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Gabriel Figueroa y el México que dejó de existir

De manera inimitable, su lente supo retratar la belleza que contempló en ese México que ya no existe: la geografía rural; mexicanidad que exaltó el nacionalismo de los años 30 y 40 a través del cine, de la pintura y la literatura.
Rosario Reyes
26 abril 2017 22:3 Última actualización 27 abril 2017 5:0
Gabriel Figueroa. (Especial)

Gabriel Figueroa. (Especial)

La mirada de Gabriel Figueroa representa el punto más alto de una forma de escribir con la luz, que ya desapareció. De manera inimitable, su lente supo retratar la belleza que contempló en ese México que ya no existe: la geografía rural; mexicanidad que exaltó el nacionalismo de los años 30 y 40 a través del cine, de la pintura y la literatura.

“Esa apreciación del paisaje, que muy pocos fotógrafos lograron llevar a la pantalla, le dio un sello único al cine mexicano de la segunda mitad del siglo pasado”, comenta el documentalista Juan Carlos Rulfo, hijo menor del escritor -y también fotógrafo, aunque sólo de imagen fija- Juan Rulfo, quien sostuvo una larga amistad con Figueroa.

“Se ha quedado como una referencia. Veo los volcanes gracias a él y a mi padre. Los paisajes cambiaron tanto... Algunos ya no existen, pero se conservan en las películas por ese homenaje del fotógrafo, que es el equivalente en el cine del Dr. Atl”, afirma Rulfo.

Un total de 215 filmes lleva en sus créditos el nombre de Gabriel Figueroa, quien falleció un 27 de abril, hace 20 años. De La perla, que filmó en 1945 Emilio Indio Fernández, a Los olvidados, de Luis Buñuel (1951), aparece en prácticamente toda la producción del Cine de Oro mexicano.

“Es un mundo totalmente acabado. Los nuevos fotógrafos: (Emmanuel) Lubezki, (Rodrigo) Prieto, ya tienen otros recursos, otra tecnología y otra textura, otra forma de manejar el espacio incluso. Pero sobre el eje que marcó Figueroa se definió la posibilidad de hacer un cine a nivel artístico”, comenta el crítico Jorge Ayala Blanco.

El hombre detrás de la lente de obras emblemáticas como La mujer del puerto (Arcady Boytler, 1933), Vámonos con Pancho Villa (Fernando de Fuentes, 1935), La noche de los mayas (Chano Urueta, 1939) o El Gallo de Oro (Roberto Gavaldón, 1964) fue discípulo de Gregg Toland, uno de los grandes cinematógrafos del mundo, recuerda el exdirector de la Sociedad Mexicana de Cinefotógrafos, Juan José Saravia. “Pero trabajó con menos recursos de los que se tenían en Estados Unidos. También tuvo contacto con (Sergei) Eisenstein y con toda la corriente soviética que vino a mediados del siglo XX. Eso le dio la posibilidad de crear un estilo propio muy particular, definió gran parte de la visión de lo mexicano a través del cine”.

DISTINGUIDO EN EL MUNDO
-24 de abril de 1907. Nace en la Ciudad de México, donde falleció el 27 de abril de 1997.
-1932. Comienza como fotógrafo de tomas fijas en la cinta 'Revolución'. Su primer maestro es Alex Phillips. Trabaja como operador de Jack Draper.
-1936. Recibe su primer premio en la Mostra de Venecia por 'Allá en el rancho grande'.
-1946. Gana el premio a la Mejor Fotografía en el Festival de Cannes por 'María Candelaria'.
-1948. Recibe el Golden Globe y los premios de la Mostra y el Festival de España por 'La Perla', de Emilio Indio Fernández.
-1952. Fotografía cintas como 'El rebozo de Soledad', 'Dos tipos de cuidado' y 'Él'.
-1960. 'Macario', de Roberto Gavaldón, logra el Premio del Jurado en el Festival de Cannes.

EL OFICIO DE INVENTAR IMÁGENES
Candidato al Oscar por La noche de la iguana (John Huston, 1964), Figueroa es reconocido como “el maestro de la luz”. Su lente mostró al mundo un México de claroscuros protagonizado por elementos naturales.

