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Gerardo Bátiz, olvidado en México, rescatado en Japón

Se necesitaba la mente curiosa y ese gusto por las texturas exóticas de un DJ japonés para exhumar a una de las figuras que, en aquella difícil década que se extendió entre los 70 y los 80, fue de esos cuantos que mantuvieron vivo el jazz en México.
María Eugenia Sevilla
06 diciembre 2016 21:49 Última actualización 07 diciembre 2016 5:0
Gerardo Bátiz, el monstruo mexicano de la música que Japón rescató del olvido. (Édgar López)

Gerardo Bátiz, el monstruo mexicano de la música que Japón rescató del olvido. (Édgar López)

Cherry, como le llaman sus amigos, es uno de esos talentos que habitan un olvido tan profundo como su grandeza. Se necesitaba la mente curiosa y ese gusto por las texturas exóticas de un DJ japonés para exhumar a una de las figuras que, en aquella difícil década que se extendió entre los 70 y los 80, fue de esos cuantos que mantuvieron vivo el jazz en México.

En 1987 sobrevino el silencio. Aquella propuesta musical que sonaba como un devaneo onírico de tintes afrocaribeños, en la que el multiinstrumentista saltaba del piano a la conga, de las flautas a la kalimba o al steel drum –un instrumento de Trinidad y Tobago que originalmente fue la parte de arriba de un bote de petróleo-, terminó de tajo. Dejaba detrás nueve acetatos que, como casi todos los artistas independientes de entonces –y de ahora-, el autor mismo llevaba a vender a Gandhi y a otras discotecas, digamos, a pie. Jamás fueron reeditados.

Pero hace unos meses cayó un inbox en su Facebook: “Espero que usted sea Gerardo Bátiz, el músico. Quisiera hacer una compilación de sus discos. ¿Tiene los másters?”. O algo así decía el mensaje. Lo firmaba un Chee Simizu. Una suerte de arqueólogo de rarezas musicales que pone a disposición de la gente a través de su portal organicmusic.jp, una “tienda de discos usados online” que abarca jazz, electrónico, experimental y un sinfín de artistas difícilmente clasificables.

Cuando dijo sí, con precisión nipona recibió una propuesta que lo dejó perplejo: ya estaba la selección, a partir de cinco de sus álbumes; el trato económico, regalías, etcétera. El título, Amarillo.

“La lista me pareció muy bien. Está hilvanada con ese oído de DJ que pasa por distintos estados de ánimo”, comenta.

EL SONIDO DE UNA ÉPOCA
Las piezas son huella de una forma de hacer música sin tecnologías digitales, algo especialmente complejo para un artista que, como Bátiz, se empeñaba en tocar diversos instrumentos, que debía grabar -con un gran sentido del tempo- en pistas separadas, como es el caso de la obra que da título al disco, en la que interpreta congas, güiro, steel drum y bongó.

Amarillo sintetiza la aventura que Bátiz emprendió entre 1980 y 1987. Cuando salió de La Nopalera, el legendario grupo de nueva canción al que perteneció por cuatro años, Bátiz se lanzó a una experimentación sonora, instrumental, que en algunos elementos se tocaba con el jazz, pero que, al igual que otras propuestas de la época, como Sacbé –la legendaria banda de los hermanos Toussaint-, sonaba a muchos otros géneros en fusión.

“Era la mezcla de lo que escuchábamos y lo que podíamos tocar, porque no fuimos a ninguna escuela de música -de jazz mucho menos, porque no había-; tomé del jazz cosas como la armonía y la improvisación pero algunas de mis canciones no son muy complicadas armónicamente, se trataba más de crear una atmósfera”.

Fueron siete años de una exploración musical en la que también participaron figuras muy importantes de la escena nacional, como Enrique y Fernando Toussaint –este último, su compañero de banca y amigo inseparable desde que se conocieron, en sexto de primaria, en la Escuela Mexicana Americana-, el también caifán, Sabo Romo; Arturo Ciprán, de La Nopalera; Marcial Alejandro y la cantante Cecilia Engelhardt, entre muchos otros que lo acompañaron “sin cobrar nunca ni un peso”, destaca el compositor.

Esos nombres signan una época de resistencia, mantuvieron su afán de irse por la libre.

La de esa generación de salmones era también una resistencia al hambre. Porque en aquellos años en que el rock sobrevivió en hoyos fonqui, propuestas como la de Bátiz encontraban cobijo en pocos lugares, como el extinto Arcano o el Cuervo -ese antecesor del Hijo del Cuervo que Alejandro Aura tenía por los perímetros de la Plaza de la Conchita-, y sólo algunos artistas, como él, llegaban a contar con un contrato institucional que les permitiera pagar las cuentas. Cuando fue cancelado un contrato gubernamental que lo había sostenido por varios años, disolvió su ensamble y, para su salvación, se sumó a los músicos de Tania Libertad, con quien trabajó una década. Hizo televisión, con Andrés Bustamante -“si algún hit tengo en la vida es el tema del Güiri Güiri”, dice-, y con Víctor Trujillo, con quien también hizo cabaret.

Con un estudio propio, mantiene su carrera en “la media cancha” de la industria como musicalizador de cine y TV, pero el desentierro de su obra le ha infundido nuevos aires. Tras redescubrir lo que hizo en los 80 está más que puesto, al igual que sus cómplices de antaño, para embarcarse en una nueva aventura creativa. “Volvemos a las ilusiones de la adolescencia”.