue la que entabló con su biblioteca. Fue su compañía hasta el final. Cuando se dio cuenta que sus colecciones conformaban un patrimonio nacional, la cuidó más”, recuerda su hijo, el historiador Rodrigo Martínez.

Pese a su edad avanzada —murió a los 89 años el 20 de marzo de 2007, en la Ciudad de México— José Luis Martínez nunca dejó de alimentar sus estantes. “Ya era bastante mayor y aún así se subía a la escalera para tomar el libro que deseaba. Era un hombre muy generoso, con muchas ganas de transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones”, cuenta García Ramírez.

Krauze recuerda aquella biblioteca como un recinto sagrado, compuesto por un precioso escritorio y un mueble de madera donde colocaba los libros en los que estaba trabajando. Su letra, dice, era muy chiquita, por eso la iluminaba con una luz tenue. Eran las huellas de “una hormiga que trabaja tarde y noche”.

Poeta frustrado y amante de la fotografía —actividad que practicaba en sus tiempos libres—, en alguna ocasión dijo que sus versos eran “prescindibles” para la literatura mexicana. Sin embargo, logró “unas fotos memorables” de sus amigos y colegas, como Alfonso Reyes, Octavio Paz, Alí Chumacero y Joaquín Díez-Canedo, recuerda otro de sus hijos, el embajador José Luis Martínez Hernández. “No soy un escritor brillante, pero sí terco para aprender, para empeñarme en facilitar el esfuerzo de los demás y para hacer un oficio cada vez con más limpieza”, dijo el autor de la biografía más minuciosa sobre Hernán Cortés, en una entrevista para el semanario Proceso, en 1980.

“Hay muchos bibliófilos en México, pero José Luis Martínez era más que uno de ellos. No coleccionaba antigüedades o títulos que tuvieran algún valor en el mercado. Nunca entró en el negocio de la bibliofilia ni acumulaba sólo para tener los estantes llenos. Él se propuso rescatar toda la literatura mexicana para reunirla en su biblioteca, incluso libros raros o extraviados como las últimas obras de la literatura cristera.

Su trabajo hoy mantiene nuestro capital literario intacto. El propósito de su biblioteca no fue la bibliofilia, sino la convicción de que las generaciones sucesivas de mexicanos conocieran su cultura”, comparte Krauze. La Revolución Mexicana, contrario a lo que muchos creen, sí rindió frutos. José Luis Martínez fue uno de ellos.

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