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CULTURAS

Guzik, el silencio del caos y la música de las esferzas

A lo largo de su destacada carrera se ha dedicado a producir mecanismos e instrumentos para investigar diversos lenguajes de la naturaleza. En 2014 su obra 'Cardiox' fue elegida para 
representar a México en la 55 Bienal de Venecia.
María Eugenia Sevilla
08 enero 2015 20:55 Última actualización 09 enero 2015 5:0
Ariel Guzik, un referente del arte contemporáneo mexicano. (Tomada de la página oficial del artista)

Ariel Guzik, un referente del arte contemporáneo mexicano. (Tomada de la página oficial del artista)

A Ariel Guzik (DF, 1960) lo mueve un afán de viajero interdimensional, de psiconauta, de sanador, de personaje del quattrocento. Tan sensible a la vida como a sus espejos. Es por eso que, en sus palabras, le apasiona crear máquinas que cobren ánima propia; artefactos capaces de atrapar el caos y extraer de él su conexión con la música de las esferas. Así ha hecho audibles las ondas cerebrales, la luz solar o el crecimiento de la vegetación.

Obsesionado con las naves espaciales y la idea frankensteiniana de un ser que se cargaba de vida a través de los rayos de una tormenta eléctrica, con frecuencia Ariel se imaginaba conectado a una máquina y cargándose de energía cósmica. No mera fantasía. Con estas inquietudes terminó por crear una máquina capaz de reproducir la “música” interior de los seres vivos. Quince años de investigación antes de presentar su Espejo Plasmaht, en 1995; un instrumento de cuerda que entra en resonancia con las vibraciones de los seres que se aproximan a él, produciendo melodías naturales. Fue el gran antecedente de otro proyecto ambicioso: Nereida, un cilindro de cuarzo que sumergió en el Mar de Cortés, con el que buscó establecer una comunicación directa con delfines y ballenas grises, en 2007.

Siete años después, Cordiox, su obra maestra hasta ahora, fue elegida para representar a México en la 55 Bienal de Venecia, en junio pasado. Más que una pieza de arte sonoro, el instrumento es considerado un descubrimiento: integrado por 180 cuerdas y un corazón de cuarzo, tiene la cualidad de captar las vibraciones y la entropía -es decir, la aleatoriedad con que la energía es distribuida- en cierto espacio. La obra, de cuatro metros de altura, tradujo a un espectro audible el silencioso misterio de la ex Iglesia de San Lorenzo, un edificio del siglo XVI con techos de 20 metros de longitud. El recinto, de acústica privilegiada, ha alojado las interpretaciones de artistas geniales como Antonio Vivaldi y Luigi Nono.

Cordiox fue la única pieza con la que Ariel Guzik habló por México. Luminoso contrapeso al potente pero oscuro cuerpo de obra presentado el año anterior por su antecesora, Teresa Margolles.

Aunque parecen extraídas de una cinta de ciencia ficción, las extrañas joyas que a lo largo demás de tres décadas han conducido a este músico diletante, herbolario e inventor hasta el Cordiox, no han tenido, sin embargo, un afán científico.

“No busco probar nada”, ha dicho. “No está de más que haya pilotos que naveguemos fuera de ese gran sendero, dejando que la intuición y el pensamiento mágico tengan un poquito más de caudal”.