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Hungría, ese recuerdo

Hace 30 años que no juega un Mundial y desde el 72 no participa en la Eurocopa. Pero en historia es una de las más ricas del futbol. Apela a su vieja prosapia para enfrentar a Bélgica en los octavos de final de la Euro de Francia.
Mauricio Mejía
23 junio 2016 21:51 Última actualización 24 junio 2016 5:0
En el 38, Hungría jugaba el mejor estilo del balompié; ahora le llaman tiki-taka. (Erick Retana)

En el 38, Hungría jugaba el mejor estilo del balompié; ahora le llaman tiki-taka. (Fotoarte: Erick Retana)

El siglo XX tenía 36 años, había pasado por una adolescencia abominable, la Gran Guerra (entre los 14 y los 19), que acabó con los imperios y fomentó los nacionalismos.

Gusztáv Sebes
nació en Budapest (entonces Austria-Hungría) cuando la centuria apenas cumplía la edad para la primaria (1906, 22 de enero, hace 110 años) y moriría en 1986 (30 de enero), cuando Hungría disputó su último Mundial de futbol.

Los que no responden a la lista ridícula ecuación Michels-Cruyff-Guardiola, como nacimiento del juego total, saben que Sebes es la asignatura oculta del álgebra y la analítica (acaso se añade el alemán Herberger). En esos Juegos Olímpicos de Berlín, cuando la centena se preparaba para la borrachera de la barbarie, esa carnicería, Sebes jugó por la Selección húngara, que perdería en la primera ronda 0-3 ante Polonia.

La Mittleuropa era, entonces, el domicilio del más exquisito futbol que se ha visto jamás. Ni el Barsa de los 2 miles, ni el Brasil del 70, ni la Maquinita de River de Di Stéfano hicieron tanto por el renacimiento de la pelota como documento artístico como aquellas austro-hungrías, cada una por su lado, de los 30. La Maravilla Austriaca y la Dorada Hungría, que perdería la final del Mundial del 38 ante el cuadro del genial de Vittorio Pozzo, esa figura que la mampostería de Mussolini no pudo apropiarse totalmente.

Si Austria-Hungría fue el final de un mundo, era justo que fuera el comienzo de otro. En la filosofía, la narrativa y el futbol, esa región fue la semilla de un nuevo orden prosaico de las cosas. En el 38, Hungría jugaba el mejor estilo del balompié; ahora le llaman tiki-taka. En la final, ante Italia, el 11 dirigido por Károly Dietz y Alfréd Schaffer sucumbió ante el candado azzurro, siempre incómodo.

Llegaron Polonia, la Resistencia, el Reich, el tratado Mólotov-Ribbentrop, Moscú, el Día D y Rendición Incondicional alemana, seis años aterradores, todo era distinto, Hungría era la misma, la dueña del mejor futbol; Austria se había perdido en la turbulencia de los acontecimientos. El Anschluss echó a perder al Wunderteam, que dirigió el adelantado Hugo Meisl y comandó el enorme Matthias Sindelar.

La Maravilla Húngara llegó a Berna, cuando el siglo cumplió 54 años, con más de 50 partidos invicta de la mano de Sebes, el gran estratega, el hijo de zapatero. Y quería, como hubiera deseado Francisco José, comerse el mundo en un bocado. Ya el Pacto de Varsovia dominaba el aire del Este.

En la final, ante La Maquinaria alemana, se puso dos goles arriba. Pero Buda es Pest. Al medio tiempo cayó la lluvia. Herberger, el míster alemán, descubrió antes del partidazo que la ciencia era un aliado (vaya palabra) para solventar los temporales. Adi Dassler le enseñó en privado que el agua era un colega de la causa. Dijo a la prensa: “Si llueve, ganamos”. Y sí aquel 4 de julio del 54 el aguacero cayó sobre Grosics, Bozsik, Lantos, Puskas, Czibor y Kocsis, seres de otro espacio y de otro tiempo. Alemania, la del Milagro, fue la espada trágica de los máximos héroes húngaros. El siglo estaba a punto de la tercera edad.

Sucedieron los años. En Bélgica (a la que se enfrenta este fin de semana en la Euro 2016) Hungría asistió a su última cita europea. Era el 72, el año de Septiembre Negro y la batalla árabe-israelí. Habían pasado ya los tanques soviéticos sobre las calles de Budapest. El 14 de julio, en Bruselas, hoy sede de la Europa Unida (puesta ayer a debate con el Brexit británico), la Unión Soviética venció 1-0 en semifinales a la última Hungría del siglo XX. Tres días después, en el juego por el tercer lugar los belgas derrumbaron los últimos morones: 2-1, en Lieja. La campeona de ese torneo fue Alemania, que fulminó 3-0 a los soviéticos.

La Hungría que llegó a México en el 86 era una caricatura de su historia. Ganó solamente un partido, a Canadá, debutante en la máxima cita. La URSS, otra vez, como 30 años antes en la política de hierro, la aplastó 6-0, en Irapuato. El 2 de junio.

Treinta años después, Hungría, ese recuerdo, apela a su vieja prosapia para enfrentar a Bélgica en los octavos de final de la Euro de Francia.