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Infinito Shakespeare

Se cumplen 400 años sin el dramaturgo inglés, el resto es silencio. William Shakespeare ha sido una industria cultural de primer plano. Los ejemplos de su legado artístico son incontables, pero hay uno menos visible: el lingüístico.
Eduardo Bautista
02 mayo 2016 22:36 Última actualización 04 mayo 2016 3:42
Parecería que Shakespeare se negara a morir. (Erick Retana)

Parecería que Shakespeare se negara a morir. (Erick Retana)

A lo largo de 400 años, William Shakespeare ha sido una industria cultural de primer plano. Su obra inspiró a Tchaikovsky para componer Romeo y Julieta en 1869; un siglo después, los estudios Disney hacían su propia versión de Hamlet con El Rey León. Los ejemplos de su legado artístico son incontables, pero hay uno menos visible y no por ello menos importante: el lingüístico.

El inglés –como la era cristiana– bien podría dividirse en antes y después de Shakespeare.

“Sus contribuciones al idioma fueron incluso mayores que las de Cervantes al español”, asegura Mario Murgía, doctor en literatura inglesa de la UNAM y coordinador del Proyecto Shakespeare, en el cual se han traducido casi todas las obras del bardo.

Se calcula que el autor de Coriolano aportó al inglés entre mil 700 y 2 mil palabras. Algunas de ellas fueron inventadas; otras más, registradas y posteriormente modificadas para sus textos, explica Murgía.

“La obra completa de Shakespeare contiene, en promedio, 27 mil palabras distintas. El único otro volumen tan rico que existe en la lengua inglesa es la Biblia del Rey Jacobo, con 7 mil. Eso nos da una idea de lo que significa Shakespeare para la cultura anglosajona”, señala Juan Carlos Calvillo, traductor literario y académico de la UNAM.

La primera vez que apareció en el inglés la palabra assassination fue en 1606, cuando se publicó Macbeth. Calvillo refiere que el término proviene del árabe, pero posteriormente fue modificado y adaptado por El Cisne de Avon, quien también inventó palabras como addiction, undress, luggage y bloodstained.

Gracias a él, coinciden los especialistas, el mundo conoce frases de uso universal, como “No es oro todo lo que reluce”, “Está en griego” (o en chino, para los mexicanos) y “Las manos manchadas de sangre”.

“A Shakespeare le gustaba experimentar con las expresiones idiomáticas y sus variantes. En ese sentido fue muy transgresor, porque le gustaba convertir los verbos en sustantivos”, abunda Murgía. “No es que se las inventara de la nada, sino que probablemente las registraba tal cual las oía y luego las modificaba según sus necesidades retóricas. En el mundo de habla inglesa siempre habrá una frase de él que ilustre o complemente alguna idea de la humanidad”.

Antes de Shakespeare, el inglés estaba determinado por una morfosintaxis más rígida, señala Murgía. Sin embargo, a partir del siglo XVIII, en los diccionarios se empezó a registrar la mayoría de los vocablos que utilizaba el dramaturgo.

El primer gran diccionario de la lengua inglesa, compilado por Samuel Johnson en 1755, recurrió a Shakespeare más que a cualquier otro autor. “Con él se ejemplifican muchos usos en el inglés moderno, lo cual ayudó a fijar distintos giros morfosintácticos que hoy son muy recurrentes”.

SIN CADUCIDAD

La riqueza lingüística de sus historias –dice Calvillo– es una de las razones por las cuales William Shakespeare es tan universal. Su obra ha sido traducida a más de 100 idiomas y Hamlet es el texto que más se ha representado en escena en todo el mundo, desde Nueva York hasta Hong Kong. Incluso Harold Bloom se atrevió a afirmar que el hombre moderno fue una invención del dramaturgo.

“Se tiene entendido que Bloom inventó la idea que nosotros tenemos del individuo, pero eso es algo engañoso, pues en realidad Shakespeare inventó muchísimos individuos. Cada uno de sus personajes es perfectamente reconocible y distinto del otro”, sostiene Calvillo.

A diferencia de otros escritores, apunta Calvillo, el autor de Sueño de una noche de verano no tenía una idea preconcebida del mundo ni teorías o doctrinas que quisiera predicar.

“Él simplemente quiso hurgar en la condición humana, y encontró en el drama y la poesía la mejor forma para hacerlo. Shakespeare tuvo la suerte de ser reinterpretado con interés por sus generaciones subsecuentes, de una manera en la que no lo recibieron los jacobinos e isabelinos de su tiempo. Fue un autor consciente de que la identidad humana no es monolítica ni consistente: siempre vamos a tener contradicciones”, añade Calvillo.

Para él los paralelismos entre la obra shakespeariana y la actualidad son enormes. Ya en Ricardo III se hablaba de corrupción, asesinatos y ambición de poder. “Basta con cambiar dos o tres apariencias para que uno de sus montajes coincida con la realidad de ahora”, comenta.

Aunque con sus detractores –como T. S. Elliot, que criticó Otelo, o Tolstoi, quien lo acusó de verosímil y artificial–, Shakespeare es un clásico que no deja de estudiarse, leerse y reinterpretarse. A cuatro siglos de su fallecimiento, convoca a jefes de Estado, embajadores y artistas. El 23 de abril fue celebrado en Gran Bretaña con representaciones teatrales, conferencias, ceremonias religiosas y desfiles. Es esa la fecha de su defunción, pero del ajuste al que obligó la adhesión de Inglaterra al calendario gregoriano, en 1752
–136 años después de la muerte del dramaturgo– resulta que esa fecha es hoy, 3 de mayo.

Parecería que Shakespeare se negara a morir.