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Gabo se hizo escritor para "callarle la boca" a su jefe

En 1954, Gabriel García Márquez comenzó a escribir "nomás por taparle la boca a Eduardo Zalamea Borga", quien en ese entonces era director del suplemento literario del periódico El Espectador, donde 'El Gabo' era un joven reportero que ya creaba historias propias, las cuales forjaron su destino: la literatura. 
Eduardo Bautista
18 abril 2014 18:4 Última actualización 18 abril 2014 20:14
Gabriel García Márquez en la redacción de El Espectador. (AP)

Gabriel García Márquez en la redacción de El Espectador. (AP)

En 1954, Gabriel García Márquez era reportero del diario colombiano El Espectador. Ahí, en la redacción de un periódico, nació el escritor 'Gabo', quien ayer murió en la Ciudad de México y se convirtió en la nueva leyenda de las letras universales.

¿Pero cómo fue que el Nobel de Literatura 1982 saltó a la arena literaria? Un día, Eduardo Zalamena Borda, director del suplemento literario de El Espectador, aseguró en un artículo de esta publicación que "las nuevas generaciones de escritores no ofrecían nada", y que "no se veía por ninguna parte un nuevo cuentista ni un nuevo novelista", relató el propio García Márquez en su obra Yo no vengo a decir un discurso (2010).

El texto de Zalamena le picó la cresta al joven reportero bigotón, quien se dio a la tarea de comenzar a escribir un cuento "nomás por taparle la boca a Eduardo Zalamea Borga". 'Gabo' envió su texto a El Espectador y, una semana después, un domingo, abrió el periódico y descubrió su cuento publicado. Además, leyó una parte donde Zalamena reconocía su equivocación y afirmaba que su cuento "surgía del genio de la literatura colombiana". Fue entonces cuando Gabriel García Márquez sintió miedo, mucho miedo de fracasar como literato. "¡En qué lío me he metido!", pensó Gabo. Un año después, publicaba su primera novela: La hojarasca (1955), el inicio de una larga y prolífica carrera literaria.

El autor de El amor en los tiempos del cólera (1985) sostenía que "el oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica". Lo más complicado, decía, era la obtención de una idea que detonara una historia. "Cuando se me ocurre una idea que juzgo buena para escribirla, me pongo a darle vueltas en la cabeza y dejo que se vaya madurando".

Sin embargo, admitía 'Gabo', a veces las ideas suelen pasar mucho tiempo en la mente. Tal es el caso de Cien años de soledad (1967), una novela que, según el propio colombiano, "tardó 19 años pensándola".

El máximo exponente del realismo mágico escribió en Yo no vengo a decir un discurso que lo más aburrido y difícil de escribir es sentarse frente a un escritorio y aterrizar una historia, "porque lo más delicioso de ésta es concebirla, irla redondeando, dándole vueltas y revueltas".

Autor de 42 obras de distintos géneros - novelas, cuentos, crónicas, reportajes - y ganador del Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez fue un escritor que, como pocos, se formaron en las redacciones de un periódico, en la palabra diaria, en la inmediatez, en la creación de historias y en la búsqueda del relato.

Meses antes de que el editor Eduardo Zalamena Borda escribiera en El Espectador que no existía una generación talentosa de escritores en Colombia, 'El Gabo' fue enviado a cubrir una serie de protestas contra el gobierno en la ciudad de Quibdó.

Pero al llegar a la escena de los hechos, García Márquez pudo percatarse que no existía tal conflicto: el corresponsal de la zona había inventado todo. Sin embargo, no quiso regresar al periódico con las manos vacías y decidió convocar él mismo - junto con el fotógrafo - a una protesta multitudinaria, donde pudieron tomar fotos y hacer una crónica que, al final, se publicó en El Espectador bajo el título "Historia íntima de una manifestación de 400 horas".

Años más tarde, el escritor colombiano admitió esta versión de su "periodismo mágico" en una entrevista con Daniel Samper: "Inventábamos cada noticia...", sostuvo.

Ya estaba escrito que el reportero Gabriel García Márquez iba a convertirse en un mago de las letras, en un artesano de palabras que, sin nunca olvidar su pasado periodístico, siempre plasmó la realidad en cada uno de sus textos (Crónica de una muerte anunciada sirve como ejemplo más fehaciente).

Ése era el destino inexorable de 'El Gabo': la literatura.