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CULTURAS

Helter Skelter, la muerte del espíritu de los 60’s

Con el asesinato de Sharon Tate a manos de seguidores de Charles Manson aquel 9 de agosto de 1969, se dio muerte también al espíritu jipi.
Eduardo Bautista
11 enero 2017 21:26 Última actualización 12 enero 2017 5:0
Charles Manson

(Alejandro Gómez)

Sólo quería ser una buena madre; a cambio recibió 16 puñaladas en su cuerpo de ocho meses de embarazo. El asesinato de Sharon Tate, ocurrido el 9 de agosto de 1969, no deja de perturbar hasta al más indemne. Han pasado ya 47 años de aquella masacre y aún no se sabe con certeza por qué Charles Manson –asesino y estrella mediática de Estados Unidos– eligió a la joven promesa de Hollywood para consumar sus ideas apocalípticas.

Hoy Manson se encuentra en estado grave debido a una hemorragia gastrointestinal. Pidió una oportunidad para morir en su casa, pero las autoridades se la negaron: cumplirá su cadena perpetua en la prisión de Corcoran, California.

Como en casi todos los grandes acontecimientos, hay un contexto que evaluar. La versión jurídica es contundente: la esposa del cineasta Roman Polanski, de 26 años, fue asesinada en el 10050 de la calle Cielo Drive en Beverly Hills, junto con cuatro personas más: Jay Sebring, su ex novio; Voytek Frykowski, viejo amigo del director; Abigail Folger, la novia de este último, y Stephen Parent, amigo de la familia.

La versión histórica de la escritora Joan Didion en The White Album (1979) es más amplia: esa noche acabaron los 60, una época que prometía amor y paz.

Lo paradójico es que Manson era jipi. Se movía por California, consumía LSD, vivía en una comuna en medio del desierto y era amigo del baterista de The Beach Boys, Dennis Wilson. Nadie lo comprendía: ¿En qué resquicio del movimiento contracultural se habían colado los delirios de este sicópata que creía en la supremacía blanca?

Sin quererlo, Tate se convirtió en un parteaguas para Hollywood.
Cuando la prensa divulgó la noticia, una omnipresente sensación de terror y paranoia se instaló sobre Los Ángeles, una ciudad entonces acostumbrada a realizar fiestas desbordadas a puertas abiertas,
contagiada por la fiebre libertina de los jipis, recuerda Peter Biskind en Moteros tranquilos, toros salvajes (2004).

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sharon tate
LA MUSA EN TODA SU EXTENSIÓN
Sharon Tate fue mucho más que un crimen. Fotografías, textos y entrevistas dan cuenta del peso cultural que tuvo una de las actrices más olvidadas de Hollywood, quien también fue trascendente en el mundo de la moda.

Título: Sharon Tate: Recollection
Autor: Debra Tate (con prólogo de Roman Polanski)
Disponible en: El Péndulo
Precio: $590


“Pese a que las otras víctimas no eran grandes celebridades, los asesinos dieron en el blanco. Nadie se libró; todos los conocían en la industria. Pistolas y perros guardianes empezaron a venderse como rosquillas, y los intimidatorios portales automáticos que hasta ese momento habían sido una medida de seguridad despreciada, se volvieron indispensables”.

Aunque el caso nunca se resolvió, es probable que el homicidio de Sharon Tate haya sido producto de la mala suerte. Manson, quien desde 1967 se dedicó a reclutar chicas para perpetrar crímenes, eligió el domicilio del matrimonio Tate-Polanski, donde antes había vivido el productor musical Terry Melcher, quien años antes le había dicho que no tenía talento para el rock.

El misterio inmediatamente se apoderó del crimen, pues un año antes se había estrenado El bebé de Rosemary, la película de Polanski cuya protagonista era la madre del hijo de Satán. El productor, William Castle, recibió amenazas de muerte.

Antes de que su sangre fuera usada para escribir la palabra “Pig” en la puerta de su casa, Tate soñaba con la maternidad, que le ayudaría a sobrellevar las infidelidades de su marido. Él estaba en Londres el día del crimen, según se cuenta en Sharon Tate and the Manson Murders (2000), de Greg King. Los productores veían en ella a la próxima diva de Hollywood. “Tiene lo mismo que Marilyn Monroe, e incluso más. Posee la fascinante pero totalmente femenina fuerza de Marlene Dietrich y Greta Garbo”, aseguró el diseñador William Travilla a Screen Stories, en 1967.

SÍMBOLO DE ÉPOCA

Sharon Tate era una típica chica americana. Nacida en una familia de clase media de Dallas, hija de un militar y una ama de casa, dijo en alguna ocasión que le hubiera gustado ser siquiatra o bailarina de ballet. Como actriz, su carácter emanaba una sencillez rara en un negocio saturado de egos.

“Lo único que quería era ser madre. Era una mujer convencional, sin excentricidades. Buena esposa, buena hija y buena amiga”, explica el crítico de cine Miguel Cane. “Pese a que fue un icono de la moda y la utilizaron como imagen para crear la Barbie Malibú, nunca le interesó el glamur”.

Mientras Tate atendía su embarazo, Manson nutría sus ideas sobre una guerra racial a la que denominó Helter Skelter, inspirado en la canción del álbum blanco, de The Beatles. Soñaba con el día en el que él y su grupo de elegidos, La Familia, dominarían el mundo. Por esas mismas fechas se estrenaba Easy Rider (1969), cinta que se convirtió en símbolo contracultural por el carácter libertino de sus personajes. Meses después vendría la paradoja: a seis días de Woodstock, Manson ordenó el crimen que acabaría para siempre con el espejismo jipi.

Cane asegura que las temáticas de las películas estadounidenses cambiaron después de 1969. Los estudios dejaron de funcionar como los entes todopoderosos que eran en los años 30 o 40, y fue así como comenzaron los primeros trabajos independientes, con una generación de cineastas como Martin Scorsese, Stanley Kubrick o Woody Allen.
“Se levantó por primera vez una especie de restricción a la edad en Hollywood; a la gente joven se le dejó pasar con toda su ingenuidad. Fue una avalancha de grandes y nuevas ideas”, recuerda Steven Spielberg.

En aquella época se realizaron películas que abordaron la violencia desde distintas perspectivas, desde La Naranja Mecánica (1971) y Taxi Driver (1976), El Padrino (1972) o El Exorcista (1973). “Era un cine sin héroes, sin romances, que mostraba la realidad descarnada”, escribe Biskind.

Al final, Sharon Tate obtuvo más que un papel protagónico: la oportunidad de ser el eslabón que Hollywood pedía a gritos.