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culturas

Jazz, béisbol y alcohol;
los primeros años de Murakami

Haruki Murakami comenzó su carrera literaria con novelas a las que había despreciado por mucho tiempo, sumergidas en el jazz
y el beisbol, las cuales llegan a México por primera vez en un volumen editado por Tusquets.
Eduardo Bautista
13 enero 2016 21:45 Última actualización 14 enero 2016 5:0
murakami

En la obra primigenia de Murakami el lector también hallará un retrato de la soledad.(Cortesía)

A Haruki Murakami le apasiona tanto el beisbol que decidió convertirse en escritor mientras veía triunfar a sus Yakult Swallows en un estadio a medio llenar. Era 1978 y Japón rebosaba juventud. Sucedía eso que hoy muchos historiadores llaman “el milagro japonés”. La gran apertura comercial del país permitía a los jóvenes escuchar jazz y hablar de Los Beatles. O soñar con ser pelotero de las Grandes Ligas. Los traumas de la Segunda Guerra Mundial habían quedado, relativamente, olvidados.

En ese ambiente creció Murakami, el cual puede leerse –y casi sentirse– en sus dos primeras novelas, Escucha la canción del viento y Pinball 1973, que llegan por primera vez a México en un volumen editado por Tusquets, y que resulta un tremendo banquete para sus lectores más fieles.

El escritor comenzó su carrera con una serie de novelas a las que despreció por mucho tiempo. Son textos producidos en la mesa de la cocina, historias que no tienen relevancia, lugares comunes sin chiste, se justificaba. Al final pudo más la terquedad de sus admiradores. Algo que celebra inmensamente Martín Solares, el editor de Tusquets en México, para quien este japonés es una especie de Picasso.

“Yo creo que evolucionó de la misma forma que el pintor español: hoy dice mucho más con menos trazos. El Murakami de antes escribía mucho y decía menos. El de hoy es más sugerente. Y lo mejor de todo es que nunca ha caído en el barroquismo; eso lo convierte en un autor fenomenal”, considera.

Mucho se ha dicho sobre qué cara de Japón muestra el novelista en sus obras. Para Solares definitivamente se trata del rostro más occidental de la cultura nipona. Lo sorprendente de sus historias –dice– es que se pueden ubicar en Tokio, Madrid o Nueva York. Y es justo en sus primeras novelas donde se refleja la génesis de este Japón globalizado, donde habitan personajes solitarios y alienados, casi siempre con identidades confusas y vidas caóticas, sostiene.

El autor originario de Kioto creció al revés. Primero se casó, luego consiguió un empleo y al final concluyó sus estudios. Su vida era un tanto caótica; lo hostigaban las deudas y los conflictos con su esposa. Dolores que aliviaba con mucho jazz. Era, de hecho, propietario de un pequeño club-bar a las afueras de Tokio, en donde tocaban bandas por muy poco dinero. El muchacho sacaba a los borrachos impertinentes y preparaba las bebidas. Apenas le alcanzaba para mantenerse.

“Era uno de esos jóvenes marginales que no encontraban su lugar trabajando de nueve a cinco en una empresa. Esos años de penurias económicas y trabajos forzados le sirvieron para crear los personajes fascinantes que hoy conocemos a través de sus novelas”, señala el editor.

En su obra primigenia –agrega– el lector también hallará un retrato de la soledad. La mayoría de los personajes vive un conflicto con su comunidad: no se identifica con el otro y no tiene a quién contarle sus problemas. Pocos como él, dice Solares, han escrito con tanto tino el sentimiento de la juventud japonesa de los años 70, una década que se caracterizó por la veloz industrialización del país y el inusitado crecimiento económico.

“Murakami escribe sobre la primera generación japonesa que le tocó la incursión total de la cultura occidental. Millones de jóvenes se enamoraron del modo de vida norteamericano; por eso constantemente se peleaban con sus padres, quienes defendían a muerte el respeto a la lengua, la historia y las tradiciones”, explica.

Sin embargo, dice, se mantiene un guiño muy japonés en toda su obra: los animales. Recuerda Solares que nunca falta el gato o la paloma que observa con curiosidad inusitada y tensión siniestra a los personajes, como si supiera qué está a punto de ocurrirles.

“Podemos ver su evolución literaria a través del tratamiento que le da a Japón en sus novelas. En las primeras reflejaba la rebeldía de la juventud; sus personajes nunca salían de su país. Pero conforme pasa el tiempo, comienza a interesarse en temas como la Segunda Guerra Mundial. No hay mejor ejemplo que Crónica del pájaro, que da cuerda al mundo, una novela desoladora donde cuenta la historia de los espías japoneses en Mongolia. Aquí Murakami se desprende ya de los conflictos de su generación”, señala.

El crítico literario Carlos Zanón asegura que al autor de Tokio Blues se le odia o se le ama: no hay puntos medios para este nombre que siempre suena fuerte para llevarse el Nobel. Quizás porque, como dice el mismo Solares, se trata de un escritor que siempre se atreve, que siempre se arriesga. Pero sobre todo que se niega a reflejar al Japón conservador y tradicional. Él prefiere seguir hablando de beisbol y Los Beatles, como en sus orígenes.