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Hubo un día en el que Berlín se reconcilió con Berlín

El 9 de noviembre de 1989, los guardias que vigilaban las paredes de concreto fueron los últimos en enterarse de que el Politburó había decidido darse por desinteresada del resguardo de El Muro que dividía a Berlín Oriental del Occidental. La imaginación al poder había perdido la batalla contra la realidad.
Domingo Aguilar Mendiola
02 noviembre 2014 22:38 Última actualización 03 noviembre 2014 5:0
Emocionalmente, Berlín volvió a ser una (aunque oficialmente lo fue hasta octubre de 1990).  (Archivo)

Emocionalmente, Berlín volvió a ser una (aunque oficialmente lo fue hasta octubre de 1990). (Archivo)

El 9 de noviembre de 1989, los guardias que vigilaban las paredes de concreto fueron los últimos en enterarse de que el Politburó había decidido darse por desinteresada del resguardo de El Muro que dividía a Berlín Oriental del Occidental. La imaginación al poder había perdido la batalla contra la realidad.

“Fue un suceso increíble porque en el fondo, a pesar de que uno veía en la televisión todas las manifestaciones en el Este, no se podía creer que realmente El Muro fuera a caer. Yo me di cuenta hasta la mañana siguiente”, relata Ana von Schönfeld, directora de la Fundación Heinrich Böll para México, Centroamérica y el Caribe. “Primero vi que había muchísima gente en la calle, después tuve que subirme al metro. Entraba mucha gente gritando: ‘¡Qué increíble! ¡Qué increíble! ¿Ustedes no están felices?’”.

Emocionalmente, Berlín volvió a ser una (aunque oficialmente lo fue hasta octubre de 1990). Ana fue a ver aquella cicatriz de la historia. Notó cómo muchos de sus compatriotas trepaban la muralla de concreto frente a la puerta de Brandenburgo. El temor a los disparos se había acabado.

La barrera nació un domingo a media noche. Fue el 13 de agosto de 1961. Walter Ulbricht, presidente de la República Democrática Alemana (fundada en 1949), fue quien concibió la idea. Parejas y familias serían separadas durante 36 años.

Mischa Wittich cruzó el muro cinco meses antes de su caída para visitar a un tío. “Tenía 15 años cuando pasé por ahí, por la llamada zona de la muerte. Pasé en tren. Vi entrar a todos los soldados con sus perros. Buscaban gente que quisiera salir ilegalmente”, dice el subdirector de la primaria del Colegio Alemán Alexander von Humboldt Lomas Verdes.

Gunter Schabowski ofreció el discurso que abolía las restricciones de circulación por la capital germana. Jens Piehler, quien vivía en la RDA, viajó 250 kilómetros hasta la ciudad para unirse al festejo. “Fue el mejor día de mi vida, porque con la caída tuve muchas oportunidades para vivir de otra manera. Ya podía estudiar, por ejemplo, historia”, expresa este hombre que tenía 22 años cuando subió a bailar sobre la barda de la ideología.

La pared fue destruida poco a poco. La gente se quedaba con fragmentos como recuerdo, esa mercancía. Oficialmente, la demolición comenzó el 13 de junio de 1990. Las piezas fueron vendidas por el Estado e inclusive los perros que resguardaban la barrera fueron comprados como mascotas.

Con la unificación del territorio llegó un beneficio económico. Al marco le dieron paridad entre Este y Oeste. “La gente de la RDA tenía muchos ahorros porque no tenía en qué gastar el dinero. La vida, departamentos, comida, todo, era subsidiado por el gobierno. Tenían mucho ahorrado. Después de la reunificación, empezaron a comprar como locos todo lo que podían, porque no podían creer que esa apertura iba a ser permanente”, relata Karl Werner Beissner, quien visitó ambas zonas antes, durante y después de la caída de la pared.

La división física había desaparecido, no obstante, la separación social de la brújula no se ha disuelto del todo, todavía un cuarto de siglo después. “Se dice hasta el día de hoy que hay un muro en la cabeza de la gente. Chocaron dos sistemas políticos y mentalidades completamente diferentes. Tuvimos una separación de 40 años y creemos que tardará 40 años más para que desaparezca de las cabezas”, dice Piehler, ahora profesor de historia.

Ana von Schönfeld asegura que hubo actividades culturales planificadas y subsidiadas por el Estado para tratar de unificar. “También -cuenta- hubo iniciativas espontáneas de teatro, de performance, de otras expresiones artísticas”. Con nostalgia, admite que ha costado trabajo superar los prejuicios que tenían los unos de los otros en ambos lados de la pared que todavía tiene escombros en la memoria.