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culturas

Grass: la política de la incertidumbre

Agradecemos a la revista "Nexos" la autorización para publicar un fragmento del texto que, con el mismo título, apareció en su número de abril de 1991.
José María Pérez Gay
13 abril 2015 23:43 Última actualización 14 abril 2015 6:56
ME. Grass: la política de la incertidumbre.

ME. Grass: la política de la incertidumbre.

Hay en Günter Grass un rechazo tan radical a la unificación alemana que me resulta sospechosamente alemán. Porque la paradoja de los alemanes no es otra que la de sorprenderse ante su propia visión relojera de la vida, que consiste en llegar siempre puntuales al lugar donde Dios nunca los llamó, y en faltar siempre y, claro está, puntualmente al sitio donde Dios los sigue esperando. No me refiero a las contradicciones de Grass a lo largo de treinta años, ellas nos demuestran que el novelista está vivo, sino a ese tono contundente, wagneriano trágico.

En el Informe de Altdöbern Grass escribe: “…me senté por la mañana al borde de la mina y dibujaba allí donde se termina – simplemente se termina, de pronto, como si hubiera sido mordida por un devorador sobrehumano – la carretera hacia Pritzen (que ya tampoco existe), el yermo allí yacente se me transformó en imagen de la República Democrática Alemana, no sólo de la del pasado, arruinada por una economía negada, no, sino también de la futura que va a ser anexada próximamente de un plumazo; pues un contrato estatal indigno lanza ya sus sombras sobre el país y las gentes y, una vez en vigor, no sólo prolongará la barbarie vivida hasta ahora sino que le añadirá un regusto occidental”.

Cuando Günter Grass escribe sobre la política alemana, lo hace casi siempre con una avasalladora sensación de culpa que no ha cambiado en los últimos treinta años. Nacido en la ciudad de Dánzig el año de 1927 y miembro de la etnia de los Kaschuben, a fuego cruzado entre alemanes y polacos, Grass sabe lo que significa ser marginal en esta historia. Ninguna región de Europa Central ha sido – y es - tan explosiva como este corredor germano, polaco y soviético, que llevó a la Segunda Guerra Mundial y ahora es el sitio de la rebelión de Lituania. Buena parte de los libros de Grass, y muy especialmente la trilogía de Dánzig: El tambor de hojalata, Gato y ratón y Años de perro, fueron violentas pedradas contra los vidrios relucientes del edificio del Milagro Alemán después de la guerra. Este edificio era la Alemania de Konrad Adenauer, la del trabajo implacable, ramplón y sordo. Esa Alemania que cerró sus puertas y ventanas al pasado, sin querer siquiera contemplar la marcha de Europa. La cólera intelectual de Günter Grass tiró piedras contra los vidrios de ese edificio para obligar a la República Federal de Alemania a abrir sus ventanas o, en último caso, para hacer que el viento de la memoria penetrara por sus huecos.

El psicoanalista Alexander Mitscherlich, director del Instituto Sigmund Freud de Frankfurt y quien resucitó el psicoanálisis en la República Federal a principios de los sesentas, explicaba el afán laborioso de los alemanes. Según Mitscherlich, el pueblo alemán había sido incapaz de ejercer el duelo, y en lugar de sumirse en la melancolía se dedicó a trabajar incansablemente. Nada que pudiera agitar las aguas mansas de la memoria. Nada que pudiera encender recuerdos atroces en los ciudadanos. En el fondo, el trabajo era prueba de que no todos fueron asesinos y de que tenían derecho a la esperanza. En esos años los escritores se dedicaron a recordar lo que había sucedido, su tarea fue la de restituir la memoria, esencia final de toda literatura. Heinrich Böll, Hans Magnus Enzensberger y Günter Grass, entre otros, pusieron todo su empeño en destruir la amnesia voluntaria de los alemanes.