“Estoy seguro de que si algún mérito tengo, es saber servirme de mis ojos, que conducen a las cámaras en la tarea de aprisionar no sólo los colores, las luces y las sombras, sino el movimiento que es la vida”, dijo el artista al recibir el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 1971.

El suyo era “el oficio de inventar imágenes”, cuenta en sus Memorias (Pértiga, 2005). “Puedo decir que jamás he sido ajeno a mi tiempo. Al transfigurar la realidad con un implemento mecánico, la realidad me transfiguraba a mí mismo”.

Su ingreso al cine fue en 1932, por invitación de Alex Phillips, quien fotografiaba Santa, la primera película sonora mexicana. Figueroa hizo la foto fija de Revolución, de Miguel Contreras Torres, y así comenzó una trayectoria de más de 40 años.

“Tanto Gabriel Figueroa como Alex Phillips vienen de una corriente que empezó Eduard Tisse, el fotógrafo de Eisenstein”, advierte el crítico Jorge Ayala Blanco. La obra de quien fotografió cintas como María Candelaria, del Indio Fernández, y El rebozo de Soledad, de Roberto Gavaldón, retrató un México que hoy parece artificial, pero en su tiempo era el gran ideal mexicano, dice el crítico.

“Sin él no existiría toda esta corriente nacionalista. Sin embargo, fue llevada a muy alto nivel desde esa maravilla que es Janitzio, de Carlos Navarro (1935). Entregó la visión de un México rural de cielos límpidos, pero también un paisaje agreste, siempre abierto hacia una especie de esperanza en el horizonte”.

Hombre de su tiempo, Figueroa supo adaptarse incluso al cine experimental, observa Ayala Blanco. “Él fotografió en 1965 una de las películas más avanzadas desde el punto de vista formal: Un alma pura, de Juan Ibáñez, una cinta súper ambiciosa, promovida por Carlos Fuentes”.

Para el director David Pablos, Figueroa es una figura indispensable.
“Creó toda una tendencia, su sello tuvo una gran influencia en nuestra plástica cinematográfica. Nuestro cine ha tendido mucho al paisajismo; un paisaje bien utilizado puede hablar del mundo interno de un personaje, de un momento dramático. El entorno habla de lo personal también”.

DEL CAMPO A LA CIUDAD
Después de la Época de Oro, el cine rural se siguió haciendo, aunque con otras reglas, comparte el crítico Leonardo García Tsao. “No con la sinceridad con la que lo hicieron el Indio Fernández y Gabriel Figueroa, en cuanto al peso emocional de las historias, que la fotografía realzaba”.

Una mirada que sepultó la ciudad: la llegada a la pantalla del relato urbano, alejó la contemplación de la pureza natural.

“El legado del fotógrafo es invaluable”, destaca García Tsao. “Inventó una forma de observar el paisaje mexicano y cómo integrarlo a las historias. Hay una estética especial, su trabajo es muy reconocible, muy desarrollado, sobre todo con el manejo de la luz, así como se dice de una pintura de Rivera, de Siqueiros”.

El color, sin embargo, no le fue tan propicio, advierte el autor de El ojo y la navaja. “Pero en el blanco y negro fue un maestro, con una capacidad de tonos y matices que el color no alcanza”.

La finura con que Figueroa registró la escala de grises logró que el oficio de los fotógrafos de cine cobrara notoriedad, asegura Saravia. “Antes tenían un espacio muy reservado para la industria, poco conocido para el público. Él fue el primero en ser famoso y reconocido en todo el mundo, por el número de premios y nominaciones que tuvo en su carrera, además del trabajo en sí”.

La tecnología seguirá cambiando, pero la esencia que Figueroa heredó a las nuevas generaciones de artistas detrás de la lente es perenne, añade el cinefotógrafo. “Tanto los retratos como las escenas en estudio que parecen exteriores. Copiaba la realidad y la transformaba en una esencia plástica, una imagen que todos recordamos, como en Los olvidados”.