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Jackie, de fotoperiodista a icono generacional

Jackie se despojó de todo apellido para instaurarse como símbolo aspiracional de una generación; hoy vuelve a las salas de cine a través de Natalie Portman.
María Eugenia Sevilla | Rosario Reyes
30 noviembre 2016 21:34 Última actualización 01 diciembre 2016 5:0
El magnicidio lo cambió todo. Elevó a Jacqueline Kennedy a un sitio inamovible. (AP)

El magnicidio lo cambió todo. Elevó a Jacqueline Kennedy a un sitio inamovible. (Especial)

El ojo de la fotoperiodista estuvo presente en toda su agudeza desde el primer disparo. Recordó todo lo que vio, como si lo hubiera registrado una cámara a 10 mil cuadros por segundo:

“Su última expresión era tan clara… Tenía la mano afuera, y pude ver que un pedazo de su cráneo salía volando… puedo ver este pedazo desprenderse limpiamente de su cabeza”. Jackie Kennedy, en esos momentos ya la viuda rosa de Estados Unidos, contaba así la tragedia vivida ese mediodía del 22 de noviembre de 1963 al periodista Theodore H. White. Fueron las primeras declaraciones que dio a la prensa sobre el magnicidio en Dallas.

Con esa misma claridad con la que se lanzó -reflejo puro- hacia la parte trasera del Lincoln Continental convertible para recuperar ese pedazo de su marido que había caído limpiamente sobre la cajuela, supo cuál sería la foto de portada de todos los diarios del mundo al día siguiente y para la historia: ella y su vestido rosa, manchado de sangre y sesos, junto al cadáver de John F. Kennedy.

Su vestido rosa manchado de sangre y sesos la acompañaría el resto de la jornada para fijar una imagen que en cada reimpresión llevaría implícita la denuncia: asesinato.

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Aquella exreportera que desde muy joven había entrevistado a Richard M. Nixon, que cubrió la primera toma de posesión de Eisenhower y la coronación de Isabel II, tenía instinto político, comenta la experta en asuntos internacionales Isabel Turrent. “Cuando se sube al avión y acompaña a Lyndon B. Johnson a asumir la presidencia con ese vestido manchado, el mensaje era: este hombre está llegando al poder debido a un hecho de sangre; estar junto a él así deslegitimó su toma de posesión”.

Un instinto político que hábilmente manejó, como primera dama, desde esa hermana de la elegancia que es la discreción. Porque –destaca Turrent- a diferencia de Eleanor Roosevelt, que sí externaba sus opiniones políticas de manera clara en la prensa, o de Hillary Clinton, Jackie, aunque mediática, siempre se subordinó a la fuerte figura de su esposo. “Era un fantástico complemento para Kennedy”.

Modelo de la mujer de su tiempo y de raigambre católica, que desde los 10 años sintió el escozor de las murmuraciones tras el divorcio de sus padres, Jackie defendió siempre, por encima de los obvios deslices de Jack, el rol social de la esposa abnegada, y su investidura. “No tengo opiniones políticas; mis opiniones políticas son las de mi esposo “, recordaría Caroline Kennedy que escuchó decir a su madre, que miraba al mundo detrás de aquellas enormes gafas oscuras, esas que su marido le instaba a retirarse para acomodar junto a él, en la foto, aquellas facciones perfectas.

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“Pero se salió del cartabón de primera dama: era inteligente, poderosa, una aspiración que sólo ha cumplido después Michelle Obama, de cierta manera”, observa el periodista José Xavier Návar, autor de numerosos artículos periodísticos sobre el atentado de la Plaza Dealey.

El magnicidio lo cambió todo. Elevó a Jacqueline Kennedy a un sitio inamovible en el panteón de un país que en el siglo XX incluyó en su dieta diaria a las celebridades.

Desde antes de entrar al ojo de uno de los clanes más poderosos de la política estadounidense, Jacqueline Lee Bouvier despertaba los apetitos por el estatus: la hija de un acaudalado corredor de Wall Street no sólo era bella, sino que dominaba el savoir faire de las niñas educadas en boarding school y en París; jinete de campeonato, era culta, interesada en las artes y la historia y, sobre todo, portadora de ese refinamiento de inspiración francesa que le venía de prosapia –los Bouvier se habían instalado en territorio norteamericano desde el siglo XIX.

“Basta ver la labor que hizo de redecoración y diseño de la Casa Blanca, que dejó bellísima; cambió la fachada y el ambiente con ese buen gusto y elegancia suyos”, observa Turrent.

Icono de la moda fraguado precisamente en la década del pop, Jackie Kennedy, Jackie O –como se le llamó tras casarse con el magnate Aristóteles Onassis, quien a la postre la humilló al publicar fotografías de ella desnuda -, se despojó de todo apellido para instaurarse como un símbolo aspiracional que, aún tras su muerte el 19 de mayo de 1994, anima el deseo colectivo y su imaginario. Hoy, protagonizada por Natalie Portman, se estrena en salas del mundo Jackie, la cinta más reciente sobre su figura.

“Lo paradójico es que en un momento en que la institución presidencial en Estados Unidos sufre de una enorme falta de credibilidad con la llegada de Trump, tenemos esta película que idealiza la presidencia y a la primera dama”, opina el académico del ITAM, Rafael Fernández de Castro. En contraste, Melania, su próxima sucesora, será la antítesis de esta figura ideal, destaca Turrent: “Una mujer hueca, frívola y sin elegancia, cuyo mayor éxito fue casarse con un billonario”.