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culturas

Günter Grass: confusión y luto

Su muerte ha cimbrado el ámbito internacional de las letras. Figuras como Salman Rushdie e Imre Kertész, entre otras grandes plumas, se han volcado sobre el suceso y sobre su legado. La literatura de Grass recupera desde distintas aristas el devenir de su país en años neurales del siglo XX.
María Eugenia Sevilla
13 abril 2015 23:29 Última actualización 14 abril 2015 5:0
En "El tambor de hojalata", narra la historia de un niño-hombre que, de inicio, se rehusaba a nacer en el Tercer Reich. (AP)

En "El tambor de hojalata", narra la historia de un niño-hombre que, de inicio, se rehusaba a nacer en el Tercer Reich. (AP)

En su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias 1999, Günter Grass admitía haber sucumbido, por encima de sus deseos, al caudal de la historia. La misma que, irónicamente, lo sometió a juicio ocho años después, cuando el Nobel de Literatura publicó Pelando la cebolla (2007), la autobiografía en la que reveló su pertenencia a las juventudes nazis cuando tenía 17 años.

“La historia, sobre todo la alemana, se ha interpuesto en mi camino. No había forma de esquivarla. Hasta mis escapadas artísticas más audaces volvían a llevarme, una y otra vez, a su curso meándrico. Desde mi primera novela, El tambor de hojalata, hasta el último hijo de mi capricho, que lleva el posesivo título de Mi siglo, he sido su rebelde servidor”, dijo en aquella ocasión .

Que su pluma quedara ceñida al acontecer de Alemania era inevitable, al haber sido uno de sus protagonistas, considera el escritor Julio Patán. “En el fondo fue una de las muchas consecuencias de lo que pasó a partir del arribo de Hitler al poder: es un país marcado por esa necesidad de reflexión, de autoanálisis, de autocrítica, lo que también se puede ver en otros buenos novelistas como Heirich Böll y en Thomas Mann”.

Con su muerte, ayer, a los 87 años, se extingue el último testigo literario de aquel momento histórico, añade el escritor mexicano. “Fue el último símbolo vivo de las complejidades, cambios, contradicciones y sentimientos de culpa que han distinguido a la cultura alemana de la posguerra”.

El literato nacido en 1927 en la entonces Ciudad Libre de Dánzig falleció a causa de una infección, en una clínica de Lübeck, donde residió con su esposa Ute, en el norte de Alemania.

Su muerte ha cimbrado el ámbito internacional de las letras. Figuras como Salman Rushdie e Imre Kertész, entre otras grandes plumas, se han volcado sobre el suceso y sobre su legado, mientras que Per Watberg, integrante del jurado que otorga el Premio Nobel, subrayó el merecimiento de la distinción, que le fue otorgada en 1999, antes de revelar su antecedente nazi.

“La decisión fue muy consciente. En la Academia Sueca lo vimos como la cima del siglo XX. Él fue el siglo XX, por lo menos después de Thomas Mann”, dijo Wastberg.

La canciller alemana Angela Merkel también expresó a pocas horas de que se diera a conocer el deceso: “Grass ha marcado, como pocos, la historia de Alemania, desde el final de la guerra hasta hoy, con su compromiso personal, literario, político y social”.

La literatura de Grass recupera desde distintas aristas el devenir de su país en años neurales del siglo XX. En su novela más reconocida, El tambor de hojalata (1959), narra la historia de un niño-hombre que, de inicio, se rehusaba a nacer en el Tercer Reich.

“Un nonato, diría Carlos Fuentes. En este libro, Grass empieza a elaborar sobre la mente polaca, porque hay que recordar que él nació en una ciudad que fue polaca: habla de un niño que no quiere nacer pero tiene una voz tremenda, y su llamado es a no nacer en ese mundo”.

Novela de prosa “difícil”, advierte Patán, alcanzó mayor popularidad tras ser llevada al cine por el director alemán Volken Schondlor. “Es una adaptación muy personal pero muy respetuosa; es una película muy pulsional, una magnífica lectura de la novela”, destaca el crítico Jorge Ayala Blanco.

Con El gato y el ratón (1961) y Años de perro (1963), El tambor de hojalata forma parte de la Trilogía de Dánzig, en alusión al escenario recurrente de esa ciudad. Estas obras críticas le ganaron reconocimiento en su país, ya que recuperaba la cultura germana y abrí la puerta al discurso de la democracia tras la Segunda Guerra Mundial; elogios que fueron acallados cuando admitió que había estado al servicio de las Waffen SS, a las órdenes de Adolfo Hitler. La revelación, sin embargo, obtuvo la simpatía de aquellos alemanes que, habiendo mantenido sus servicios militares de juventud en secreto, se identificaron con la oportunidad de conciliar su pasado.