AFTEROFFICE
culturas

Futbol: el juego infinito

Con autorización del sello Conecta, reproducimos un fragmento del libro más reciente de Jorge Valdano "Futbol: el juego infinito". Y en sus palabras, las obsesiones infinitas de un campeón, con todas sus letras.
Especial
08 junio 2016 21:13 Última actualización 09 junio 2016 5:0
Jorge Valdano se encuentra en México para promover su libro: "Futbol: el juego infinito. (Braulio Tenorio)

Jorge Valdano se encuentra en México para promover su libro: "Futbol: el juego infinito". (Braulio Tenorio)

CHICHARITO A ESCENA
Cuando Javier Chicharito Hernández llegó al Madrid, nadie acababa de tomárselo en serio. Hasta el apodo invitaba a subestimarlo. Parecía escondido en algún cajón del Bernabéu, invisible para Ancelotti, para el periodismo, para los aficionados. Pero precisamente en el momento más delicado de la temporada, las circunstancias le otorgaron la condición de necesario y, de pronto, pasó de ser invisible a ser portada de los periódicos, de ser anecdótico a providencial. La revolución la produjo un gol al Atlético de Madrid en el ámbito de la Champions, hasta ese momento el gol más importante del año para el Madrid y, quizá, el más importante de su vida para Javier Hernández. Fue relevante por el momento (cuartos de final) de la competición más valiosa para el club; porque el partido estaba tenso y el tiempo se agotaba y, con el tiempo, también la paciencia de la afición más exigente del mundo; y, sobre todo, porque enfrente estaba el gran enemigo de la ciudad, aún sin ninguna Champions. Perder hubiera significado una humillación de las que duran mucho tiempo. Pero si el gol tuvo un gran valor institucional, no hablemos a título personal, ya que justificaba el esfuerzo de un año entero. El deporte enseña mucho sobre el aplazamiento de la recompensa: se entrena durante toda la semana para llegar al partido en las mejores condiciones. ¿Y si no hay partido, porque el entrenador te deja en el banquillo? Esas repetidas desilusiones solo las superan las cabezas más tenaces, que siguen esperando una remota oportunidad entrenando con un entusiasmo que tienen que nutrir con razones inventadas. Aunque invoquemos la profesionalidad, no es fácil. El grito desaforado de Chicharito tras meter el gol que eliminaba al Atlético y salvaba al Madrid de una deshonra estaba más que justificado, porque compensaba muchos meses de frustraciones y de trabajo invisible. En casos así, es normal que la palabra “gol” no quepa en la boca.

Solo el mundo exagerado del futbol permite vivir esta especie de sueño americano exprés, que lleva a un jugador de la nada al todo. La opinión pública de hoy en día necesita de un solo episodio para elevar a héroe a una persona. También para consagrar el olvido. Es más, posiblemente haya gente que ya ha olvidado la fugaz explosión de Chicharito, aunque haya pasado relativamente poco tiempo desde entonces.

ZIZOU Y EL CONTRASTE ENTRE EL ANTES Y EL AHORA
Los futbolistas están acostumbrados a estos ritos de inversión desde el inicio mismo de su carrera. Donde mejor se cuece el futbol es en las comunidades más pobres. De pronto, uno de estos chicos sin mayor esperanza que sus sueños de futbolista aparece en primera división, y ese talento singular le cambia la vida de una manera brutal. Llega el dinero, que desclasa; la fama, que envanece; los “nuevos amigos”, que te alejan de la realidad… Muy clarividentes tienen que ser quienes no se marean en ese viaje desde las carencias, a veces extremas, a una abundancia de nuevo rico.

