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'Garganta Profunda': a 45 años del caso Watergate

Este texto ha sido escrito con los testimonios de Carl Bernstein, Bob Woodward y los colaboradores del 'Sunday Times'. En apego al repaso histórico se han respetado frases originales y se han omitido las citas y las referencias de página. El hilo conductor y la síntesis son responsabilidad del reportero.
Mauricio Mejía
15 junio 2017 22:3 Última actualización 16 junio 2017 5:0
Watergate

Watergate

Garganta Profunda movió la cabeza indicando que no podía decir mucho más”.

Bob Woodward, un graduado de la Universidad de Yale y exoficial de comunicaciones de la Naval, llegó en 1971 a la redacción del Washington Post, en donde despertó más suspicacias que certezas. Más el azar que los atributos lo había involucrado en la máxima investigación del periodismo moderno estadounidense: las escuchas del Partido Republicano a la Convención Demócrata previo a las elecciones presidenciales en las que Richard Nixon buscaba la reelección como abanderado del primero. Todo sucedió en el hotel Watergate de la capital de Estados Unidos.

Garganta Profunda
era el sobrenombre del topo que filtraba información a Woodward y a Carl Bernstein, el empeñado reportero de Washington, quien inició su carrera como ayudante de redacción a los 16 años y quien desde 1966 trabaja para el Post como redactor local. El dúo representaba de manera insuperable las dos caras de la medalla del diarismo de comienzos de los 70: el oficiante y el universitario.

Las investigaciones comenzaron el 17 de junio de 1972, cuando el redactor en jefe del diario local le llamó a Bob para asignarle el caso de los siete atrapados en el pillaje y los pinchazos en la Convención Demócrata. Nadie, ni la directora del periódico, Katherine Graham, supuso entonces que aquella nota terminaría por hacer dimitir al futuro presidente electo, Nixon. El Post asumió el peso, casi completo, del seguimiento al caso. Su rival: la Casa Blanca.

Cuando se dio aquella reunión entre Garganta Profunda y Woodward las cosas no iban nada bien en la relación prensa-poder. El Post había recibido todo tipo de amenazas contra su línea editorial y los dos reporteros habían sido perseguidos para revelar sus fuentes.

Cinco cuadras separan la casa presidencial del domicilio del diario. El Comité del Partido Republicano consiguió la citación judicial para para que cinco miembros del periódico, Woodward, Bernstein, Jim Mann (quien realizó algunas notas al comienzo de la investigación), Howard Simmons y Graham atestiguaran sobre el caso. Sólo comparecieron Simmons y Graham, los no reporteros. A Bernstein, que estaba en ese momento en las máquinas de escribir, le obligaron a salir lo antes posible de las instalaciones del periódico. Se metió al cine a ver, paradójicamente, Deep Throat, Garganta Profunda, la cinta que había inspirado el sobrenombre del confidente.

Aquella noche, Garganta Profunda decidió cambiar el lugar de la reunión. Eligió una taberna de las afueras de Washington. “Ninguno de mis amigos ni de los tuyos tendrán la ocurrencia de venir por aquí, a un bar soñoliento y oscuro, eso es todo”.

Garganta Profunda preguntó antes:

-¿Cómo han caído en el Post las citaciones?

Woodward dijo estupendo.

Entonces, el confidente, quien poco a poco soltó la sopa, siempre con un buen caldo de confianza, agregó: “Ese es sólo el primer paso. Nuestro presidente parece haber sufrido un ataque de nervios con respecto a la filtración de noticias del caso Watergate. Hay gente apropiada que le ha dicho: ‘Llegue hasta el límite para detenerlos’. Y cuando dicen una cosa así, realmente sus palabras deben ser tomadas textualmente. Se van a lanzar a ello”.

El 10 de diciembre de 1972 el Washington Post informó que la entrada ilegal en el cuartel demócrata estaba ligada a una extensa campaña de sabotaje político, llevado a cabo por agentes al servicio de la Casa Blanca y del Comité para la Reelección del Presidente. Garganta Profunda dijo algo más en aquella noche con Woodward: “Nixon piensa que la prensa se ha lanzado a acabar con él y que por ese motivo es desleal; los que hablan con la prensa aún son peores, enemigos infiltrados o algo parecido. La Casa Blanca quiere devorar al Post, pero el resultado final ya se vislumbra. Por eso están tan desesperados. Lo que tienen que hacer es irse con cuidado, principalmente ustedes y el periódico. No sean demasiado ambiciosos”. Woodward tenía la certeza de que Garganta Profunda lo trataría con falsedad.

Watergate iba a estallar. Pero la redacción necesitaba de nombres, de muchos nombres.

