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CULTURAS

Museo de Antropología: adentro vida, afuera muerte

La escultura de Manuel Felguérez se incorpora a la ya de por sí bella arquitectura del Museo Nacional de Antropología. Con ello, se añade el concepto mesoamericano de la dualidad entre la vida y la muerte. 
María del Refugio Melchor
08 octubre 2014 22:9 Última actualización 09 octubre 2014 5:0
La escultura de Felguérez reposa sobre Paseo de la Reforma. (Cortesía INAH)

La escultura de Felguérez reposa sobre Paseo de la Reforma. (Cortesía INAH)

Adentro la vida, afuera la muerte. Hace 50 años el pintor y escultor Manuel Felguérez eligió la serpiente, símbolo prehispánico de la vida, para realizar la celosía de aluminio que viste lo alto del patio interior del Museo Nacional de Antropología. Ahora el elemento simbólico de su más reciente obra monumental, que enriquece el acervo arquitectónico del recinto, es el cráneo: la muerte.

Al artista zacatecano le tomó cinco años concluir su Muro de calaveras, un tzompantli geométrico de más de 400 metros de largo hecho de acero al carbón, que reposa sobre el Paseo de la Reforma. Con ella dio una variación “abstracta y moderna” a la barda perimetral del recinto proyectado por Pedro Ramírez Vázquez, quien en su edificio integró elementos de la arquitectura prehispánica y la moderna.

La pieza escultórica complementa así el concepto, fundamental para el mundo mesoamericano, de la dualidad entre la vida y la muerte. “Si en 1964 para el interior elegí la serpiente por ser un símbolo de vida importantísimo para todas las culturas de Mesoamérica, ahora opté por el cráneo, símbolo de la muerte, por la misma razón”, afirma el artista octogenario, miembro de la Generación de La Ruptura, quien con su celosía serpentina se involucró en la obra de 1964, a invitación de Ramírez Vázquez.

“Tendría unos 36 años y para mí fue un logro importante”, dice quien también realizó el mural pictórico Tierra quemada, para la Sala de las Culturas del Norte.

CONTEMPORANEIDAD PREHISPÁNICA

Cuando se visita el Museo Nacional de Antropología se puede percibir ese aire moderno y ancestral que se refleja en cada uno de sus elementos arquitectónicos. Se puede disfrutar a primera vista del promontorio que representa a la pirámide de Cuicuilco, en el vestíbulo; la gran columna de la fuente interior (el Paraguas) diseñada por José Chávez Morado y otras piezas inspiradas en la cultura maya, preámbulo perfecto para recorrer sus 22 salas.

“La arquitectura prehispánica fue una musa del Museo de Antropología, esto está claro, pero también múltiples arquitecturas contemporáneas; por fortuna no es una obra arqueologizante”, señala el arquitecto tapatío Fernando González Gortázar.

El Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2012 destaca la modernidad del edificio. “Hayuna evocación que se percibe, pero el tratamiento de los espacios, de la luz, es totalmente moderno”. Este efecto, explica, se da por la amplitud de las salas, cuya altura llega a alcanzar los seis metros.

El edificio que, aclara, es también de la autoría de Rafael Mijares y Jorge Campuzano, se convirtió en un crisol del talento nacional de su momento. “El programa arquitectónico es muy complejo, está bien resuelto, y el impulso que el museo vino a dar a la investigación fue notabilísimo”.

González Gortázar recuerda que acudió varias veces a la construcción. Entonces era un estudiante que apenas tenía para cubrir el costo del congreso de arquitectos que se organizó en México para ver parte del proceso. Recuerda con emoción la clausura: “La comida final fue en el segundo piso del ala derecha y tenía como plato fuerte mostrar el izamiento y la colocación sobre la columna, de la primera de las gigantescas trabes del Paraguas -que siempre me ha parecido un poco antinatural, un poco monstruoso-. Hubo algunos accidentes, algunas piezas se dañaron”.

Al final, la obra fue más que un simple museo, observa. “Fue concebido no como un museo, sino como un monumento al régimen, un acto de centralismo político”.

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Manuel Felguérez
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Manuel Felguérez

   

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