Vayamos a Marsella. En 2010. Yo aún ocupaba un puesto ejecutivo en el Real Madrid y, como siempre, viajé con el equipo a una eliminatoria de la Champions. Zinedine Zidane, que ya había abandonado el futbol, nos acompañó como embajador del club, pues el partido se jugaba en su Marsella natal. El Real Madrid tiene algo de circo ambulante cuando llega a una ciudad. No importa en qué lugar del mundo. Miles de personas esperan en el aeropuerto, cientos de niños y adultos gritan a la puerta del hotel o persiguen al autobús en sus desplazamientos. En ese viaje, me llamó mucho la atención lo que provocaba Zizou en su ciudad. De ese autobús no bajaban seres anónimos, sino ídolos planetarios como Casillas, Raúl o Cristiano Ronaldo, todos debidamente ovacionados. Pero cuando Zidane asomaba la cabeza, el sonido era totalmente distinto: era el de la fascinación. No sé reproducirlo, pero era como un grito que portara un suspiro. Vayamos al grano. La directiva del Olympique de Marsella nos invitó a un restaurante que estaba al lado del mar para la comida oficial. Desde la mesa en la que nos encontrábamos se veían unas largas escaleras que llevaban a una playa hermosa, pequeña y exclusiva. Zidane, aclamado por hombres y mujeres que tenían la nariz pegada contra la ventana, parecía ajeno a todo, como hipnotizado por el paisaje invernal donde fijaba la mirada: la coqueta playa. De pronto dio la impresión de despertar y, ante mi cara de asombro por su extravío, se sintió en la obligación de compartir conmigo un recuerdo increíble. Dijo que de adolescente venía con sus amigos hasta este lugar para mirar a las chicas inalcanzables que tomaban el sol en esa playa. La excursión siempre terminaba igual, concluyó: llegaba la policía, nos cargaban en un furgón y nos devolvían a nuestro barrio. Sentí una especie de emoción al escuchar la historia, porque el contraste con lo que estaba ocurriendo en aquel instante en el restaurante resultaba brutal. Se me ocurrió pensar que entre las chicas que en ese momento se asomaban a la ventana, muertas de amor por Zidane, quizá habría alguna a la que Zizou y su pandilla habían mirado de lejos en su adolescencia. Más aún: que uno de los policías que contenía a esa multitud que pretendía al menos una mirada de su ídolo posiblemente fuera el mismo que los metiera en aquel lejano furgón.

El talento llevó a Zidane de la condición de sospechoso a la de protegido, como la tenacidad llevó a Chicharito de la situación de invisible a la de héroe. El viaje de Zizou hacia la gloria fue definitivo porque, incluso hoy, el recuerdo de su elegante juego permanece en la memoria. El de Chicharito fue más ocasional y más coherente con estos tiempos, donde aparecer y desaparecer depende de un partido, de un gol, de estar o pasar de moda. Porque esta “cultura del impacto” tiene el monstruoso defecto de la fugacidad.

En esta descomunal obra de teatro, el futbolista debe adaptar su vida y su profesión a cambios permanentes que ponen a prueba su resistencia moral. Cada partido es un entrenamiento para gestionar la incertidumbre. Encuentros que pueden resolverse con un golpe de suerte (ya saben: pelotas que pegan en el palo y entran, o que pegan en el palo y salen), como si un dios malvado jugara a los dados con nuestras emociones y se muriera de risa con nuestro sufrimiento. La afición, mientras tanto, hablará de triunfo y fracaso como si la trayectoria no existiera. Como si el futbol, igual que el pan, fuera un producto del día.

-----------------------


VALDANO EN SUS PALABRAS
Jorge Valdano
tomó la frase de Juan Sasturain, escritor y aficionado de Boca Juniors que viajó en 2001 de Buenos Aires a Tokio para ver el partido de su equipo ante el Bayern Munich alemán, para titular su nuevo libro, Futbol: el juego infinito.

“Se lo robé con todo el derecho que me da la admiración que le tengo. Este juego es así, nunca acaba”, sostiene el exfutbolista a El Financiero sobre su título de más reciente publicación.

“España ha sido fundamental en la evolución del futbol. El tiqui-taca (sistema futbolístico que se caracteriza por pases cortos) ha tenido una influencia brutal en el balompié actual. Empezó a producir una revolución dentro de la cancha que vale la pena contar. Utilizó a personajes actuales para relatar lo que ha venido sucediendo: Andrés Iniesta, Xavi, Raúl, Lionel Messi, Cristiano Ronaldo. También abordo el tema del futbolista en los tiempos de la globalización, que es algo totalmente distinto de cuando yo jugaba”, relata Valdano.

El libro parte de los artículos que publica en los diferentes medios de comunicación en los que colabora, tanto en España como en México.

“Me costó trabajo darle armonía a la obra, como a todas las que he escrito. Pero me gusta el proceso de quitar o añadirle anécdotas, palabras. Escribir libros es una manera de soltar las obsesiones que me han venido acompañando, para luego purificarme y luego abordar obsesiones nuevas”, explica el campeón del mundo con Argentina en 1986, sobre el volumen, que también analiza el desempeño de futbolistas mexicanos. ––Alain Arenas.