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culturas

Grecia, entre un presente 
incierto y un pasado que ya no entiende

El helenista Alfredo Troncoso explica la crisis desde la filosofía. Según el especialista, la Grecia Clásica tuvo una característica fundamental: se construyó sobre la base de que la verdad no existe, de que todo es incierto.
María Eugenia Sevilla
16 julio 2015 23:7 Última actualización 17 julio 2015 17:8
Atenas. El enorme legado cultural heleno da un matiz distinto a la crisis financiera por la que pasa la actual Grecia.

Atenas. El enorme legado cultural heleno da un matiz distinto a la crisis financiera por la que pasa la actual Grecia. (Boomberg)

Ante la magnificencia de la Calzada de los Muertos de Teotihuacán, un hombre abraza a su mujer con satisfacción: “Ya ves, vieja, cómo no éramos tan pendejos…”. La escena le viene a la mente al helenista Alfredo Troncoso para describir, sin la amargura que en el fondo le provoca, la toxina cultural que –como a México, dice– tiene a Grecia empantanada en términos económicos, científicos, tecnológicos y de pensamiento.

“El gran problema de los griegos es que sostienen un culto a un pasado al que ya no tienen acceso, y por tanto viven en un ahora cerrado al futuro”, explica el experto en semiótica y con doctorado (Estrasburgo) en Filosofía Clásica.

A un tris de quedar fuera del proyecto de la República Europea, la Grecia actual –observa– no podría estar más alejada de aquélla sobre cuyas ruinas, preservadas bajo el estatus de patrimonio de la humanidad, sobreviven los herederos de la madre de Europa sin mayor riqueza que su antigüedad.

Según Troncoso, la Grecia Clásica tuvo una característica fundamental: se construyó sobre la base de que la verdad no existe, de que todo es incierto.

“En ese sentido –dice– los griegos fueron los primeros en quitarse el taparrabos tribal”. Hoy, por el contrario, lo tienen bien calzado: un estudio del sicólogo social holandés Geert Hofstede –quien describe los comportamientos de las sociedades a través de ciertos índices culturales– sitúa a Grecia como el país que tiene la mayor aversión a la incertidumbre en el planeta. Este indicador refleja la manera en que una cultura lidia con la imposibilidad de controlar el futuro, y arroja que los grupos con mayor temor al porvenir eluden tomar riesgos. “Es la nación a la que más incomodan las situaciones ambiguas, en la que lo imprevisto está siempre al acecho, como la espada de Damocles sobre la cabeza”, dice el estudio publicado en http://www.geert-hofstede.com/greece.

“Cuando se le invitó a formar parte de la Unión Europea fue más por lo que era que por lo que es; porque inventó a Europa. Inventar Europa quiere decir que crearon las herramientas para que uno pudiera vivir en la incertidumbre, y al hacerlo pusieron en marcha la historia; una historia que lejos de estar empecinada en mantener la tradición, está empecinada en ver qué viene adelante”.

Si los antiguos griegos, desencantados ante la destrucción del mundo mitológico heleno -dice-, emprendieron una búsqueda de la verdad a través de la filosofía y crearon un sistema político en el que se hace lo que la mayoría opine, es precisamente porque eran el pueblo más viajero del orbe y esa movilidad les permitió descreer de todo. Incluso considera Troncoso que, si la filosofía griega se ocupó de todo menos –casi- del dinero, se debe a que quien conoce el universo económico sabe que carece, precisamente, de valores fijos.

Explica que la apertura del pensamiento griego se diluyó, primero, con pérdida de autonomía política y el consecuente desarrollo de una filosofía moral. Después vino el cristianismo bizantino que proveyó de certezas a las preguntas por la verdad: la luz de Dios iluminaba además la oscuridad de la antigua Moira, esa noción de destino, que había marcado la vida de los helenos no con la certidumbre de la razón -acota el académico-, sino como una fuerza ciega e irracional.

Y la debacle: 500 años bajo dominio turco iletrado. Dos milenios terminaron así por sepultar aquel espíritu más bien mundano y cosmopolita de un pueblo naviero, pirata y mercader que dominó la entrada al Mediterráneo. Nada quedó de aquellos guerreros que conquistaron su lugar en un mundo lleno de conflictos, de ahí que la lucha fuera la base de sus tragedias y sus expresiones físicas. “Nadie les iba regalar nada”, apunta.

Aunque las bases de la convivencia en polis cayeron en desuso, lo cierto es que Grecia sería el gran referente para la construcción del pensamiento político del resto de Europa: “La modernidad en buena medida es el haber revivido ese mundo de incertidumbre de los griegos”.

Incluso -aclara- cuando se independizan de los turcos (1832) lo hacen porque los europeos, Lord Byron y Percy Shelley entre ellos, corren en su auxilio. “Cuando son libres, el mundo ha cambiado: el Mediterráneo Oriental ha dejado de importar. Lo que tenemos hoy es un griego que lejos de mirar al futuro busca su preservación folclorizando su pasado. Tienen una nostalgia de algo que ya no entienden. Cuando respetas demasiado tu pasado, terminas faltándole al respeto”.

Los griegos votaron “no” al rescate europeo. Esta negativa -opina Troncoso- confirma su temor por el riesgo que señala Hofstede: en vez de depositar su futuro en el poder político de la Unión, votaron por bailar sobre el abismo. “Tienen una certeza: de que no hay lugar para que Grecia se venga abajo. Actúan como si en el fondo hubiera un hado protector que los salvará”.

Sería una vergüenza que Grecia no estuviera en Europa, pero si sucede no será porque sean las víctimas de la Merkel, sino porque, hay que decirlo, no están a la altura de Europa: los griegos no están a la altura de Grecia”, sentencia.