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CULTURAS

Matisse en NY

Sumérgete en una faceta poco conocida del artista francés Henri Matisse y recorre el templo del arte moderno de la Gran Manzana. Entre dos y tres horas son recomendables para adentrarse en esta exposición.
Axel Beissner
26 noviembre 2014 21:53 Última actualización 27 noviembre 2014 5:0
Henri Matisse

Henri Matisse es uno de los artistas plásticos más reconocidos a nivel mundial. (Cortesía)

En Midtown, Manhattan, no todo es visitar espectáculos teatrales o irse de shopping. Entre Broadway y la Quinta Avenida, calles emblemáticas destinadas para cumplir estos objetivos, en los linderos entre la parte Oeste y Este de la isla, encontrará un remanso cultural aislado del bullicio de este distrito de la ciudad de Nueva York: el Museo de Arte Moderno (MoMA).

Del 12 de octubre de 2014 al 8 de febrero de 2015, este recinto cuenta con la presencia de un invitado especial hospedado en el sexto piso, el francés Henri Matisse (1869-1954).

El acceso a su exposición temporal titulada Henri Matisse: The Cut-Outs (en colaboración con la galería de arte Tate Modern de Londres, Inglaterra, donde estuvo del 17 de abril al 7 de septiembre) viene incluido en el costo del boleto de entrada, pero es programado.
La demanda para ver los cerca de 100 recortes (cut-outs) y 166 obras entre pinturas, libros ilustrados, vitrales y telas provenientes de colecciones públicas y privadas de todo el mundo genera largas filas a pesar de que se pueden hacer reservaciones, lo que se recomienda para evitar quedarse sin conocer una faceta poco vista del trabajo de Matisse, la cual redescubrió y con la que experimentó durante los últimos años de su vida.

Después de ser operado por cáncer en la década de los 40, el artista tuvo que usar silla de ruedas; sin embargo, esto no limitó su creatividad: tomó papel blanco, gouache y unas tijeras para crear infinidades de plantas, animales, formas y figuras abstractas. Lo que comenzó sobre pequeñas tablas, con el paso del tiempo terminó convirtiéndose en murales o trabajos del tamaño de habitaciones completas de sus estudios.

Fue en 1952, dos años antes de su muerte, que de la mano de una de sus asistentes y secretaria, Lydia Delectorskaya, surgió una de las piezas más emblemáticas hechas con esta técnica, de 16.5 metros de largo, la cual es el principal atractivo del montaje en Nueva York: La piscina.

Una mañana, en el verano de aquel año, Matisse le comentó a Lydia que “quería ver clavadistas”, por lo que fue llevado a su alberca favorita ubicada en Cannes. Harto de un “sol abrasador” regresó a su último estudio en el Hotel Régina en Niza y dijo: “Voy a hacer mi propia alberca”. Pidió que las paredes de la habitación (tapizadas con yute) fueran cubiertas con una tira de papel blanco a la altura de su cabeza (1.67 metros) y comenzó a recortar clavadistas, nadadores y criaturas del mar de un papel en color azul ultramarino, las cuales fueron colocadas una por una con alfileres (como se tenía que hacer en trabajos de gran dimensión) sobre el fondo.

Esta muestra surgió tras los trabjos para conservar La piscina, adquirida por el MoMA en 1975. La pieza formó parte de su colección permanente hasta 1992, cuando fue retirada por su deterioro.

Manipulada por primera vez en 1954, cuando fue trasladada por partes a París y pegada en un nuevo fondo de yute, por la propensión de éste a cambiar de color, hace cinco años se inició un proyecto intenso de investigación para ver la manera en que podría ser restauarada y regresarla a la vida. La primera meta fue recuperar el balance de la obra: el papel blanco, el yute y los cut-outs azules; la segunda, instalar la obra en su medida correcta; y la tercera, imitar lo mejor posible la arquitectura del estudio en que surgió para permitir a los espectadores realmente sentirse rodeados y sumergirse en La piscina.

Para ello, Claude Duthuit, nieto de Matisse, dio un trozo del yute original a los restauradores, lo que permitió ver el color inicial, deteriorado por la luz y la contaminación o el polvo. El proceso de restauración comenzó con separar aquella fibra de los recortes, la cual, cuando comenzó a lastimarlos mucho, tuvo que ser deshilado hebra por hebra, lo que llevó aproximadamente 2 mil horas.

Como el papel blanco también había perdido su color, se tuvo la idea de reemplazarlo, pero Karl Buchberg, conservador senior del Departamento de Conservación del MoMA, que encabezó el proyecto, decidió que, como envejeció igual que el papel azul, era mejor utilizar un abrasivo en el blanco y un lápiz puntiagudo en el azul para cubrir los rayones y marcas del tiempo.

Un aspecto controversial del proceso es que en lugar de montar los recortes con pegamento, fueron clavados en los paneles, lo que nunca se había hecho en la restauración de un Matisse. Esto para regresarle el efecto 3D que el trabajo tuvo originalmente.

Entre dos y tres horas son recomendables para sumergirse en esta exposición y recorrer el resto de la colección permanente del MoMA, donde Paul Cézanne, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Andy Warhol, entre muchas otras figuras del arte moderno, cautivarán su atención.

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