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Florence Foster: la diva 'freak'

Florence Foster Jenkins, "la peor soprano del mundo", atrae nuevos fans 72 años después de su muerte. este personaje entre burlesco y trágico ha vuelto a captar fanáticos a través de dos películas, "Marguerite", cinta satírica de Xavier Guannoli y "Florence Foster Jenkins" (2016), protagonizada por Meryl Streep.
María Eugenia Sevilla
08 agosto 2016 17:21 Última actualización 09 agosto 2016 5:0
Masacró a Bach, Strauss, Delibes, Mozart… De ello dan cuenta los discos que produjo y que comercializaba por correo a 2.50 dólares. (Especial)

Masacró a Bach, Strauss, Delibes, Mozart… De ello dan cuenta los discos que produjo y que comercializaba por correo a 2.50 dólares. (Especial)

Y allí estaba ella, frente al espejo. La peluca a un lado. Su cabeza, bien redonda, brillaba como si estuviera pulida. Cuando se dio cuenta de que no estaba sola lanzó un grito. Quizá el primer agudo bien colocado de toda su carrera sopranística. Pobre Florence. Su tocaya, una prestigiada escultora de apellido Darnault, había entrado al foyer en su busca para develar un busto de Giuseppe Verdi, un gran evento del Club Verdi de Nueva York, del que la sorprendida era fundadora. Arturo Toscanini esperaba en el escenario de la sala contigua para la ceremonia. Comenzaba 1934.

El destino de Florence Foster Jenkins (1868-1944) estuvo, como ningún otro, signado por el ridículo. Y la ironía. Pero en ese mundo tan raro que tenía en la mente –tema para un detective neurocientífico como Oliver Sacks, que tanto estudió casos bizarros de musicofilia-, la humillación era imperdonable. Tanto pesó sobre ella el ver descubierta la calvicie que, probablemente, fue resultado de los tratamientos con mercurio con los que superó la sífilis que le legó su primer marido, que nunca le pagó a Darnault los 2 mil dólares que le debía por la pieza. Una segunda humillación, años más tarde, acabaría con su vida.

Aquel bochornoso encuentro fue compartido por la propia Darnault en el documental Florence Foster Jenkins. A World of her Own (2007), de Donald Collup; una de las tantas obras que han abordado una de las biografías más singulares. Miles alrededor del mundo han reído hasta el calambre con la diva amateur que ha pasado a la posteridad como “la peor soprano del mundo”. Una freak que gustaba de aparecer en escena enfundada en un par de alas, y que sigue siendo figura de culto entre los amantes de la ópera.

A más de siete décadas de su muerte, este personaje entre burlesco y trágico ha vuelto a captar fanáticos a través de dos películas, Marguerite, cinta satírica de Xavier Guannoli, que estrenada el año pasado se presenta en la Cineteca Nacional, y Florence Foster Jenkins (2016), protagonizada por Meryl Streep. Ésta aún no se estrena en México.

Masacró a Bach, Strauss, Delibes, Mozart… De ello dan cuenta los discos que produjo y que comercializaba por correo a 2.50 dólares. Hasta hoy, no es raro que se agoten las reediciones de las nueve arias que grabó junto a su acompañante de cabecera, Cosme McMoon, entre ellas su célebre Reina de la noche, de La Flauta Mágica. Tanto le complacían los alcances de su coloratura al interpretarla que incluso -se narra en A world of her own-, la ponía a votación entre sus invitados. A modo de adivinanza, reproducía -sin decir el nombre de la cantante, por supuesto-, su versión junto a la de los dos prodigios de la época: la italiana Luisa Tetrazzini, y la alemana Frieda Hempel. Siempre ganaba la anfitriona.

El paroxismo de su delirio musical llegó en 1943, cuando -según su propio dicho -, tras chocar en un taxi descubrió que podía cantar "un fa más alto que nunca" y en vez de demandar a la compañía, le envió una caja de puros al chofer.

¿PRODIGIO MUSICAL?
Aunque parecza increíble, Florence no era mal músico. Nació dentro de una familia acomodada de Pensilvania y, como lo mandaba una buena educación, tuvo estudios de piano. Desde los 8 años dio recitales, incluso con orquesta. Little Miss Foster, como le llamaban, llegó a tocar en la Casa Blanca.

Pero cuando su padre se negó a pagarle estudios profesionales en Europa, la decepcionada joven se fugó con el novio. Un médico a quien desposó y dejó, sin divorciarse -nunca pasaría por tal humillación-, ni recuperar el apoyo económico del señor Foster.

La infeliz Florence recibió en 1909 una triste, pero buenísima noticia. Su padre había muerto. Se enjugó las lágrimas y con 41 años y la herencia afianzó una posición en la vida cultural de Nueva York al fundar -y financiar- The Verdi Club. Se unió a toda clase de asociaciones de arte. Era una socialité.

En 1912 comenzó a dar sus recitales privados, que más tarde se convirtieron en el evento del año, siempre bajo su producción y dirección. Nadie -cuenta Mc Moon en el disco The Muse Surmounted-, osaba contradecir a la mujer más segura de sí misma.

EL GOLPE FINAL
Después de 32 años como recitalista, finalmente accedió a las insistencias de su público para dar un concierto en el Carnegie Hall. Lo alquiló. El 25 de octubre de 1944, las 3 mil localidades estaban agotadas, con estrellas como Cole Porter en las butacas.

Una ovación la recibió. Las carcajadas que acompañaron su actuación de dos horas no parecieron perturbarla. No iba a dar atención -explicaría después- a sus enemigos, que habrían pagado inflitrados para que regaran por ahí su mala leche.

Pero la mañana siguiente supo de la ironía. Y de la crueldad.
La peor crítica fue la del Post: “Jenkins tiene una gran voz”, afirmaba Earl Wilson. “De hecho puede cantar lo que sea, menos notas”; “Sólo ella ha perfeccionado el arte de frasear en cuartos de tono”, decía el World Telegram. El etcétera apareció en el el Sun, el Hollywood Reporter y varios otros.

Con 76 años, su corazón no resistió la humillación.

Cinco días después sufrió un infarto en una tienda de música. A las tres semanas, el 29 de noviembre, en su habitación del Hotel Seymour, murió. No así su fama, producto de un empeño que ella misma resumió en una frase: “La gente dirá que no puedo cantar, pero nadie podrá decir que no canté”.

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