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Gaucho Simeone

Diego Simeone, entre italiano y gaucho, le ha plantado al Barcelona una barda de siete atrás, le ha cedido más de la mitad de cancha y le ha cerrado los intersticios de las bandas. El entrenador argentino desbarató anímicamente a un contrario distraído y, muchas veces, desleal a su palabra.
Mauricio Mejía
13 abril 2016 18:54 Última actualización 13 abril 2016 19:0
El Atlético de Madrid, un conjunto lleno de principios, a los que Simeone llama humildemente valores. (Reuters)

El Atlético de Madrid, un conjunto lleno de principios, a los que Simeone llama humildemente valores. (Reuters)

El FC Barcelona creó un futbol que parecía mentira de tan bello. Pues ayer se llevó dos bofetadas de verdad.

El equipo de Luis Enrique dimite a la Champions ante un conjunto lleno de principios, a los que Simeone llama humildemente valores. Se sabía, desde el momento mismo del sorteo, que el peor enemigo para los blaugrana era justamente el que el azar había otorgado: el Atlético de Madrid, esa tradición de coraje y pulmón.

No ha sido con la pelota, ni con pases, ni con territorio, esos atributos que tanto presume la literatura culé, con los que el 11 colchonero ha despachado al favorito para el doblete. Ha sido con la cara B del disco: con presión en la defensa, con defensa de zona y con mucho pundonor.

Desde hace varios meses el romanticismo pasa problemas a la hora de emitir un veredicto en el marcador. El defecto se ha acentuado en el último mes: la derrota en el Camp Nou, ante el Madrid; la otra, en Anoeta, ante la Real y la de hoy, en Manzanares, confirman que el balompié se ha creado una vacuna contra el arte, que, aunque bello, deja de ser útil cuando la pelotita no entra en la portería.

Al Barsa le son ajenos los tiros de media distancia, la rapidez y la fabricación de nuevas rutas ante el oleaje del esquema rival. Fiel a su espejo diario, el más que un club supone que las victorias llegan por inercia o como pago de fianza por el exquisito pasado. Simeone, entre italiano y gaucho, le ha plantado una barda de siete atrás, le ha cedido más de la mitad de cancha y le ha cerrado los intersticios de las bandas. Ante el estratagema, la delantera Messi-Neymar-Suárez se ha quedado sin palabras. Al agravio hay que sumar el pasmo de Iniesta y el descontrol de Busquets para administrar la pelota en los minutos del apremio.

Hace un año, en la final ante la Juve, el final del tiki-taka pareció ganarse un fondo para el retiro de muchos ejercicios más, pero el Atlético ha reducido la vigencia de manera perturbadora. El manotazo ha sido contundente: a este juego le sobran las estadísticas tecnócratas del tiempo de posesión, de las asistencias y los tiros al arco. En el césped gana el que mete goles, sencillo. Johan Cruyff defendió la recepción-pase como sustancia fundamental de cualquier formación. La que corre, dijo, es la pelota, no el entusiasmo. El Barsa cambió el ritmo de la historia justamente porque hizo del pase-recepción un sólido sujeto-verbo-predicado. Pero en la conformación repetida de enunciados se olvidó que el lenguaje de la pelota es, antes que otra cosa, un acto creativo y vivo. Cuando fue despachado por el Inter de Mourinho (2010) se enteró que el anti-futbol también forma parte del glosario del juego. Pero el saldo artesanal dio todavía para un lustro más por empedrado que parezca el camino.

Simeone desbarató anímicamente a un contrario distraído y, muchas veces, desleal a su palabra. La victoria madrileña de hoy tendrá una trascendencia apenas contemplada. En este progreso desde el pasado, las bases no están depositadas en la libreta ni en la ingeniería, como en el caso de Guardiola. Lo que el míster argentino ha propuesto tiene que ver con lo moral, con algo de Nietzsche: el ímpetu. “Las rejas sólo sirven para los que no saben volar”, dijo el alemán. Ayer el Atlético fue una golondrina que volaba sobre el mañana.