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Jazz en pantalones cortos

La espontaneidad infantil es la sustancia que da forma al género de un niño. "El jazz es una conversación tan seria como la que teníamos cuando éramos niños al poner las reglas del juego", dice el pianista Esteban Herrera. 
Eduardo BautIsta
28 abril 2016 23:8 Última actualización 29 abril 2016 5:0
El jazz, al final, también es cosa de niños. (Erick Retana)

El jazz, al final, también es cosa de niños. (Erick Retana)

Para ser jazzista hay que ser, fundamentalmente, un niño. Si no se juega, no hay jazz; si no se imagina, tampoco.

El pianista Esteban Herrera asegura que este género musical nacido a finales del siglo XIX es una especie de síndrome que obliga, irremediablemente, a regresar a la infancia. “Aunque seamos maduros, no podemos dejar de jugar. Es un vicio. Los jazzistas funcionamos de manera muy similar a los futbolistas o los beisbolistas: cuando se pierde la pasión por el juego, se pierde todo”.

Sus palabras parecen explicar la conexión que sólo en México se da entre el Día del Niño -una fiesta nacional- y el Día Internacional del Jazz, género que, curiosamente, se desarrolló a la par de la industria de los dibujos animados.

La primera caricatura musicalizada de Mickey Mouse, Steamboat Willie (1928), fue realizada porque a Walt Disney se le ocurrió hacer su propia versión de El cantante de jazz (1927), la primera película sonora de la historia.

Los vínculos continuaron los años siguientes. Louis Armstrong iba a ser el encargado de componer la música de Los Aristogatos (1970), pero se enfermó y un año después murió en Nueva York por problemas cardiacos.

Sin embargo, el alma del trompetista norteamericano no se fue del todo: el personaje Gato Jazz fue diseñado con base en sus gestos y movimientos, según declaró el director Wolfgang Reitherman en 1971. Además, en un álbum llamado Disney Songs The Satchmo Way, Armstrong grabó temas como When You Wish Upon A Star, de Pinocho (1940) y Bare Necessities, de El libro de la selva (1967).

“Estas películas marcaron a una generación, pero también influyeron mucho caricaturas como Los Picapiedra, Don Gato o Los Supersónicos, cuyos temas eran muy de big band”, comparte Herrera. “Recuerdo que sólo quería ver La Pantera Rosa por la canción. Yo me enamoré del jazz porque nadie me lo impuso”.

EN LA MÚSICA, COMO EN LA VIDA
Julio Cortázar
escribió que el jazz es un género que permite todas las imaginaciones posibles. El pianista Alex Mercado asume esa máxima como una ley. Ningún músico, dice, puede subirse al escenario si se toma la síncopa al pie de la letra.

“Necesitamos la misma creatividad, inocencia y predisposición al juego para improvisar que la que tienen los niños”, sostiene el músico.

Es justamente esa libertad lúdica lo que más le apasiona del jazz a Noel Mateo, un niño de 8 años que no se ha perdido ni una sola edición del Festival de Jazz de Polanco. Dice que le gustaría tocar el teclado, pero hasta ahora se limita con escuchar su género favorito: el latin jazz. “No es una música que se repita como otras que suenan en el radio. Los arreglos son más trabajados. El jazz me ha permitido desarrollar mi inteligencia y mi capacidad de convivencia con la gente. Me gusta mucho Héctor Infanzón”, comenta.

Mercado acepta que acercar el jazz a los niños no es una tarea sencilla. La forma tradicional de enseñanza, dice, impide muchas veces que el pequeño experimente con el instrumento antes de saber tocarlo.

“En México, el sistema no los induce a probar sonidos nuevos, sino a interpretar piezas prefabricadas. Por eso muchas veces se sienten reprimidos cuando están frente a un instrumento, porque creen que deben tener un dominio teórico para comenzar a jugar. Me pregunto yo: ¿si improvisamos en el lenguaje y en la vida, por qué no en la música?”, refiere Mercado.

Para él, las asociaciones entre el jazz y las películas de Disney pueden ser fructíferas porque invitan al niño a escuchar otro tipo de géneros. Sin embargo, aclara, lo mejor es conocer el trabajo de los jazzistas de manera independiente.

Herrera ha trabajado de cerca con los niños y sabe que la mejor manera para inculcarles el género es través de ejercicios que estimulen la espontaneidad.

“Acercarse a ellos es muy complejo, por eso no podemos transmitirles de primera instancia toda la teoría. Hay que decirles que el escenario es un lugar donde pueden jugar, un espacio de diálogo en el que, si alguien quiere participar, lo tiene que hacer a través de su instrumento”, señala.

A mediados del siglo XX, la relación entre Disney y los jazzistas fue bastante estrecha. El trompetista italoamericano Louis Prima –mejor conocido como El Rey del Swing– fue quien le dio voz a el Rey Louis, uno de los personajes de El libro de la selva.

Dave Brubeck hizo su versión de canciones como Heigh-Ho (el tema que cantan los siete enanos) y Alicia en el País de las Maravillas en su álbum Dave Digs Disney, grabado en 1957. Bill Evans hizo lo propio con el tema principal de Pinocho y Miles Davis con Algún día mi príncipe vendrá, de Blancanieves.

“El jazz es una conversación tan seria como la que teníamos cuando éramos niños para poner las reglas del juego. Es una música entregada a lo lúdico”, explica Herrera.

El jazz, al final, también es cosa de niños.