El Post arriesgó el pellejo solo en los primeros meses de la investigación del Watergate. De los más de 2 mil reporteros acreditados en Washington solamente 14 habían realizado trabajo de alguna sustancia en cuanto al escándalo. Muchos diarios, como Los Angeles Times, se sumaron a las pesquisas hasta después de las presidenciales.

“He vivido aguantando la rabia de la Casa Blanca antes, pero nunca había visto nada que le provocase tal furor y enloquecimiento. A veces el Post se quedaba tan solo que me preguntaba si aquello era una historia kafkiana, si nos estaban llevando una ruta que nos conduciría al descrédito. La reputación del Post estaba en juego”, dijo tiempo después Graham, la dueña del periódico.

A comienzos de 1972 la que carecía de credibilidad en la opinión pública estadounidense era la prensa y no la administración de Nixon. Los diarios constituían el mayor número de “enemigos públicos” de la Casa Blanca. Un año antes, la Unión Americana Pro Libertades Cívicas publicó un informe en el que declaraba: “En un espacio de tiempo relativamente corto la prensa de Estados Unidos ha cambiado o ha sido cambiada, desde una posición que muchos consideraban de seguridad extrema a otra de extrema vulnerabilidad. Hay algunos que dicen que la libertad de la prensa está en máximo peligro de perderse; otros indican que ya se ha perdido”.

Pero el Post eligió la única justificación de la prensa libre: la capacidad para encontrar hechos y revelarlos. El punto clave del debate sobre la prensa no residía en un enfrentamiento del conservadurismo y el liberalismo, sino en el conflicto entre quienes buscaban una limpiante organizada realidad y aquellos otros que disponen de la habilidad necesaria para hallar y presentar la tediosa complejidad de la vida real. Cuando estalló Watergate, una buena parte de la prensa estadounidense estaba en una posición absolutamente defensiva, cuando debía estar haciendo gala de sus instintos más agresivos.

El 7 de noviembre de 1972, Richard Nixon fue reelegido presidente de Estados Unidos sobre el demócrata George McGovern con el 60.7 por ciento de la votación (el segundo mayor porcentaje del siglo; sólo atrás del 61.1 de Lyndon Johnson) y 49 estados del país; con Massachusetts como único para McGovern. Para entonces los gastos del silencio le habían costado 250 mil dólares. La cifra se calcularía al final en 500 mil.

Garganta Profunda
volvió del frío. Venía la avalancha que habría de arrasar a todos los involucrados en el caso. Woodward buscó una entrevista con el presidente Nixon con el siguiente argumento: él y Bernstein tenían información que indicaba que Watergate era una conspiración mucho más amplia de lo que hasta ese momento nadie había sugerido públicamente. La información –agregó Woodward- iba a ser publicada y el Post ya no sería el único en descubrirla. Para él, la situación había alcanzado un nivel de gravedad que sólo las respuestas de Nixon podrían aminorar.

Antes de volver a las primeras planas, Woodward y Bernstein buscaron al hombre que más sabía sobre los trucos informativos de la Casa Blanca, Seymur Hersh, del New York Times. Rechoncho y con gafas de gruesa montura, Hersh convocó a una cena en la que llegó de tenis. Dijo:

-Conozco perfectamente a esos tipos. La más típica característica de esta administración es la mentira.

Sobre uno de “todos los hombres del presidente” (McCord) respondió:

-Realmente, me gustaría poder echarle la mano a ese hijo de puta… Le conozco desde mucho antes del Watergate. Pero no lo voy atacar con balas de fogueo. O lo tengo bien amarrado, con hechos, información sólida, pruebas, la verdad, o no lo tocaré.

Luego publicó que, en efecto, McCord había declarado que los pagos en metálico hechos a los conspiradores del Watergate procedían directamente del Comité del Partido Republicano. Los hombres de Nixon se estaban distanciando de él. Los disparos a larga distancia del Post cobraron por fin significado en el cuerpo de la víctima, nada menos que el presidente de Estados Unidos.

El 8 de agosto de 1973, a las 9 de la noche y ante las cámaras de televisión, Nixon anuncia su dimisión al cargo. El 9, Gerald Ford jura como presidente 38 de la Unión Americana. El 6 de septiembre de 1973, el New York Post publica a toda primera plana: “Nixon espiaba electrónicamente a su hermano”.

En aquella noche de Washington, Garganta Profunda advirtió a Woodward:

-Nixon habrá de iniciar una investigación interna y, además, utilizará los tribunales. Se ha discutido si presentar una demanda criminal o un pleito civil primero. En una reunión el presidente ha dicho que los cinco millones que han sobrado de la campaña pueden usarse para acabar con el Washington Post.

Richard Milhous Nixon murió el 22 de abril de 1994, en Manhattan, Nueva York.