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Günter Grass y la sombra del nazismo

Una sombra acompañó a Günter Grass durante 87 años: el nazismo. En cada entrevista que concedió nunca faltaron esas preguntas sobre su pasado. La verdadera polémica sobre el supuesto fascismo de Grass se desató en 2006, con la publicación de "Pelando la cebolla", su libro autobiográfico.
Eduardo Bautista
13 abril 2015 14:58 Última actualización 13 abril 2015 15:0
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, Grass colaboró en la construcción de un discurso democrático para Alemania. (AP)

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, Grass colaboró en la construcción de un discurso democrático para Alemania. (AP)

Una sombra acompañó a Günter Grass durante 87 años: el nazismo. En cada entrevista que concedió nunca faltaron esas preguntas sobre su pasado: ¿Justifica usted las acciones el Tercer Reich? ¿El antisemitismo también fue parte de su Grupo del 47? ¿Por qué ingresó a las filas de la Waffen-ZZ, el cuerpo militar de élite de Himmler? ¿Cómo fue esa transición de joven simpatizante nazi a intelectual de la conciencia alemana?

Quizás lo más sorprendente es que la Academia nunca jugó en su contra. Recibió críticas, sí, pero jamás fue excluido. Incluso ganó, en 1999, dos de los máximos galardones que puede recibir un escritor: el Premio Nobel de Literatura y el Premio Príncipe de Asturias. Obras suyas como El tambor de hojalata (1959), El rodaballo (1977) y Mi siglo (1999) son referentes de un tiempo, de un siglo caracterizado por los totalitarismos y las guerras ideológicas.

La verdadera polémica sobre el supuesto fascismo de Grass se desató en 2006, con la publicación de Pelando la cebolla, su libro autobiográfico en el que, sin el menor pudor, revela detalles sobre su juventud. Sin embargo, lo hace con una narrativa donde realidad y ficción se mezclan sin posibilidad de elusión. No es, precisamente, una biografía documental o histórica. Es, más bien, una novela.

“Al recuerdo le gusta jugar al escondite como lo niños. Se oculta. Tiende a adornar y embellecer, a menudo sin necesidad. Contradice a la memoria, que se muestra demasiado meticulosa y, pendencieramente, quiere tener razón. Cuando se lo atosiga con preguntas, el recuerdo se asemeja a una cebolla que quisiera ser pelada para dejar al descubierto lo que, letra por letra, puede leerse en ella", escribe Grass, nacido en Dánzing, en 1927, justo un año después de aquel discurso en el que Adolfo Hitler acusa a los judíos de ser causantes de todos los males de Europa. Seis años después se establecería el Tercer Reich y, con ello, el Holocausto.

En México, las críticas a Grass no se hicieron esperar. La revista Letras Libres recopiló algunas de ellas. Ésta es una que realizó la escritora estadounidense Barbara Probst Solomon:

"Lo que me parece inquietante es que, al describirse de joven, Grass siga afirmando con orgullo que él era antiburgués y anticatólico. En casi todos los casos, en la Alemania nazi estar en contra de la burguesía significaba oponerse a lo que se percibía como el control de los judíos sobre las instituciones culturales y financieras. Ellos eran los propietarios de una parte significativa de la prensa y de las editoriales. Los nazis ofrecían una manera de traspasar este supuesto bloqueo, y esto es justo lo que atrajo a tantos aspirantes a intelectual hacia ellos. Los nazis irradiaban juventud y glamour, y para un joven que aspiraba a convertirse en artista o en pintor, con miras a lograr lo que debía parecerle una carrera inalcanzable, los nazis eran el boleto más seguro para el éxito".

En su última novela, A paso de cangrejo (2002), Grass asegura que la historia de Alemania es "un retrete obstruido en el que echamos y echamos agua, pero la mierda no deja de subir". Sin embargo, pese a su sentido crítico hacia la memoria histórica de su país, nunca dejó de criticar al pueblo judío. Incluso en varias entrevistas lamentó la existencia del "filosemitismo".

¿EL PASADO SE JUSTIFICA?
José Saramago
era uno de sus mejores amigos. Cuando el portugués ganó el Nobel, en 1998, lo invadió una congoja ética. Creía que Grass merecía más el galardón que él. "José lo admiraba muchísimo. Günter fue su primer editor en Lisboa, en los años setenta. Eran camaradas de letras, ambos trataban temas de violencia bajo una perspectiva crítica. Grass tenía una casa al sur de Portugal, adonde Saramago iba a visitarlo con mucha frecuencia”, reveló hace unos meses en entrevista Pilar del Río, viuda del autor de El Evangelio según Jesucristo.

Para ella, las críticas al intelectual alemán son infundadas, engañosas. Cuenta que su ex esposo siempre lo defendió: “Los dos pertenecieron a una generación de dictaduras. Cuando uno está joven, no puede elegir muchas cosas. José también sufrió las consecuencias del régimen de Salazar en Portugal”.

El periodista israelí Anshel Pfeffer escribió en 2012 que pedir un castigo para Grass sería injusto e insensato: "¿Quién puede culpar a un chico de dieciséis años, arrastrado por el fervor patriótico, que se alista como voluntario en tiempos de guerra?".

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, Grass colaboró en la construcción de un discurso democrático para Alemania. Los germanos vieron en él una figura restauradora. Ese legado, dicen los especialistas, es incalculable. Más cuando se trata de un escritor que reveló su pasado por iniciativa propia.

Sin embargo, afirma Pfeffer, Grass sí recibió un castigo, uno mucho mayor: el inconmensurable peso de la historia, que tuvo que cargar hasta el último día de su vida, hoy, 13 de abril de 2015.